Alguien dijo una vez: si me place pagaré por morir
La oblicuidad de la luz se prolongaba hasta el lecho de los charcos, iluminaba las frentes, encendiéndolas, prendiéndolas en fuego como a cerillos. Se encendían las primeras bujías de los comercios en el malecón, la cara del mar se rompía, y ahí deformada, bruscamente sedimentada, hecha lodo, se volvía a erguir para luego caer en una especie de tortura cíclica y perpetua. Malena corría por la acera y viendo hacia la peña pensaba en lo exhausta que se sentía, demasiado para llegar allá. Se detuvo, se llevó las manos a la cintura y exhaló con la misma intensidad pero en forma inversa del que da la primera inhalada luego de haber estado amordazado. La banca estaba aún caliente por el sol, sus manos ensangrentadas hervían. Lloró un poco y en silencio, respiró profundamente y en repetidas ocasiones y cerró los ojos. Del otro lado la esperaban tres sujetos montados en un carro largo, de esos lanchones con llantas que van navegando pesados por las calles. Hombres sombríos, con barbas mal afeitadas, botas sucias de puntas metálicas y chaquetas deshilachadas. Uno de ellos fumaba mientras veía nerviosamente alrededor, otro abría y cerraba una cajita metálica y el último manoseaba la figura cromada de su Colt 45. Malena abrió los ojos, se levantó y siguió caminando en dirección al carro y entró.
Horas más tarde Duval se percató que el chorro de la ducha llevaba demasiado tiempo sonando, mucho más de lo que el señor se tarda en hacerlo con una puta. Después de haber sopesado la idea de perder el empleo por un presentimiento o por algún evento extraño decidió no tocar a la puerta. No fue hasta las once de la noche cuando, con el apoyo moral de Faustino, Duval decidió llamar a su jefe, al que encontraron desnudo y desangrado en su cama; el viejo murió con los labios estirados como haciendo una U. Para esas horas Malena ya estaba a cien kilómetros de distancia, con un tinte negro de pelo que hacía ver más pronunciados sus pómulos. Tomaba el timón con las manos vendadas, la sensación de lejanía la hizo sentir segura y provocó que disminuyera el dolor. Pero tenía nauseas de aquella escena que estaba fija en su mente, quizá (pensó) se había extralimitado, ciertamente que sí. El golpe con la culata había sido suficiente, no había necesidad del vidrio en el cuello ni de presenciar el espectáculo de la sangre brotando abundantemente. Pero pagaron bien por eso y había que tener certeza, por eso lo vio desangrarse, que el torrente cesase y sus venas se secaran como pajillas que se quedan goteando apenas. La sábana era una inmensa toalla sanitaria. Duval no dejaba de gritar, marcaba números mientras lloraba; le tenía pavor a la sangre y era débil de corazón.
De inmediato la mansión se llenó de peritos: sujetos con guantes, cintas métricas, cuadernos de anotaciones, cámaras y olor a cloro en sus ropas. Sergio Marenco era un aficionado a las mujeres, catador incurable de trabajadoras sexuales, de hecho uno de los pocos negocios que no aparecían en su vasta lista era el de prostíbulos porque prefería obtenerlas por fuentes externas. Talvez haya muerto de la mejor forma, muchos desean una muerte sin dolor, instantánea, muerte de cama limpia, de ropa impecable, muerte sin lamento, pero a la larga y no era la opción de Sergio, quizá el quería morir lo más vivo posible, al punto del coito o de un paro cardíaco mientras la jovencita le restriega el culo de arriba hacia abajo.
Aunque en realidad nadie espera morir en la cama y menos a manos de una bella mujer, talvez le hubiera perdonado la vida si él le hubiese pagado más de lo que le pagaron por liquidarlo. Así se encuentran los destinos labrados en sangre. Nadie comprenderá el porqué del crimen, volarán suposiciones, conjeturas, el motivo de la muerte se convertirá en leyenda y Duval será el afortunado heredero del inmenso y bienhabido (mientras no se pruebe lo contrario) caudal de don Sergio Marenco, que en un arranque de locura nombró como único heredero a su sirviente predilecto, como quien nombra a su caballo o a su perro como beneficiario del trabajo de toda una vida.
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miércoles, 12 de mayo de 2010
viernes, 26 de marzo de 2010
OJOS VIOLETA
Precisamente fue esa la única noche en que exististe para mi piel. Nos caracoleábamos con la sabana y nos hacíamos remolinos rosados con nuestras lenguas, hasta tocar el paladar o el estómago. Si, preferí callar porque no sabía que decía mientras leías las grietas de mi epidermis pedregosa… ¡callate, que el silencio recorra nuestros pétalos trémulos y el tacto nos ruborice, moreno, nos ruborice! y nos zambullimos juntos hacia aquella tabla acolchada de cuatro patas que nos recibía tan pacientemente, aun y cuando sabía que habrían retumbos, rechinadas y mutilaciones. En esta clase de cosas no existen desenlaces ni soluciones pretendidas, existen sí los cuerpos comprimidos disolviéndose en el fondo lechoso de un vaso redondo, existe la efervescencia de la materia en el universo como dos cuerpos comprimidos diluyéndose, disolviéndose…el big bang nos proyecta al techo en un dos por tres, la cama no reclama sino que recibe el peso pacientemente. ¡Ay vos, ay vos! divino encontrar manantiales bajo el desierto ¡ay vos! como se ensamblan mi cuerpo y tu cuerpo en esta nuestra cadena de producción elemental. Rara cosa ponerle nombre a una almohada, dormir borracho, (mientras el suelo se va perdiendo hacia abismos grises) sufrir pesadillas húmedas y llantos helados. Acá fue donde te reencontré, yo desnudo y con pena, vos…cualquier transeúnte de ojos violeta.
[+] Imagen: Dahlia, James Jean
domingo, 14 de marzo de 2010
PEQUEÑA SERIE DE ACTOS
Te hacés a un lado, me evitás con tu lomo reptil, con el gesto de recogerte el pelo para lanzarlo hacia mí en señal de reclamo, de desafío. Yo hago el papel de quien no se inmuta, o al menos lo intento por un momento contemplando el cielo raso que contemplo desde hace 23 años, con sus relieves de madera soplada por la humedad, con sus telarañas en los bordes y los hoyos de chinches que fueron puestos por alguien que quería alejar malos sueños con fotografías panorámicas. Te aferrás a la almohada tal si fuese tu nuevo amante, tu salvación; veo de reojo, el celo pone a prueba a la muralla del orgullo con sus atalayas de hormigón, aun no cedo. Hay un dique que contiene a mi cuerpo para evitar desbordarse sobre el tuyo. Cosa tonta, sabiendo que no se requiere más que un abrazo o un beso tibio en la nuca para romper la distancia. Murmurás contra la pared, como niña regañada, desprotegida, al alcance y a la vez tan lejana, te cobijás hasta los pies para castigar mi mirada que te husmea hasta el más ínfimo detalle, suspirás un poco, bostezás, das media vuelta como quien quiere y no quiere a la vez y volvés a tu posición original. Me retraigo un poco por tu movimiento caprichoso, no pretendo molestar ni darte la razón. Tus orejas se enrojecen, me quiero levantar y correr pero algo, (un telón asido a un marco, una cuerda unida a su eje) me lo impide. Ya no sos vos sino tu silueta dibujada por la sábana, una momia viva a mi lado o una efigie desapareciendo en el espacio diminuto y carcomido de mi cuarto. Te veo, localizo tus ojos tras la tela y siento tu mirada viperina e hipnótica que me hace retroceder, llegar al filo de la cama y caer a un abismo solitario.
[+] Imagen: James Jean
[+] Imagen: James Jean
martes, 17 de noviembre de 2009
EL ENCANTO
Su exaltación era manifiesta, noche tras noche tras noche había pensado en ese momento y ahora que estaba a tres minutos y a media cuadra de distancia sentía que no se atrevía a hacerlo, que le fallaba el cuerpo, que se iría a arrepentir. Pero había esperado mucho como para que fuese en vano. Llevaba puesta su mejor mudada, zapatillas brillantes, colonia hasta en los calzones y un crucifijo en la bolsa derecha de su pantalón, por si algo llegase a fallar.
Se vio en el espejo del tocador, hizo muecas y hasta ensayó un discurso, repasó de nuevo el procedimiento, los gestos, las miradas, las palabras que debían salir de su boca sin tartamudeo ni nervio, respiró profundo y recitó una oración en susurro. Se persignó, tomó un paquete de la mesa de noche y al fin salió de su casa.
Afuera las luces, el olor a noche y pecado, los pitos de los carros combinados con su pito excitado. Vaciló un poco, empezó a caminar a paso lento pero decidido. Al cabo de unos veinte metros ya se podía divisar un letrero de latón que tenía grabado con pintura el lema “El Encanto”. Ese era su destino, lo fue desde hacía un mes cuando la vio por primera vez; fue en una tarde de lunes, él venía de la escuela e iba pasando por el nuevo local y al ver hacia adentro estaba una bella mujer de edad adulta, que le sonrió y le tiró un beso desde el otro lado de la verja. Pero no sólo fue un beso, fue mucho más para él, fue una mujer adulta tirándole un beso a un colegial, fue el deseo por lo prohibido, como el de una duquesa besando a un harapiento.
En la entrada había un tipo calvo y alto con un tatuaje en el cuello, al ver al muchacho lo intimidó con la mirada, le revisó las bolsas y lo empujó hacia adentro. Ya había pasado el preludio de la prueba, se sentía a salvo. El espacio estaba pobremente iluminado con neones de color púrpura, había mucho humo y sólo hombres sentados en las mesas. Él tomó asiento, siguió a la música hasta llegar a una tarima donde había un tubo y en el tubo una muchacha bailando desnuda, sus senos eran morenos e inmensos. La muchacha se movía como contorsionista, invitándolo a que la hiciera suya con el baile, y algo creció dentro y fuera de él; pero no era a ella a quien buscaba, no era a ella a quien deseaba con todas sus fuerzas. Otras muchachas salían por una puerta con bandejas en la mano, semidesnudas, unas con solo una tanga, otras con minifalda, todas con los pechos al aire. En ninguna de ellas reconoció a la mujer que había visto aquel día, se sintió frustrado, pero no pensaba desistir tan fácilmente. Una de ellas se le acercó, se le sentó en las piernas, - hola muñeco ¿estás perdido?; él pidió una cerveza accediendo a invitarla a otra por un precio cuatro veces más caro que la suya. Le dio la descripción de la mujer, ella sonrió y le susurró al oído que lo estaban esperando.
Se sintió desesperado, quería verla ya, decirle lo que tenía que decirle y actuar como tenía que actuar, como lo había ensayado durante un mes.
La muchacha lo tomó de la mano, él perdió brevemente la mirada en aquellas nalgas monumentales, recapacitando de inmediato al percatarse que no eran las que buscaba. Ella lo fue llevando por un pasadizo oscuro, sus labios temblaban, como sus piernas, como todo su cuerpo. Alguien le vendó los ojos, el sonrió, pasaron por una cortina plástica, la mano que lo llevaba lo soltó de repente. Le habían quitado la venda pero él no había abierto los ojos, como si soñase despierto o como si los ojos cerrados le permitieran entender a su cuerpo colmado de un mar de deseos que hasta hace un mes jamás había sentido. Chocó contra algo, contra la realidad expresada en la pata de una cama, y al darse vuelta la vio, a su bella y adulta mujer, su deseo prohibido. Estaba recostada en una cama de sábana gris, llevaba puesta una bata que dibujaba la silueta de sus pechos deliciosos; eran ella, él y el infinito deseo por lo prohibido. Lo veía fijamente, realmente lo estaba esperando, lo veía con ternura. El sintió subir algo caliente por su garganta, eran las palabras ensayadas aguardando en el estómago: -¡acá traigo los ahorros de todo un mes, vamos bella y adulta mujer, desnudate que te voy a coger!, la mujer vio al muchacho frente a ella, vio también el paquete de billetes que tiró a la cama y respondió con tono suave: -muchacho, soy tu madre.
Se vio en el espejo del tocador, hizo muecas y hasta ensayó un discurso, repasó de nuevo el procedimiento, los gestos, las miradas, las palabras que debían salir de su boca sin tartamudeo ni nervio, respiró profundo y recitó una oración en susurro. Se persignó, tomó un paquete de la mesa de noche y al fin salió de su casa.
Afuera las luces, el olor a noche y pecado, los pitos de los carros combinados con su pito excitado. Vaciló un poco, empezó a caminar a paso lento pero decidido. Al cabo de unos veinte metros ya se podía divisar un letrero de latón que tenía grabado con pintura el lema “El Encanto”. Ese era su destino, lo fue desde hacía un mes cuando la vio por primera vez; fue en una tarde de lunes, él venía de la escuela e iba pasando por el nuevo local y al ver hacia adentro estaba una bella mujer de edad adulta, que le sonrió y le tiró un beso desde el otro lado de la verja. Pero no sólo fue un beso, fue mucho más para él, fue una mujer adulta tirándole un beso a un colegial, fue el deseo por lo prohibido, como el de una duquesa besando a un harapiento.
En la entrada había un tipo calvo y alto con un tatuaje en el cuello, al ver al muchacho lo intimidó con la mirada, le revisó las bolsas y lo empujó hacia adentro. Ya había pasado el preludio de la prueba, se sentía a salvo. El espacio estaba pobremente iluminado con neones de color púrpura, había mucho humo y sólo hombres sentados en las mesas. Él tomó asiento, siguió a la música hasta llegar a una tarima donde había un tubo y en el tubo una muchacha bailando desnuda, sus senos eran morenos e inmensos. La muchacha se movía como contorsionista, invitándolo a que la hiciera suya con el baile, y algo creció dentro y fuera de él; pero no era a ella a quien buscaba, no era a ella a quien deseaba con todas sus fuerzas. Otras muchachas salían por una puerta con bandejas en la mano, semidesnudas, unas con solo una tanga, otras con minifalda, todas con los pechos al aire. En ninguna de ellas reconoció a la mujer que había visto aquel día, se sintió frustrado, pero no pensaba desistir tan fácilmente. Una de ellas se le acercó, se le sentó en las piernas, - hola muñeco ¿estás perdido?; él pidió una cerveza accediendo a invitarla a otra por un precio cuatro veces más caro que la suya. Le dio la descripción de la mujer, ella sonrió y le susurró al oído que lo estaban esperando.
Se sintió desesperado, quería verla ya, decirle lo que tenía que decirle y actuar como tenía que actuar, como lo había ensayado durante un mes.
La muchacha lo tomó de la mano, él perdió brevemente la mirada en aquellas nalgas monumentales, recapacitando de inmediato al percatarse que no eran las que buscaba. Ella lo fue llevando por un pasadizo oscuro, sus labios temblaban, como sus piernas, como todo su cuerpo. Alguien le vendó los ojos, el sonrió, pasaron por una cortina plástica, la mano que lo llevaba lo soltó de repente. Le habían quitado la venda pero él no había abierto los ojos, como si soñase despierto o como si los ojos cerrados le permitieran entender a su cuerpo colmado de un mar de deseos que hasta hace un mes jamás había sentido. Chocó contra algo, contra la realidad expresada en la pata de una cama, y al darse vuelta la vio, a su bella y adulta mujer, su deseo prohibido. Estaba recostada en una cama de sábana gris, llevaba puesta una bata que dibujaba la silueta de sus pechos deliciosos; eran ella, él y el infinito deseo por lo prohibido. Lo veía fijamente, realmente lo estaba esperando, lo veía con ternura. El sintió subir algo caliente por su garganta, eran las palabras ensayadas aguardando en el estómago: -¡acá traigo los ahorros de todo un mes, vamos bella y adulta mujer, desnudate que te voy a coger!, la mujer vio al muchacho frente a ella, vio también el paquete de billetes que tiró a la cama y respondió con tono suave: -muchacho, soy tu madre.
lunes, 26 de octubre de 2009
PIROMANÍA
Aprendí a hacer el amor en silencio y a oscuras.
¿Argumento?
- Devorarnos a ciegas, como perros de caza vendados, oyendo el rugir del mar en nuestros cuerpos ocultos.
Ella solía pasearse descalza por todo el perímetro, lanzando bocanadas de humo en forma de barcas o flautas.
Despertaba empapado en sudor porque no sentía su piel ni su olor. Meaba la cama y le prendía fuego. Saltos, risas y saltos.
La noche era nuestra, completamente nuestra.
Y había amor en el jardín y en el patio, debajo de cada piedra, en los caminos y en la playa. Y cada pisada suya era un canto, un capullo, y cada bocanada de humo una flauta dentro de una barca a la deriva, en un mar que ruje mientras aprendo a hacer el amor en silencio y a oscuras.
[+]En la noche hay una casa que arde.
martes, 22 de septiembre de 2009
ETERNA NOCHE DE CASARES
Saboreando la noche a tapazos estaba el mar, batía sus alas con determinación y bravura, era al cielo a quien le reclamaba, eran cuestiones de culpas e infidelidad. Llora el cielo un ejército cósmico, y serenan las lágrimas de virgen al atribulado mar. Justo abajo del universo, justo en frente del mar que batía sus ahora serenas alas, estábamos nosotros entretejidos, alimentando nuestros desnudos cuerpos con maná universal. Adoptamos muchas formas esa noche, fuimos crustáceos, escualos y celentéreos, fuimos flamingos de pico corto, tortugas dentadas y medusas de acero. Nuestros pies calzaban arena pálida, la luna se diluía en el estero a lo lejos, y nuestros cuerpos entretejidos de pronto brillaban como soles nocturnos. El fuego, el cielo y el suelo. Nuestro deseo era incandescente y perdurable, su torso sudaba gotas de sol, la tomé entera, me tomó también, adoptamos muchas formas esa noche. Mi respiración era la de un rumiante agitado, olía el olor de su sexo hipnótico, olor a paradisíaco manantial mezclado con transpiración de gacela. El tiempo hizo al mundo y al cielo, a nuestro deseo le tomó más tiempo hacerlo. Incoherente resultaba pensar teniéndola a ella, a su lienzo tendido ante mí para plasmar mi humano arte. Besaba sus pechos frutales, deslizaba mis dedos por su piel de seda, sus labios no sabían a labios, sus ojos se cerraron y en sus párpados se posó un enjambre de luciérnagas doradas. Temblé, me entretuve y temblé, su pelo era largo y encrespado, dormía profundamente sobre la pálida arena. Ella me abrazó y lloró también lágrimas de virgen, dibujó una sonrisa en sus labios que no sabían a labios…y se consumió. Era de noche, estaba nublado, el mar batía sus alas con determinación y bravura y yo solo tenía un puño de arena en cada mano.
martes, 14 de julio de 2009
TACTO
Nos movemos lento con nuestras miradas quedas en un solo punto: el lecho. Vos con tu sonrisa tierna que acaricia sin tocar, yo con mi cara de niño macho y mi boca a media risa. Tu olor me tranquiliza, no hay tacto ni roce, no hay prisa ni plazo. La distancia que separa nuestros cuerpos no es más que una ilusión ínfima y mediocre ¡soltate el pelo coqueta, para verte entera y descubierta! y te vas desnudando de a poco y sin pena, como adivinando mi deseo que también es tu deseo, y me voy desnudando también y nos apreciamos, vos a mi falo viril y yo a tu monte de Venus. Hemos deshecho los miedos y nos vamos abriendo camino al placer infinito y precioso. Nos acercamos paso a paso, aminorando la distancia de nuestros cuerpos que van reventando las paredes del cuarto, ya no hay barreras entre nosotros y el resto del mundo. ¡Juntémonos pues en la inmensidad de la carne, zambullámonos en la vastedad del lecho y hagámonos energía pura…no llores que lloro! Tu cuerpo y mi cuerpo, tu olor me tranquiliza, tu tacto me eriza, me estremece, me domina. Ese mi primer beso tuyo fue la paradoja de un eterno instante.
- La cama nos queda corta, debemos mudarnos al suelo…¡lo sé, lo siento, no hagas mala cara!
- La cama nos queda corta, debemos mudarnos al suelo…¡lo sé, lo siento, no hagas mala cara!
viernes, 19 de junio de 2009
LA VIE EST UN ENSEMBLE DE RȆVES

Hace ya varios días que fue ayer, el tiempo se nos ha salido de la mente y los engranajes de los relojes se detuvieron por la humedad. Temblábamos, jadeábamos de hambre, el cuerpo se nos iba tornando lívido pero un deseo majestuoso y estoico se fortalecía cada vez más, nos diluíamos en un compuesto químico de tactos y emociones - de frases tiernas sin fin, del sudor, del juego de las manos, las penetraciones constantes, los gemidos, una masa fibrosa de sueños rotundos- el amor tomó por asalto aquella pieza reducida y desamoblada, nos andábamos escondiendo de la suerte y de la muerte para que no se nos llevaran lo que nos quedaba ¡pero dejémonos de mierdas, que el diablo venga a arrancarme esto que siento por vos y le meto el tridente por el culo!
Vicisitudes de la vida, nos volvimos amnésicos por oficio y conveniencia, el ultimo recuerdo borroso y difuso que se tuvo fue de un tipo regordete y prepotente mostrando un papel firmado, un ejército de cargadores vaciando la casa…después de eso nos encerramos en la pieza y empezamos a ver la vida de frente.
La estera estaba empapada del continuo goteo que salía de nuestros cuerpos empalidecidos y desgastados, ella tomó mi mano y se la llevó a la boca mientras le cantaba melodías pegajosas. Se nos hizo de noche, de día, de sequía y de calor, de lluvia y de frío, nos empezaron a salir matitas con flores en los oídos, aprendimos a alimentarnos de la tierra y del viento, a reconocernos en nuestro olvido frecuente. En una de esas mudamos de piel, nos salieron alas y alzamos vuelo hacia tierras vírgenes.
sábado, 9 de mayo de 2009
DIETA

-¿Te acordás que te hablé de estos pescaditos en Masachapa?- le dije al ver su pecera, al tiempo que me empinaba un trago seco de guarón añejo, ella que caminaba adelante asintió con la cabeza como no queriendo responder. La sujeté fuerte del brazo y me la traje contra mi pecho para robarle un beso abierto con sabor a agua salada, ella me condujo a un cuarto sin cielo raso y tapizado en madera, se quitó la traba del pelo y la blusa sudada, me tiró a la cama y por su sonrisa entre traviesa y perversa le adiviné la intención de tratarme violentamente, pensé en que me ataría a la cama, amordazándome, que sacaría una coyunda del ropero o en defecto mi propia faja y me daría con la hebilla hasta quedar inconsciente- Sucesos: joven se pasa de juegos con su amante atacándole con una hebilla hasta dejarlo muerto-…ella tan sólo se limitó a posarse sobre mi y besarme el cuello. Su piel tersa olía a crema de coco, la iba desnudando de a poco disfrutándole cada rincón de su cuerpo con mi lengua excitada, ella se retorcía como no queriendo, y a la vez me posaba todo el cuerpo para que lo tomara. Me tira a un lado y de nuevo se posa sobre mí, empieza a desvestirme para que todo esté parejo, me percato del calor por las gotas que le salen de la frente, que bajan al cuello yendo en picada hasta los senos, dibujando esa silueta magníficamente montañosa-las mujeres sudan poco- pensé. Al lado izquierdo del cuarto una ventana que da al patio, con marcos de azul cielo, sonaba con el chocar del viento; una mesita de noche a la par de la cama y sobre esta una retratera de ella cuando niña, vio que yo veía la foto- Si a esa edad hubiera sabido lo rico que es coger a estas alturas sería una puta solo por placer- ambos rompimos en carcajadas, besos, apretones de manos y tetas y más besos. Hace una semana en una noche en la que me metió al cuarto a escondidas me contó que era virgen, yo, entre incrédulo y emocionado le di una larga charla de psicólogo sexual que terminó en un millón de gemidos, sollozos y penetraciones. Hoy por la mañana la aguja de la pesa se había corrido cinco espacios, tenía cinco libras de menos ¡una semana! un boxeador tendría que suprimir desayuno y cena para bajar cinco libras y dar el peso en una semana, lo mío fue más productivo y provechoso, hacer el amor en la playa y por toda Managua, como condenados, como conejitos, día, tarde y noche por una semana. Me traía loco, se me paró el tiempo en su piel, olvidé el trabajo, al gato, las charlas y el humo gris de las noches, no comíamos, no nos percatábamos siquiera si respirábamos, yo encontré mi morada en ese capullo. El cuarto entero empezó a estremecerse por el movimiento hasta que se nos vino abajo.
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LO QUE NUNCA ESTÁ DE MÁS

Llegué puntual como es mi costumbre, brisaba un poco así que decidí llevarme la chaqueta para espantar la gripe verdusca que lo coge a uno al día siguiente. El bar no estaba tan lleno pero por las charlas a gritos y la voz grave de Jim Morrison sonando en el parlante me parecía que no cabría un alma más en el lugar. Pedí una cerveza morena, me recliné cómodamente en mi asiento, miré alrededor y en un dos por tres convertí el lugar en una fiesta de animales noctámbulos: jirafas de manchas rosadas tomaban café y se rascaban sus largos cuellos con las patas, simios ruidosos contaban chistes negros, una gacela culona y solitaria sentada en la barra, tomaba daiquiri de un copa exótica, al otro lado un león babeante de apetito la acechaba pacientemente, un garrobo borracho cayó de una rama y todos explotaron en risas…una mano se apoya en mi hombro, subo la mirada y de vuelta a la realidad, ella me saluda de mano y se sienta frente a mí al momento que le hace un ademán al mesero; juntaba detalles suyos que se me habían escapado el día en que la conocí, tenía más busto del que pensé, una nariz fina y pequeña, el color café de sus ojos combinaba perfectamente con el café de su pelo alisado. Aquel día habíamos hablado poco, cosas sin sentido más que todo, de qué se siente caminar todo el día con un par de zapatos derechos, de porqué los pájaros no cantaban de noche, entre otras trivialidades que desencadenaron en risas y química, por lo que no dudamos en intercambiar correos y reencontrarnos.
Ahora tenía que buscar la herramienta adecuada para romper ese hielo que surge entre los recién conocidos, que actúan como si fuera el primer día todos los días durante una semana para después en el mejor de los casos entablar una amistad. Menos mal que ella intervino, empezó a contarme que vivió año y medio en Inglaterra y que nunca entendió la intrincada psicología de los ingleses que tratan de hacerlo todo más complejo, reí y le intimé lo peliculesco que sentí nuestro primer encuentro: un restaurante atestado, ella de pie con una bandeja y tacones de una cuarta de altura y en mi mesa una silla sobrante. Me narraba en spanglish sus rutinas de jovencita independiente en Europa, que después del trabajo se iba a los lounges, tomaba cien shots, se fumaba un joint y se ponía bien stoned hasta despertar en el living de alguna buena amiga.
Al cabo de dos cervezas ella interrumpió la charla en proceso: -too much noise, casi no te escucho nada, come here by my side- creo que hice mil muecas para disimular la emoción y evitar una erección infortunada, por mi mente pasó un “esta no pasa de hoy”. La distancia entre mi asiento y el suyo me resultó kilométrica, al levantarme las piernas me flaqueaban, no sé si por la tensión o las cervezas. Me senté a su lado, atrás el olor del cigarro y del trago, atrás lo dejó su riquísimo aroma a bouquet importado, tomó mi mano suavemente y sonrió, seguro al notar mi cuerpo tembloroso. Yo, al sentir el tacto me apacigüé como un tierno asustado que se lo llevan al regazo, meciéndolo y cantándole despacito. Rocé con mis yemas su espalda desnuda, se apartó un poco sonrojada –me haces coquillas- , me dijo y soltó una fina y delicada risa, yo me sentí a lo Oscar Wilde en su mundo victoriano y pletórico; empezó a tararear la canción que sonaba, acercándose suavemente posó sus labios carnosos en mi oreja caliente: -come on come on now touch me baby, can’t you see that I’m not afraid- me sentí explotar, el espacio era demasiado abierto como para hacérselo ahí –Vamonos- le dije desesperadamente –Llevame- contestó con un tono leve y sexy de suplicio. Por supuesto, llamé al mesero y pedí la cuenta; mi vejiga estaba a reventar, le pedí me dispensara y corrí al sanitario.
Al levantarme sentí como todos mis órganos brincaban de un lado a otro, desnudé mi pene y este soltó un chorro espeso y caliente, estaba excitado y lo empujaba hacia abajo para no empapar el inodoro. Pensé en lo deliciosa que estaba, en que de seguro probó cosas distintas e inusuales en las otras latitudes por lo que debía ser innovador para que no se viniera todo abajo -Ni de misionero, ni de perrito-, recordé de repente que hace un par de días había visto un programa hindú de posiciones sexuales –ya se, un popurrí nica-oriental, así se va- Salí apresurado y al verla se me taqueó la garganta, estaba sentada sobre el tipo al que hacía una hora le vi cara de león babeante, besándolo con fuerza; sentí como un cañonazo en la espalda, perdí la noción por un momento, sacudí la cabeza y salí de ahí a ciegas. Las luces de la calle me sacudieron, busqué resguardo en un tronco, me recosté y vomité, ahí se fue la niña que vive a la inglesa. Que ingenuo fui, debí adivinarlo desde un principio, los ingleses son intrincados, todo lo hacen más complejo, no se entienden ni a ellos mismos. Caminé hasta la casa, encendí incienso, puse música, después de todo nunca está de más encontrarse solo al final de la noche.
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domingo, 29 de marzo de 2009
LUJURIA LLUVIOSA

Llovía copiosamente, las gotas caían y se impulsaban como resortes mágicos, encontrándose unas con otras de ida y vuelta, de abajo hacia arriba; explotaban en el cemento formando una fiesta brillante. Ella rozaba con sus labios pálidos la oreja colorada de él, llevaba un vestido de fino bordaje, irreconocible ya por lo mojado y arrugado que quedó; mostraba sus piernas desnudas al ojo de cualquier curioso, de todas maneras poco importaba.
Él, sujetaba fuertemente el cuerpo de ella con sus manos temblorosas, se movía hacia delante y hacia atrás, emitiendo leves sollozos que se confundían en el suspiro constante de la noche. Procuraba provocar el menor ruido posible, de su parte que se oyera solamente el viento rompiendo contra los troncos de los árboles, la fricción de los cuerpos y sus propios sollozos, pero a ella de todas maneras poco le importaba. Ella gemía y gemía, gritaba los nombres de todos los santos y diablos existentes, pellizcaba, mordía, arañaba, se halaba el pelo pensando en cómo disfrutaba cada momento de amor nocturno en las calles. A media cuadra, en la esquina, un perro solitario salió de su resguardo sin temor a coger un resfrío para aullar sin parar, cantándole al amor lluvioso y a su propia soledad. Había tragado en ese día no más que unas cuantas cáscaras y un pedazo de cajeta envuelta en tierra pero no dudó en gastar todas sus energías en ese himno ronco que prolongó durante más de media hora. Mientras, a unos cuantos pasos de distancia un guarda desde su caseta de latón observaba con ojos brillosos el espectáculo que se fraguaba ante él, tocaba su miembro desnudo babeando del deseo de ser ese muchacho, ¡que jodidos bandidos, ni la lluvia los para! Hacía más de seis meses que no tocaba piel más que de su propio pellejo, dejó a su mujer de pechos morenos por buscar una mejor vida en una ciudad que le tiene miedo al silencio, por eso lo que más hay son guardas privados, les proveen de casetas de latón y un par de pailas para que se la pasen haciendo ruido toda la noche. Pero esta noche no, en esta noche lluviosa no hay bulla, solo agua, viento y amor por los rincones…
Los muchachos seguían en su faena, el hacía todo lo posible por hacer el menor ruido, ella todo lo contrario, le decía con voz lujuriosa que lo quería escuchar pegando alaridos tan fuertes que rompieran el viento incesante mientras apretaba fuertemente con sus manos las junturas de sus nalgas. Al otro lado de la calle una viejita mirona se asomaba por la ventana, marcaba y marcaba números apresuradamente con sus dedos artríticos, policía, bomberos, vecinos; relataba con toda la indignación del mundo aquello que estaba presenciando, al otro lado del auricular se escuchaba una carcajada y de inmediato colgaban ¡la moral y el pudor se han perdido! La viejita jamás despegó el ojo del espectáculo…
El amor no encuentra asilo fácilmente, es escurridizo, no le gusta el ruido ni el reflejo, teme a las miradas y se anda escabullendo por todos lados, prefiere los rinconcitos mojados, oscuros y silenciosos. Pero cuando el amor, ese ente maravilloso e intangible aparece, brilla con la intensidad de mil soles, suena como un millón de coros al unísono, se alberga en las almas para siempre.
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CORPÓREO
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He caído de bruces en tus labios pálidos
Que contienen tu esencia en su carne
Que tienen de alpino y del trópico
Que se mojan, palpitan y tiemblan.
He llegado a albergarme en tu vientre
Sinuoso-moldeado-perfecto
Tallado por un séquito de querubines
Que al admirar su creación
Lloraron un millón de diamantes.
He habitado en las plantas de tus pies
Que al dejar su huella
Fertilizan la tierra
Y enternecen las almas.
He posado, tan sólo
En tu cuello-tallo de vida
Y ha bastado para alzar vuelo
Como un gorrión encantado
Sobrevolando tu mágico ser.
GOTA

Esta noche voy a volar
Voy a hacer un viaje astral
Voy a dar lo mejor de mí para llegar a vos
Y orbitar tu aura violeta, densa y mágica
A navegar tus aguas plateadas
De fondos pedregosos
Que esconden mil tesoros.
Quiero ser- voy a ser
La gota lisa que analiza tu cuerpo
La que apenas roza y acaricia
La que concentra tu néctar
En un coágulo-cristal de vida
Que no choca, sólo sigue persistente
Entre los surcos de tus vellos
Descendiendo, abriéndose camino
Cosquilleándote…
(vos mientras tanto
Te halás el pelo suavemente
Te mordés los labios
Enterrás las uñas en la piel)
…cosquilleándote y reís
Deseando tanto a la gotita
Que penetra en tus adentros.
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