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martes, 21 de septiembre de 2010

UN CROQUIS DEL CIELO


Quedaría inconcluso. Sería muy injusto dejar que el lector imagine el resto de antemano, aunque no niego el placer de pronosticar sus cavilaciones. Trataré de seguir lo que nunca he iniciado. Trataré de relatar la historia del mentado Silva de Sabana Grande y sus tristes peripecias.

1958 es un año poco memorable para los anales de la historia nacional, para él lo es mucho menos, bien podría situar las fechas en órdenes aleatorios para traicionar su costumbre: 8591, 1598, 5918 y así sucesivamente. El muchacho lleva el Silva por su padrastro que tiene más de intruso que de padre, su madre es planchadora y cocina por encargo en fechas especiales, él a capricho propio lleva el “de Sabana Grande” como baluarte de su procedencia. Silva de Sabana Grande al parecer detestaba su nombre de pila, quizá esa sea la razón por la que se hacía llamar de una forma tan poco práctica.

Un día de octubre salió a pasear por los campos con su primo Simón, llevaban un cholenco encintado a duras penas y con la baba reseca en su trompa de tan sediento, aún así la bestia echó a andar con ellos por mera misericordia. Cruzaron la barda de los Suarez, robaron piñas, guayabas, melocotones y pitahayas y así se las echaron, corrían arriando risotadas, durmieron bajo la escuálida sombra de un jícaro, se llenaron de la polvareda meridiana, descubrieron un nido de ratoneras y no las dejaron en paz hasta sacarlas a todas. El día discurría en la apacibilidad de un cielo de trazos blancos que se tornaban ligeramente grises cuando el sol atravesaba. Al fondo estaba el lago turquesa chispeando tilapias, del otro lado la cordillera pelona y oscura como la bota del Silva de Sabana Grande que esta vez no se ha escapado de la bendición de una gran plasta de mierda, se echaron a reír tiernamente, pensó para sí que uno no debe pensar tanto las cosas, después de todo lo mejor le ha salido así al bolsazo. Su niñez fue una vejez prematura, a sus trece años vio venir un limbo de actos incomprensibles que a duras penas lo dejaron vivo. Decidió al fin creerle a las figuras del cielo. No hay persona que no lo crea loco pero para su primo Simón (amnésico a la sazón) él solo razonaba de forma muy peculiar. Pues bien, en Nicaragua se vive en una burbuja y la gente sabe muy poco de todo pero Silva de Sabana Grande (si corriera con la venia de su pueblo) sería un prodigio, un visionario, un iluminado que lee el lenguaje de los cielos. Ahora que nos hemos alejado de la fecha me logro dar cuenta que pocas veces erraba y, de habérsele escuchado para estas fechas sería un mesías.

Por eso afirmaba (con cierta mofa) que daba igual 1958 que 8519, porque para él existía una constante que lograba paralelismos en el tiempo: la lectura de los cielos. Así supo quienes eran los azotes del abigeato en la zona, señaló al culpable de la violación de la niña Cándida cuando venía de vuelta de Tipitapa, previó incluso el terremoto de la Centroamérica en el ´68, avisaba cuando iba a haber llena del Xolotlán, se atrevió a afirmar (algo increíble para aquellos tiempos) que habría una Nicaragua sin Somoza, pero jamás sus declaraciones fueron tomadas en cuenta más que como balbuceos disparatados.

Su incapacidad de pronunciar correctamente hubiera sido corregida por su primo y al fin poder llegar a los oídos de los incrédulos de no ser que el pobre Simón olvidaba todo cuando ni siquiera lo había terminado de digerir. Fue así como en su incomprensión por el mundo decidieron engavillarse olvidando hasta el mínimo resquicio de realidad existente, para así no pecar de inconscientes.

Silva de Sabana Grande por un capricho también adivinó su muerte, eso fue horas antes, el cielo era pálido, de unos cirros interminables que coronaban la llanura, el fondo tenía un tono rojo tierno que a veces bajaba a un amarillo apagado hasta terminar en ocre, allá donde se divisan los picos chancomidos de los Maribios. Un zumbido inquietaba a las aves que ya no se sentían a gusto en las copas de los arboles, hubieron toneladas de hormigas tiesas ese día, uno caminaba y escuchaba el crujir de sus cuerpos bajo los plantas de los zapatos, de pronto teníamos al lago a la orilla. Ya el mentado Silva había cerrado los ojos.

Foto tomada de la web "Nicaragua actual"

jueves, 10 de diciembre de 2009

RECLUSO A VOLUNTAD

La noche se muestra tierna, vestida de nubes lilas que son los primeros trazos elípticos de un infante, coloreados con fuerza y en desorden. Tomas el bus que sube por una calle empinada y estrecha, en los bordes, las aceras con sus vehículos mal aparcados, sus putas fumando cigarrillo mientras se retocan la pava, sus eucaliptos grises y doblados por el cemento que es su nuevo suelo y subsuelo. Revisas el asiento como de costumbre, como te enseñó tu papá veinte años atrás cuando un centenar murió de tétano por haberse rayado con mayas, clavos, barras salidas de los asientos, todos objetos mostrando su sonrisa sarrosa y mortal. Se sienta una muchacha a tu lado, lleva un cuaderno de pasta gris que combina muy bien con su pantalón azul marino, se hace una cola con destreza, te voltea a ver y vos, muy disimuladamente volteas la mirada hacia afuera, hacia la calle que ahora es ancha y plana y los bulevares con sus setos de buganvilia polvosa que jamás van a crecer, como los niños que piden y piden y sufren de desnutrición y enanismo. La muchacha saca un espejo de su cosmetiquera, seguís disimulando como cualquier otro pasajero que disimula no tener hambre ni problemas ni erecciones involuntarias ni mal aliento ni flatulencia. El conductor mete pie en el freno con odio, las cabezas exaltadas se van hacia adelante como en los conciertos de rock. Sube una señora obesa cargando diez bolsas a cada brazo, seguida de una pandilla de niños que pelean unos con otros por un juguete, por una paleta, por un moco pegado a una camisa. Pensás en ceder el lugar cuando la muchacha ya se ha levantado para que la señora obesa se siente. A ella, la del cuaderno y el pantalón, jamás la habías visto, y es probable que jamás volvás a verla. Ahora te sentís pequeño, apretujado contra la pared fría del bus, la señora obesa ocupa su espacio y la mitad del tuyo. Las bolsas están en el suelo: naranjas, chiltomas, cebollas, ajo, carne, nancites, jocotes, una gallina tiesa, y sentís como esos olores se mezclan con el olor agrio de aquella señora que regaña, da manotazos, jala orejas, cuenta chistes…despide un vaho caliente que cubre tu camisa que juras lavarás dos, tres veces si fuere necesario. Pensás en levantarte, huir, pero en tu mente siempre se plantean retos ante situaciones incómodas y malolientes como esta, así que decidís quedarte. Solo te queda la ventana que da a la calle, los puentes que pasan sobre tu cabeza, los edificios ruinosos donde habitan futuros suicidas, los colegios y sus tapias pintadas de azul y blanco. Hay un accidente en el otro carril, hay sirenas, trajes fosforescentes, sangre en la carrocería y grandes tenazas hidráulicas que trituran al metal como a la carne. En la gasolinera de la esquina se reúne el sindicato de taxistas unidos, beben litros de cerveza sin salir completamente de sus vehículos que son verdaderas discotecas ambulantes. Temen, desconfían del prójimo, juegan a que quien deje de tocar la máquina, aunque sea con la yema de un dedo, lo pierde todo. Se te fue el tiempo en contemplar hacia fuera y no te diste cuenta que el asiento continuo está vacío de nuevo, echas un vistazo hacia atrás con la esperanza de ver a la muchacha que hace mucho bajó. Chequeas la hora en tu reloj de espejo cóncavo y te percatas que ha pasado media hora y aun no has llegado a tu destino, es más estás perdido porque no conoces esa zona. El bus para y se abren a medias las compuertas que son criaderos del tétano. La gente tiene que pasar de lado para entrar, un viejito encorvado camina hacia vos y toma el asiento vecino. Su olor a medicina y ungüento es apacible, como si invitara con sutileza a la muerte; podés imaginar los pomos de etiquetas desgastadas y grasientas, la dentadura postiza, la voz apagada, arrastrándose apenas sobre el viento que la transporta. El viejito se acomoda, se recuesta y se duerme de inmediato. Afuera hay un caos de pancartas, mupis y gigantografías, el polvo nómada que choca contra los ventanales y forma tolvaneras, los pies callosos y descalzos haciendo equilibrio entre el tráfico y su vértigo. Chequeas el reloj, ha transcurrido una hora en un viaje que normalmente tomaría quince minutos. Los asientos están vacíos, caes en cuenta que el señor a tu lado no está dormido sino que había escogido precisamente este lugar para no morir solo y en la calle. El conductor se seca la frente con su toallita que carga siempre al hombro, mira hacia el espejo, te sonríe mostrando sus incisivos enchapados, cierra un ojo. Un frente frío sube de inmediato desde la punta de tus pies, te sientes pesado, torpe, inmóvil, incapaz. Sabes que afuera todo es peor, más real, más crudo, más vivo. En la pared del bus está escrito con marcador negro: “soy recluso a voluntad, impotencia de vivir la vida fuera de esta máquina”.

sábado, 21 de noviembre de 2009

EL LUGAR DE LOS ETERNOS ENIGMAS

Cuando veas a un político...tapate la nariz
L. de V.

A buena hora la superficie se escarcha, el temblor de una hoja friolenta despierta el sonido insomne del viento, casi no duerme, casi no sueña, casi no pesa. El agua disuelve los grumos que se habían sedimentado, como las pequeñas avalanchas que descienden de un pico para fundirse en un todo marino.

El abismo de las cosas
El vacío del vacío y sus vacíos
Que desde un cuenco
Se vuelcan todos a la vez.

Yo no había pegado el ojo en toda la noche, las calles estaban bloqueadas por armatostes sarrosos y barricadas humanas enardecidas en el fragor nocturno, el fuego centelleaba, proyectándose en los vitrales y los charcos, un ejército de antimotines (robóticos animales que al fin de todo son hombres, mal comidos, mal pagados pero hombres) se había desplegado por puntos estratégicos. Ya cada quien había marcado su ruta, cada quien convocaba a sus huestes con comunicados gubernamentales, correos electrónicos, intimidaciones, amenazas, pregones, exhortos y toda clase de medios. El miedo esa noche era un miedo mayor, más colectivo y concentrado, más miedo. Se fraguaban planes macabros con filos de cuchillos y puntas de pistolas. Las calles son mías pendejo, ¡no no, las calles son mías güevón, te voy a enseñar a punta ´e verga que si! y los rifirrafas y las cámaras (cajones con cerebros artificialmente morbosos).

Doña Esperanza apostándose frente a la torre de parlantes (en la calle donde mañana se llenará de fanáticos de este nuestro deporte endémico que es la violencia) con su palangana, su aceite y sus tortillas, esperando que mientras se desate el infierno ella pueda, tranquilamente y sin ningún rasguño, vender su moronga, su fresquito, su tortilla tiesa. Horas más tarde. Del otro lado del infierno hay jardines, hay mallas eléctricas y gorilas en frac; en la amplia terraza se reúnen la familia y los amigos, las mucamas y el chofer, el trago de whiskey, de gin, el puro Cohiba, las chequeras y los amarres. Un televisor plasma de 50 pulgadas es el centro de atención, y cada uno se siente como en uno de esos juegos de realidad virtual, al tener en la pantalla el caos que parece tan cercano, en tiempo real, con sonido digital y en high definition. Cada quien juega el deporte a su manera y bajo sus posibilidades.
Al ilustre señor E. le salió el tiro por la culata ¡bien que le dije que se quedara con el trago y viendo los toros de largo! le dice uno de los acaudalados fanáticos al otro. Al ilustre señor E., monstruo de mediana estatura, que gusta de flashes, gigantografías y falsas sonrisas, le propinaron semerenda pedrada en la frente antes que sus guardias lograsen intervenir. 8 puntadas le salió la broma.

Los buses a la espera, orillados para apaciguar el calor abrasante de la mañana, un conductor se quita el nervio con música a todo volumen, ha recorrido 90 kilómetros y le hace falta el resto pero la paga es paga, no es buena pero es paga. Los encapuchados pasan con piedras en la mano y entre sus dientes. Cada uno es un ventarrón. Con el mortereo, la música, los gritos y el tapi se convierte en tornado que destruye todo a su paso. La naturaleza no perdona hermano, así que mejor no me atravesés que te llevo en el saco. Después dicen que nos van a dar camisetas y riales así que volémole verga a los culitos rosados.
A Silvia le palpita el corazón en la garganta, nada aquí está bien, sabe que cada paso que da es un desafío al peligro y como quisiera que cada paso fuera para acercarla más bien a su casa. Los de la empresa venían, los de la universidad también, al final vinieron pocos, le han rajado la frente al ilustre señor E y todo mundo anda chiva. La oposición encabeza el desfile, y la oposición no es más que el otro lado del pastel; ambos (gobierno y oposición) son diestros nadadores de aguas sucias, nada más que cada quien a su lado, tomando en cuenta por supuesto que hay un punto medio donde todos convergen.

Sirenas, el humo que sale de los tubos, una que otra bala perdida a conveniencia, la sangre y la grasa en el asfalto, improperios, carcajadas. Gangsta´s Paradise on earth, un suculento festín para los adictos al caos y la incivilización.

Pero hoy no es hoy sino anoche, y probablemente esto no ha pasado anoche que es hoy o fue un sueño dentro del sueño (a veces muy trágico) que es la vida y todos prevén o especulan, y en cada casa hay un Nostradamus y un Juan. Afuera Managua (ciudad de la otra dimensión) está sitiada, parece que nadie entra ni sale en la ratonera y el cuerpo del roedor va subiendo de temperatura y chilla sofocado dando vueltas y vueltas. Rezadores, pandilleros, políticos, asalariados, pensionados, culitos rosados, antimotines, estudiantes, todos un pueblo urgido de respuestas en el lugar de los eternos enigmas.

viernes, 20 de noviembre de 2009

CLAUSURA DEL TALLER DE POESÍA

Alrededor de hace dos meses dio inicio el Taller de Poesía que, en lo que a mí respecta lo viví con una intensidad arrolladora, como si un millón de imágenes desconocidas pasaran ante mis ojos en un instante que eran esas dos horas semanales de sesión (ni hablar del color, la sensación, la lengua y el alma y el flujo de cada una de esas imágenes), trece poetas noveles participaron, compartieron, debatieron, alucinaron, rasgaron los trajes de la musa con cada verso para desnudarla. Al final de todo, ayer 19 de noviembre en la sede del Centro Nicaragüense de Escritores se dieron cita : Alejandra Sequeira, Carlos M-Castro, Gabriel Moreno Salmerón, Gloria Elena Palacios Mora, Johann Bonilla Pantoja., José Adiak Montoya, Julio Francisco Cáliz Avellán, Karen Rodríguez Pastora, Luis Báez Padilla, Magaly Incer Obando, Marcel Jaentschke Gómez, Ninoru Amisaca y Tania Sosa Jirón. Mario Urtecho (secretario general del CNE) dio un breve discurso inicial, seguido de Francisco Ruiz Udiel y Anastasio Lavo. Cada quien leyó 2, 3, 4 obras, y para cerrar el brindis de roncito y bocas ¿qué más se puede pedir? bueno, sería genial que nazcan verdaderas ganas de apoyar la poesía (realmente cualquier expresión artística), para muestra un botón y estoy seguro que el Taller sentó un buen precedente para que sigan surgiendo propuestas como esta.
Es menester agradecer al poeta Anastasio Lovo por haber impartido el Taller con tanto ahínco, sus palabras resonarán en mi testa por mucho tiempo. Al Centro Nicaragüense de Escritores que nos dio la oportunidad, abrió sus puertas y nos acogió con calidez. A Francisco Ruiz Udiel que nos hizo sentir todo el tiempo como en casa. A mis compañeros, por supuesto y de paso aprovecho y les exhorto a ser reincidentes en este que es nuestro divino delito. Muchas gracias y abrazos.

viernes, 6 de noviembre de 2009

LA MUERTE ES UN JUEGO DE NIÑOS

No era una carta de una niña malcriada sino una advertencia, una invitación formal al duelo, con mensajero y todo. El papel tenía manchas rojas que, a juzgar por sus arranques obsesivos podía ser tanto de salsa de tomate como de sangre. Me había citado a las tres de la tarde en la rotonda, avisó a todos los vecinos para que presenciaran la batalla cuerpo a cuerpo, no tenía escapatoria. No pude ni quitarme el uniforme del colegio, no almorcé, las piernas me temblaban del nervio.

Pero no todo el tiempo fue así, entre persecuciones y amenazas, antes de eso fui feliz. Mi mamá me permitía salir del cautiverio de tres a seis de la tarde, y me daba gusto retozando con la pandilla, jugando al escondite, comiendo de casa en casa, manipulando los juguetes de última tecnología de alguno de los niños más pudientes de la cuadra, de esos privilegiados que dormían con edredón, aire acondicionado y pijama de cuello elástico.

Eran los inicios de los ´90, época de transición, cuando con un peso uno hacía maravillas (la cotidiana merienda del glu-glu más polvorón en la venta de la cuadra), en esos tiempos la mitad del año pasábamos la noche a oscuras y las plantas eléctricas eran demasiado caras (aun para los más pudientes), por lo que a nosotros se nos facilitaba la escapatoria. Nos reuníamos en las gradas de una oficina que quedaba en la rotonda, donde el guarda, con su voz ronca y sus dientes enchapados, nos contaba historias fantasmagóricas de carretas naguas, hombres sin cabeza y demonios con cuerpo de bisonte. Al volver la luz salíamos despavoridos cada quien a su casa, cuando se percataban de nuestra ausencia venían las guiñadas de oreja, los fajazos y el andá acóstate ya, que era lo peor de todo por el temor a encontrarse con una sombra o un diablo maléfico en el cuarto.

La casa 321 estaba deshabitada desde hacía tres meses, los últimos inquilinos eran unos ecuatorianos antipáticos. Esa tarde salimos como de costumbre, cargando juguetes, semillas y bodoques de tierra en las bolsas de los shorts. Al ver movimiento en la casa nos quedamos espiando tras el carro leproso de Chale (que poco faltaba para que el asfalto se tragase a aquella inservible máquina), eran dos señores, un niño y algo que se parecía un muchacho por la forma del cuerpo pero no pudimos dilucidar porque llevaba falda y una muñeca de trapo en la mano. Necesitábamos socializar, quizá ellos traían juguetes innovadores o la mamá preparaba ricas tortas por las tardes, si, sería realmente provechoso porque en ese caso uno se queda hasta que lo inviten a comer o a salir, y quien quita que no tengan membrecía en algún club y luego se lo llevan a uno a jugar tenis, comer y bañarse en la piscina de gratis. Después de la misión de reconocimiento se decidió nombrar a alguien para que se presentase en nombre de todos, inmediatamente me lancé, no podía perder la oportunidad ante tantos potenciales privilegios. El niño parecía de unos seis o siete años, llevaba una camisa a cuadros dentro de un pantalón que subía hasta la altura del ombligo (típica vestimenta de niño pegado a la falda de su madre), -¿Querés jugar el escondite con nosotros?- se quedó viéndome un rato y replicó que debía ayudar a sus padres en la mudanza.

Al día siguiente me llegó a buscar a la una, le expliqué que no podía salir hasta las tres. Ya a esa hora los encontré a todos agrupados jugando pelota, rápido se me vino a la mente lo ave de rapiña que éramos, que alguno de la pandilla seguramente ya me había aguado la fiesta con los nuevos. Pero no, en realidad ellos dos estaban solos, los demás solo reían y se veían con ojos de mono que acaba de hacer travesura, al instante entendí porqué. Aquello que parecía un muchacho llegó hacia mí, era inmenso como un gigante de película, tenía bigotes y pelos en los brazos, la cabellera negra y tan enmarañada que apenas dejaba ver una que otra traba, llevaba un vestido rosado con paletones y zapatos tenis, me plantó un beso en la mejía con tanta fuerza que por poco me derriba, de inmediato un coro de carcajadas resonando en mi oído y el asco de mi piel que se erizó al momento, - Ella es mi hermana Adela- me dice el niño de pantalón hasta el ombligo, quien se presentó como Paco.

Esa tarde jugué a desgana, Adela (a quien pensé producto de un mal sueño luego de escuchar al guarda contar sus historias) no paraba de verme, solo a mí me pasaba el balón. Todos se hacían señas y las risas a mis espaldas que me caían como bloque de hielo. Esa tarde entré a mi casa más temprano. Al día siguiente llegaron a buscarme Adela y Paco, me hice el enfermo, por primera vez le encontré sabor amargo a los juegos callejeros. Recibí una llamada, después otra y otra, eran los de la pandilla cantándome El monstruo te dio un beso con su lengua de trapo y te convirtió en sapo y se van a casar. Estaba desolado, me convertí en el hazmerreír de mis amigos por culpa de un monstruo, solo me quedaba la esperanza de que como todo mal inquilino se fuesen pronto.

Pasó una semana, pensé y pensé hasta que decidí salir de nuevo como si nada hubiese pasado, aguanté las burlas e incluso me reí de ellas, jugamos a la guerra con semillas y triquitracas y todo pareció moverse en su cauce hasta que salieron los ya repudiados hermanos. Ella (más bien Eso o Aquello porque aún no se sabía a ciencia cierta que era), su mirada fija hacia mí, su semblante enfermo y atemorizador, me dio un papel con una bolsa de caramelos, le agradecí y hui a mi casa, aquella presión era incontenible. Se quedó viéndome con rencor.

Pasó otra semana sin que pusiera un pie en la calle, me acechaba, me esperaba en el porche de la casa y la empleada que decía que no la podía echar porque Ay si es una criatura, por fea que sea, andá no seas malo hablá con ella. Mi mamá, preocupada me llevó donde un psicólogo, -Que no está bien doctor, si a este niño le encanta la calle, yo le digo que es un aplanacalles incurable y ahora no sale del todo.
Paco me estaba esperando al mediodía, viéndome con desprecio me entregó la carta y salió corriendo. Una feísima letra de molde salpicada de manchas rojas, la sentencia escrita, tres de la tarde, todos van a estar ahí, vamos a arreglar esto de una vez por todas. Llegué, ya estaban todos sentados sobre las cajuelas de los carros, ella (eso o aquello) de pie, al verme exhaló como un rumiante, como un toro que se prepara a embestir al torero desarmado, - Mariquita, mariqueta, maricón, mariconazo- de su boca salía la baba que caía al asfalto y gritando se me vino encima y me agarró a golpes, uno tras otro mientras todos coreaban alrededor, y Paco riendo, chupando paleta y gritando – ¡Es tu fin maricón! El adefesio paró, puso sus garras en señal de alto y todo mundo en silencio, me plantó un inmenso y asqueroso beso, esta vez en la boca. Se oyó el ¡uyy, auch, guacala, boahh! Me desmayé, estuve en coma durante dos días, luego una terrible fiebre acompañada de vómitos consecutivos. Al recuperarme supe que ella (Adela, eso o aquello), había muerto de tristeza, inducida por su hermano menor, aparentemente inocente, quien le repetía lo horrible y monstruosa que era.

sábado, 1 de agosto de 2009

BAJA MINGUITO




Santo Domingo de Guzmán, santo patrono de Managua va bajando de la Sierrita, adornado con un millón de jazmines y margaritas, naturales y falsas, acordonado por su guardia personal y encerrado en su burbujita mágica de cristal blindado.
Se siente la presión en el ambiente…
Achiote y hollín de tintes para la piel, para curar penas y disfrazar caras de dolor, aunque sea por unos días. Tambores, marimbas y comparsas, ¡la leche la leche, pregonan al guaro! anoche fue el palo lucio y cayó como anillo al dedo. La gigantona en media procesión, meciéndose, buscando equilibrio de un lado al otro mientras el enano cabezón le va tocando una nalga. Un desfile de putas y homosexuales representando, con escudo en mano, cada cual a su gremio. Suena la pólvora, agitan y bailan al santo; van delante y detrás los torovenados, el cacique mayor y su clan emplumado, los tiernos van arriba de los hombros, van bailando también. Todo el mundo busca su agosto, unos con ventas, otros promesas y otros con robos. Roban también los políticos, a quienes solo se les ve con el santo en tiempos de campaña, resguardados por un grupo de robocops que por diversión y desquite le van dando a los bolitos con sus cachiporras. El clima es generoso, siempre llueve sobre el mar de gente que, con el agua se transforman en pipilachas eufóricas y saltarinas. Van cayendo, van quedando en el camino los que tienen menos aguante. Muchos van cargados de fe, se les ve en sus ojos creyentes y sobrios, muchos otros llevan el sufrimiento a tuto y le piden al santo que les aliviane la carga. Colores, sustos, gritos, golpes, empujones, risas, tufos, olores, brincos, poesía popular. Miles asisten a participar de la procesión inferno-sagrada que es una mezcla de fervor, algarabía y sodoma, reflejo auténtico de un pueblo sufrido pero fuerte.

sábado, 11 de julio de 2009

RÉQUIEM




El día empieza a clarear, el cielo a mostrar sus cirros que semejan surcos de algodón y la estación del Huembes empieza a cobrar vida de nuevo, despertando de su letargo nocturno y ficticio y volviendo a la realidad, a su rutinaria secuencia de músicas, risas, improperios, llantos y tufos. El asfalto desolado se va llenando de buses que entran y salen como abejorros a su panal, los hay de todos tipos, desde los que uno debe hacer malabares para no caer en su piso defondado, pasando por los buses amarillos que fueron donados por alguna escuela cristiana gringa de los años ’70 hasta en los que uno viaja con aire acondicionado y en sillas reclinables y acolchadas, viendo a Cantinflas por una pantallita.

Don Chano cayó en batalla anoche, salió bien fumigado del chinamo de la Rosa con su yerno que se le peinó los zapatos y un relojito que le había regalado su mujer para su aniversario. Doña Rosa, airada de verlo lo despertó con patadas disimuladas- levantate güevón que me estás corriendo los clientes- doña Rosa tenía diez años de vender chancho con yuca en el mismo lugar y con eso había sacado adelante a sus tres hijas, de ahí al Pano son otros cien pesos, otro canto´e gallo diría el viejo – ¡eh, que va si a ese ni se le ven las vueltas!- de esta forma califican los zepoles la destreza con que opera el Pano, saqueando entre los pasillos, en los tramos, en los parqueos – ¡escuchás un grito a una esquina y al dos por tres en la otra, ya sabemos nosotros que ahí anda!- intervino un zepol flaco, con la cara guiñada hacia un lado como si le hubiesen dado con un leño, dejándole deforme por el resto de su vida. Uno de los zepoles le andaba traidor al Pano, él nunca decía porqué, siempre que le preguntaban por eso sólo aducía: - me lo voy a bajar a ese pendejo- pero por ahí dicen que el rollo es por menesteres pasionales, unos hasta cuentan que el chavalo que le tuvo la Tana no es suyo, sino del Pano ¡y a saber cuántas otras diabladas que la pobre doña Rosa -aquella figura estoica y perseverante maquillada con humo de buses- no quería ni imaginarse. Al rato llegó la Karen, la hija menor, pálida como una yuca, a tropiezos y empapada en llanto; hacía tiempo que doña Rosa se hacía creer que no sentía nada por su vástago descarriado pero ese día reventó en un mar de lágrimas. Se lo habían encontrado en el tramo de abarrotes de don Luis, en calzoncillos, atado de pies y manos, con llagas en la boca y en el pecho, sangre por todos lados, en el Centro de Medicina Forense le dijeron que recibió 55 estocadas de bayoneta. Se presume una pasada de cuenta.

La luz cae de a poco por la estación del Huembes, va saliéndose lentamente de entre los espacios coloridos, ruidosos y mal olientes, el corre y corre de la gente y de las máquinas, la algarabía cotidiana, el dolor, el hedor, el aroma de las flores, las carretas repletas, la sangre derramada y una niebla espesa cubriendo el piso son un réquiem por las almas que van cayendo en Managua.

miércoles, 1 de julio de 2009

KNOCK OUT


Pensé, ingenuamente y por un momento que había pasado la borrasca y el cielo empezaría a esclarecerse penetrado por los rayos diáfanos del Sol. Erré de nuevo, hoy el pueblo madrugó, las pipilachas, como hipnotizadas rondaban los bombillos; había una intuición, un presentimiento colectivo, algunos pasaron en vela, acostados boca arriba viendo el techo con los ojos pelados, otros daban vueltas como vigías por la casa.

Knock-out definitivo para el tricampeón y alcalde de la capital, aun no hay un dictamen, se presume suicidio pero se sabe que en el reino de la política y el boxeo (íntimamente ligados por el vicio, la codicia y el poder) las muertes no ocurren a conciencia propia; por ahí anda el cuento del Don King mafioso, que por cada desgraciado que se echa al pico se tatúa una calavera en la espalda, y del gobierno y su séquito clandestino de matones que operan en silencio, es mejor que corra la imaginación a juicio de cada quien. Hay muchas preguntas, mucho secretismo, mucho descontento, el último round del tricampeón fue fatídico y decisivo, se le acusó de ser una pantomima, un instrumento del aparato gubernamental, se le acusó de haber confabulado contra la democracia en unas elecciones dudosas y amañadas, se le seguirá acusando post-mortem de una gestión mediocre y absurda. Pero ya no está, suicida, ultimado o desconectado aun no se sabe, y probablemente nunca se sabrá. Mi pésame. Un momento de silencio.

Luego de esta pausa si es menester el pronunciamiento, porque no se puede tapar al Sol con un dedo, Managua, la novia del Xolotlán, con más de un millón de habitantes, no es más que una superficie ahuecada, sucia, mosqueada, inundada, acá no hay identidad ni cultura, acá lo que hay es un imperio de rótulos escalando árboles y postes hasta llegar a las nubes, la inseguridad y el vicio se toman por asalto los espacios; la basura, la fetidez, la epidemia, la naturaleza mermada, suplantada por el cemento sin alma; los alcaldes ocupan el cargo, se acomodan en sus sillas, se llenan la boca mientras la asamblea de concejales pelea por las migas ¿Hasta cuando?

domingo, 28 de junio de 2009

EDUCACIÓN PARA LAS MASAS

Recuerdo como hace una década las transnacionales petroleras en un intento por renovar su imagen y consolidar sus monopolios de enclave lanzaron una campaña agresiva y pomposa, deslumbrando a los ojos acostumbrados a la oscuridad con sus gasolineras ataviadas de neón; vinieron con sus tiendas de puertas corredizas, con su olor a café expreso y a fritura, con alimentos de sabor a preservante, se asentaron para incentivar al consumo local e ir borrando de a poco la identidad cultural colectiva. Poco a poco el panorama urbano se fue llenando de rótulos, Esso, Shell y Texaco, los cultos más puros a las corporaciones. Las gasolineras tuvieron un boom efectivo en la sociedad, se convirtieron en un punto de encuentro, en un hábito, en un mercado de productos, puños y vicios. La sociedad las asimiló rápidamente.
Salí por unas cervezas. Brisaba apenas, era una de esas noches convulsionadas difuminándose por las calles de Managua, la gasolinera estaba atestada de gente, de bulla, de euforia. La fila era lenta y torpe, al cabo de un rato llegué a la caja, me llamó la atención que a la par había un estante con libros empaquetados, sacudí un poco la cabeza como no creyendo en lo que veía y volví a ver por si acaso, ahí estaban García Marquez, Vargas Llosa, Saramago, Neruda, Deepak Chopra entre otros, contenidos en un estante metálico de color negro, con forma de haber sido un rótulo frío en su vida anterior. Pregunté al cajero por la reacción de la gente a lo que me respondió con tono seco e indiferente- ¡no hombre si eso sólo está de adorno ahí!- es un elemento completamente fuera de tono, pensé; talvez es un proyecto mal encaminado de la Esso para redimir sus culpas o una mala idea de una editorial desesperada por vender. Pero el fin justifica los medios, la cultura, la literatura, las artes, ejes fundamentales de una sociedad progresista y desarrollada, deben promoverse por doquier, en universidades, teatros, escuelas, en tiendas, mercados, gasolineras incluso; el problema radica en si el mensaje se envía y recibe adecuadamente. Las obras se venden como artículos simples e indiferentes, con un precio alto, muy distante a la capacidad de adquisición de nuestra sociedad. Entonces ¿cuál es la verdadera intención tras los estantes con libros? el mero lucro, la estética, la necesidad por llenar espacios...todo menos cultura popular, porque para eso se requiere mucho más que una pila de libros a la venta.

martes, 19 de mayo de 2009

EL MECANISMO DE LAS HORMIGAS BRAVAS

La alarma suena una vez, diez minutos y de nuevo, otros diez más, mi abuela enciende el tele y sintoniza un canal musical, sube el volumen y camina lentamente por la sala tarareando coros –casi media hora, se hace tarde, otro día atrasado en el trabajo y te sacan tarjeta roja muchacho- abro los ojos, los cierro, parpadeo cien veces; el día estaba nublado, soplaba un viento frío que invitaba a la pereza, agité la cabeza varias veces y en marcha.
Manejaba una vieja moto Honda que me había prestado un tío mientras conseguía la propia, nunca tuve el hábito del ahorro así que ni yo se la entregué ni él me la pidió, asumo que ya a estas alturas está fuera de su patrimonio y de su mente. Faltaban diez para las ocho, brisaba suave pero copioso, cogí mi chaqueta y mi almuerzo y arranqué. Tenía más de un mes de trabajo acumulado en la espalda, muchas llamadas que hacer, reclamos, citas, mucha tinta, papeles y presión, y para colmo Amanda, tener que aguantar su cara larga y malhumorada desde hace una semana, sus chifletas e impertinencias y que todos rieran por eso, el apreciar sus hermosas nalgas sin poder darles un apretón…no entiendo con qué objeto una mujer te deja por infiel cuando ella no lo es ni a su propia palabra, recuerdo como juraba que no me dejaría por nada del mundo, yo aún con aire dudoso le preguntaba si estaba segura, ella asentía con la cabeza denotando absoluta firmeza.
El olor de la panadería de la esquina, las flores reventando con las primeras lluvias de mayo y el humo de los escapes de los carros son la fragancia perfecta para empezar un buen día. La luz se pone en verde, un bus lento y pesado se arrastra por las calles dejando su rastro tóxico, lo aventajo con prisa, el Momotombo al fondo y de frente, luciendo su rostro imponente al final del camino, es imposible no abstraerse un momento en su cono dibujado con plumilla; algo se cruza, una figura con ropa y bastón, reacciono, me desboco, me desvío, tropiezo, el impacto, un ruido terrible…subí a la estratopausa y choqué con el suelo en cuestión de segundos.
El motor de la moto aún sonaba, yo olía a metal y sangre, el dolor era terrible, los gritos salían solos, incontrolables, me tapaba la boca y aún seguían saliendo, hubiera preferido no abrir los ojos y ver solo puntitos grises en la oscuridad. Un hueso roto sobresalía a la altura de la rodilla, había rajado el pantalón, por la posición del pie derecho supe que éste estaba desencajado, el tórax entero me oprimía los pulmones pero con todo, el casco aún seguía en su lugar.
Al instante un cúmulo de curiosos me rodeó, observando el espectáculo con sus ojos de asnos perplejos; probablemente llegarían tarde a sus trabajos, probablemente no tenían trabajo o iban de paso o simplemente su trabajo consistía en admirar el dolor ajeno. Un tipo larguirucho y de corbata rompe el silencio: - Apuesto cien córdobas a que manejaba borracho-, otro levanta la mano al momento que rompe la fila para situarse adelante: -no es posible, miralo al pobre, tiene aspecto de quien va al trabajo- un tercero, con aire de maleante trasnochado grita: - cien a que anda sobrio entonces-, a lo que el segundo contesta: - la única forma de descubrirlo es quitándole el casco- el tipo con aspecto de maleante, ni corto ni perezoso se inclina para despojarme del casco, el dolor se intensifica y un frío extraño se va adueñando de mi cuerpo poco a poco. –Descartado, no hay olor a licor- aduce el segundo.
El maleante lanza una mirada fija a su deudor de corbata, éste empieza a caminar apresurado para no honrar su deuda, el maleante lo sigue corriendo y le cae a golpes. Habían transcurrido no más de cinco minutos cuando llega un jeep blanco a toda prisa, baja una mujer con un micrófono y un camarógrafo tras ella, me acerca el micrófono a la altura de la boca como apuntándome -¿se encuentra bien, como sucedió? reláteme los hechos sin escatimar en detalles- quise lanzar una carcajada inmensa pero el dolor me lo impedía, al ver que no respondí sacó una libreta de su bolsa y empezó a tomar nota. El círculo se extendió, algunos sacaban fotos, otros encendían un cigarro e intentaban adivinar el motivo del accidente empleando la física, hubo uno que empezó a levantar un croquis incluso; a diez metros de distancia estaba el maleante, que luego de haberle reventado la vida a su deudor desmantelaba la moto ayudado por dos más. Empezaron a llegar toda clase de vendedores ambulantes atraídos por el tumulto, raspaderos, heladeros, vende chicles, cigarros y caramelos, un señor chaparro y consumido se me acercó ofreciéndome ungüentos para el dolor, gasas y toda clase de artículos farmacéuticos.
Empecé a temblar, sentía que por todas partes salía la sangre espesa a borbotones que se combinaba con el sudor helado, un zompopo me sube por la mano tendida en el asfalto, se queda quieto mirándome: -de pequeño te encantaba experimentar con nosotros, nos arrancabas las patas con toda la paciencia del mundo, contemplando cómo nos retorcíamos de dolor para luego dejarnos ir mutilados, moríamos siempre, o ahogados en tu charco de baba que dejabas caer deliberadamente o devorados por las hormigas negras que nos comían vivos; yo fui el único sobreviviente de tu ritual de muchachito estúpido, de Arriba me mandaron un set de patas nuevas y acá estoy ahora viéndote arrastrado y medio muerto, como un zompopo, rodeado de una muchedumbre que va devorando lo que te resta de vida-.
Vi como aquel animalito ínfimo, insignificante bajaba a plan y se alejaba, sentí una pena infinita, por primera vez supe lo que era el dolor verdadero, él relatándome su dolor me mostró la triste y obscura faz de la miseria humana, esa que se mofa inmutable, que escarna y que mata al final. Un sonido de sirenas se escucha a lo lejos, ya es muy tarde, había sido devorado por un tumulto de humanos mirones que se me llevaron la vida como hormigas bravas.

sábado, 9 de mayo de 2009

DIETA




-¿Te acordás que te hablé de estos pescaditos en Masachapa?- le dije al ver su pecera, al tiempo que me empinaba un trago seco de guarón añejo, ella que caminaba adelante asintió con la cabeza como no queriendo responder. La sujeté fuerte del brazo y me la traje contra mi pecho para robarle un beso abierto con sabor a agua salada, ella me condujo a un cuarto sin cielo raso y tapizado en madera, se quitó la traba del pelo y la blusa sudada, me tiró a la cama y por su sonrisa entre traviesa y perversa le adiviné la intención de tratarme violentamente, pensé en que me ataría a la cama, amordazándome, que sacaría una coyunda del ropero o en defecto mi propia faja y me daría con la hebilla hasta quedar inconsciente- Sucesos: joven se pasa de juegos con su amante atacándole con una hebilla hasta dejarlo muerto-…ella tan sólo se limitó a posarse sobre mi y besarme el cuello. Su piel tersa olía a crema de coco, la iba desnudando de a poco disfrutándole cada rincón de su cuerpo con mi lengua excitada, ella se retorcía como no queriendo, y a la vez me posaba todo el cuerpo para que lo tomara. Me tira a un lado y de nuevo se posa sobre mí, empieza a desvestirme para que todo esté parejo, me percato del calor por las gotas que le salen de la frente, que bajan al cuello yendo en picada hasta los senos, dibujando esa silueta magníficamente montañosa-las mujeres sudan poco- pensé. Al lado izquierdo del cuarto una ventana que da al patio, con marcos de azul cielo, sonaba con el chocar del viento; una mesita de noche a la par de la cama y sobre esta una retratera de ella cuando niña, vio que yo veía la foto- Si a esa edad hubiera sabido lo rico que es coger a estas alturas sería una puta solo por placer- ambos rompimos en carcajadas, besos, apretones de manos y tetas y más besos. Hace una semana en una noche en la que me metió al cuarto a escondidas me contó que era virgen, yo, entre incrédulo y emocionado le di una larga charla de psicólogo sexual que terminó en un millón de gemidos, sollozos y penetraciones. Hoy por la mañana la aguja de la pesa se había corrido cinco espacios, tenía cinco libras de menos ¡una semana! un boxeador tendría que suprimir desayuno y cena para bajar cinco libras y dar el peso en una semana, lo mío fue más productivo y provechoso, hacer el amor en la playa y por toda Managua, como condenados, como conejitos, día, tarde y noche por una semana. Me traía loco, se me paró el tiempo en su piel, olvidé el trabajo, al gato, las charlas y el humo gris de las noches, no comíamos, no nos percatábamos siquiera si respirábamos, yo encontré mi morada en ese capullo. El cuarto entero empezó a estremecerse por el movimiento hasta que se nos vino abajo.

domingo, 29 de marzo de 2009

LA MUERTE INVADE LOS CUERPOS DE CUANDO EN CUANDO




Daniel sale de casa como de costumbre a las siete y media de la mañana, lleva veinticinco años en el bulto y en su faz un semblante enfermo y acongojado. Camina por los mismos callejones de ida y vuelta, apreciando como revientan las flores de las copas de los árboles, como los perros madrugadores se rascan las pulgas luego de su faena interminable y como los celadores aprovechan la salida del sol para cerrar un poco los ojos, haciendo equilibrio sentados en sillas plásticas en dos patas recostadas a la pared. Se detiene por un momento, mareado, se lleva la mano al pecho, cierra los ojos, respira profundamente y prosigue su camino.
Llega a la parada de bus en la que espera un mar de gente, niños que van a la escuela con la panza vacía, una muchacha alta y coqueta de pelo teñido en castaño y la ropa ajustada, un par de malandrines haciendo cuentas de sus ganancias de casas ajenas, otro par pestilente a humo de cigarro, que con ojos llorosos se arrepienten profundamente de haber despilfarrado todo el salario y no bastando, pusieron en garantía sus vidas en el casino…llega la ruta esperada frenando estrepitosamente una cuadra después de la parada, la gente corre con premura, al cuerpo extenuado de Daniel se le dificulta seguirla.
Aborda el bus- una mezcla nauseabunda de olores y hedores invade los olfatos- la máquina arranca implacablemente y uno que otro usuario tropieza, cae, se levanta y no le queda más que reírse. El destino de Daniel no es cercano, al cabo de quince minutos el bus se vacía un poco y hay chance de asiento. A él no le gustan los bordes, la gente pasa, se apoya y golpea, además estando al lado de la ventana es más excusable para él ser descortés y no ceder el lugar.
Hace meses que viene sufriendo de lo mismo, una sensación extraña le oprime el pecho y lo deja sin respiro por instantes. No hay dolor, sólo la impotencia de agarrar aire; siempre luego de ese lapso respira profundamente queriendo atrapar el viento a veces con bocanadas. Observa desde la ventana como poco a poco el calor matutino se va tomando las calles y los rostros de las personas se ponen brillosos. Llega el ataque, siente como el pecho se le dobla tal si fuera un vaso descartable que es presionado hacia adentro, no lleva vecino en el asiento, se agarra fuertemente de las barras buscando en su interior alguna burbujita de aire que lo pueda salvar, abre y cierra la boca como un pez con la plena conciencia que en cualquier momento pasa a pescado, en el bus no hay ni pizca de oxígeno, todo fue absorbido por la masa de gente. Se debilita rápidamente, la piel se le enfría y empalidece, en su desvarío todo se mueve, en las paredes del bus pegadas calcomanías de un “Dios guía mi camino”, “A los pendejos ni Dios los quiere”…son claras señales para Daniel. A las ocho y cinco minutos fallece.

El bus llega a su terminal, pero es que las cosas acá no funcionan de la forma en que se espera; nadie limpia los buses ni saca a la gente, que por dormida, borracha, drogada o muerta no baja antes. Conductor y cobrador hacen su contabilidad, acuden al primer chinamo, compran litros de cerveza que beben a pico de botella y los depositan vacíos en cajillas asignadas para llevar la cuenta. Se suben la camisa, descubriendo su inmensa panza que rascan con toda paciencia, una nube de moscas sobrevuela el lugar, echan piropos grotescos a las mujeres que pasan mientras se agarran el pantalón por sobre sus miembros sudados y hediondos.
Al cabo de un rato el bus sigue su marcha, se repite el transcurso durante unas seis a ocho veces, centenares entran y salen, olores y hedores, pláticas, chismes, pleitos, llantos, risas, súplicas y la muerte ha tomado posesión de un tipo al que nadie pone atención. Seguramente Daniel no pensaba morir de esa forma, probablemente al llegar a casa de noche imaginaba un sepelio digno en una caja de madera fina y muchos arreglos florales. Talvez pensaba en que le gustaría que tomasen fotos de gente feliz brindando en tertulia en el día de su muerte. Una señora que cargaba a un sietemesino se sienta a la par, el niño llora y llora teniendo plena conciencia de que estaba ante la presencia de un difunto…
Cinco y cinco de la tarde, el sol se esconde poco a poco, el calor mengua, la lata del bus cruje y se retuerce de tanto andar y andar. El cobrador del bus apunta con su bolsa de agua de un peso a la faz de Daniel, éste abre los ojos, se lleva la mano a la cara y escucha la voz de aquel sujeto gracioso y regordete diciéndole que ya es hora de bajarse. Respira profundo, lanza al aire una inmensa carcajada y estira las piernas para bajar del bus. Daniel muere y revive todos los días en los buses en horas laborales, nadie se percata y quienes lo hacen prefieren callar por miedo a que los siga la muerte.