lunes, 3 de enero de 2022

Poema de quien nunca ha apedreado al mar

 

En la ciudad nos circundan las cárceles, los almacenes

las colillas de cigarro aventadas adrede sobre los pisos de las gasolineras

el olor a fritura con heces

el dulce caer de las hojas

el smog, el covid, los gritos del vecino

y nos inunda el temor

de no poder regresar al punto del que venimos.

 

En la gravedad del mar

como la luz que cala en los ojos

así vivimos arrebatando espacios que otros nunca han ocupado

y fusilando a las nubes

vagando erráticos por la arena

troceando al agua con los pies

y arguyéndole al silencio con notas desafinadas. 

 

El cielo es de papel de estaño

Se funde al crepúsculo mientras abrimos las bocas

hay un cierre falso en el horizonte

que es un dualismo a trasluz

y que también es como navegar hacia atrás

sobre las sombras que se van haciendo en pleamar.

 

Los pescadores se asfixian entre palabras que no quieren decir

los niños se llenan de piedras los bolsillos al divisar a los perros merodeadores

las tortugas son desolladas bocaarriba

y los pelícanos planean sin tragedia sobre la marea.

 

Ensayo y error

la carne ceniza se trasluce al tacto

nada, la corteza plástica de mi vacío

y me ufano de ser tan fortuitamente prismático

tan seguro en mis desaciertos

y de llevar un mar de espejos rotos a mis espaldas.






sábado, 3 de abril de 2021

cualquier objeto abierto es una ruina

 

Una cortina de silencio se extiende

cualquier objeto abierto es una ruina

cualquier ruina es un ser visto a lo lejos

una flor injertada a la piel de una bellota

la curvita chancomida del jocote que pende de un hilo

el fogón de paredes negras y corazón de fuego

las hojas revolcándose en la arena

las gotas de rocío que caen, pero no penetran.

Silencio,

podrás carecer de latidos

y pudrirte en el acero

silencio dormitante

silencio paseándote por el patio de las ruinas

descalzo/ chaqueta de corduroy/ los pies heridos

sangre seca/ trozos de vidrio/ colillas

la existencia abismal sentada en una banca

sorbiendo un café enfriado por el clima.

Silencio de las no ciudades

de los no cines y los no conciertos

silencio de tapabocas con estampados

de parques vacíos

y de hierba reventando el asfalto.

Qué difícil es

seguirte los pasos

interpretarte es una quimera de techos rotos

verbalizarte es un intento absurdo

un ejercicio milenario diseñado para fallar.

Se te observa en el diminuto espacio

ramificándote en cualquier noche sin luna

reproduciendo en loop lo incomprensible

Porque,

cualquier ser vacío es un silencio

o más bien una multiplicidad de nidos de silencio

un entretejido tierno y cruel que culmina en tu cuerpo



jueves, 31 de diciembre de 2020

13.21 18:38 galería de darte

 

A Ricardo Huezo

Todas las cosas crueles

toda la información grandiosa que corre por nuestro torrente

acto de decodificación instantáneo

Todos los tonos grises

la inmensidad hecha lienzo

nosotras tensándolo hasta el punto de telaromperse

Sin recato

sin piedad/Estrujar la piel sin emoción alguna

como acto autómata

demandado y obedecido

tic tac lienzo

tic tac tiempo

tic tac retazos períodos planos

sin pena ni gloria

sin asimilar la hiel

La liquidez revolcada en nuestros órganos

la profunda herida cubierta de gel

Amo lo que haces/hacelo de nuevo

-la cubierta de la herida sanando

la pata de la gallina cacareando-

hacé de nuevo eso que tanto amo

lanzar esperma sobre la seda

acicalarse el cráneo, mi amor

como los monos

como bídepos implumes croando al borde del precipicio

reptando bajo el charco

repitiendo plegarias a ojos cerrados.

MANTRA – CHUNCHES VIEJOS EN LA BODEGA

Traguémonos la miel que babea de nuestras costillas.



 

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Vomitar la muerte

 

Estuve ahí, entre mazmorras, grietas y tufo a peste. Invocando a la muerte y que, al fin, cuando la tuve tan a mi alcance, no la quise.  

O más bien, no acabé de morir, sino que fui devuelto. El mar tampoco acabó de engullirme. Sólo se posó sobre mí con sus yemas, bosquejando posibles salidas para la frágil humanidad.  

Se dio una sucesión de elementos. Poblé mi mente de incertidumbre, luego de desesperación, de ahogo, de aceptación, y ya en el umbral, de un extraño confort, casi que de paz.

Desistí de moverme y observé lo que pensaba eran mis últimas fotografías: una pareja de extranjeros viendo atónitos en dirección mía, mi amiga gritando por ayuda, un perro entrando y saliendo del agua, la hilera de rocas cubiertas de lama, troncos sobresaliendo de la playa que brillaba apenas por el crepúsculo. Los sonidos se formulaban huecos, como ecos lejanos o como un lento compás saliendo de una grabadora vieja. Todo eso formó una película que revisito, más que con terror, con cierto cariño.  

Nuestros cuerpos se convierten en cruces que brotan del suelo. En mi caso no hubo suelo, sino una fosa oceánica, abierta, fría y oscura, invitándome a redescubrir el amor desde la soledad. Desde la distancia corpórea entre mi ser y otros seres que se me hacían cada vez más lejanos, cada vez más extraños.  

La única verdad hecha agua.

Realicé que mis brazos eran remos rotos, que mi masa corporal es absurdamente menor a la del océano y que entonces podía flotar. Eso reactivó algunos mecanismos. El torso de la chica a la que intentábamos salvar también flotó y entonces alcancé a decirle algunas palabras, no recuerdo cuáles, supongo que alguna clase de aliento o de esperanza que fue motor para que ambos empezáramos a mover los pies mientras flotábamos de espaldas.  

A ese punto, me tragó una ola voraz. Entré en un remolino violento lleno de espectros verdosos jalándome y estrujándome. Y pude sentir cómo mis vértebras se quebraban y volvían a su sitio como resortes. Luego el segundo round. Fui eyectado como un corcho sin tener poder de decisión sobre nada. Un corcho poroso a la deriva.

Un segundo remolino me hizo tocar tierra. Salí a rastras, humanoide jadeante volviendo a casa de sus ancestros, al nido primitivo violado por el ego. Vomité, lo vomité todo, la basura, el miedo, el agua salada, la arena, la culpa, las ganas de morir. Hasta que el cuerpo me quedó vacío.  

Y luego Hugo. Hugo fue salvado.

Estoy claro. Estoy cubriendo con flores mi cuerpo vacío. Estoy generando palabras que me conmueven porque el mar me mostró lo que hay debajo del tapete, ese oscuro y universal silencio en que todas las cosas levitan.



martes, 27 de octubre de 2020

Los niños de Jiquelite

Los niños de Tola son más felices en invierno

Brincan en los charcos

No van a clases

Se bañan en los chorros que bajan por las caídas del zinc

Persiguen grillos

Se anillan gusanos a sus dedos

Montan chanchos, perros y caballos

Asisten a los partos

Recolectan flores

Coleccionan cangrejos en frascos

No distinguen el día de la noche

Observan al río llevarse

camiones y árboles con todo y raíz

y al mar engullir embarcaciones

para luego vomitar los huesos de los pescadores

junto con toda la basura arrojada en el año.

 

Los niños de Tola pintan paisajes bucólicos

en sus botitas de hule

Calientan sus manitos en el fogón

Beben caldo sin refunfuñar

Palmean tortillas junto a sus madres

Usan chaquetas dos tallas más grandes

Llenan de tierra el azul y blanco de septiembre

y juegan el anda en el patio de la iglesia

sin entender por qué todo mundo llora ahí dentro.




sábado, 3 de octubre de 2020

Poesía en versus

 

Ya no quiero. Me rehúso a seguir este ejercicio. La narrativa no pega. La narrativa es una placenta rota. Me resisto a que los caminos se bifurquen en una historia y que las calles se llenen de sobreadjetivaciones banales. Temo ir de corrido. Voy de punto en punto. Mirá. Mirame. Voy de punto en punto hasta la muerte o hasta lo más llano e inhabitado del mundo. El cursor es un ave sin alas, el cursor es un soldado que traiciona. Quiero hablar sobre los puntos. Los puntos para mí son una parada estoica y honorable frente al precipicio, se balancean, hacen malabares, pero no caen. Los puntos son mi zona de confort ante la ortodoxia. Pataleo ansioso frente a la laptop. Tengo el pelo lleno de virutas de lápiz. La mente corta las ideas en tajos. De repente me veo atrapado dentro de un tronco que está inclinado. Al fondo del tronco se divisa la motosierra del leñador. O eso creo haber visto, mientras agarro otro libro de poesía entre mis manos. Esto ya raya en la manía. Voy a la playa con un libro de poesía y una libreta, cruzo la calle a ciegas por leer libros de poesía, rebalso la comida en el plato por estar de pendejo leyendo poesía. Decían que Ulises Lima leía poesía mientras se duchaba, por eso los que lo conocían se quejaban del estado de esos pobres libros. Por eso nadie le prestaba libros a Ulises Lima. Pero eso no me consta, como nada que sea realmente válido en esta vida, o en la siguiente. Construyo versos atroces, horribles, pero soy empecinado. Cuando viajo de Managua a Tola voy fabricando ideas, que se cuelan entre las canciones que escucho, o entre carro y carro o carril y carril hasta donde me da el campo de visión. Pienso en que la poesía es ir cuesta abajo y sin freno y eso me apasiona. Pero todo se reduce a la mala suerte. Pronto abrirán una convocatoria a un concurso de cuentos o de novela. Voy a leer el anuncio en facebook y me voy a emocionar. Voy a estar atento a que publiquen las bases y al leerlas días después me voy a sentir bastante imbécil por no poder llegar al mínimo requerido de cuartillas, o por llegar a las completas, juntando toda mi producción entre uno que otro chispazo de luz, rodeado de una niebla espesa de cuentos flojos, de historias malas. El poeta es un pedazo de trapo flotando en el aire. Está tan desolado como los escombros tras un terremoto. Es palmado y huele mal. No tiene amigos. Presta y no paga, pero tampoco –razón extraña- nadie se atreve a cobrarle. El poeta colecciona botellas vacías a las que les quita las etiquetas. Es neurótico y anda con los calcetines nones. Es un inadaptado. La gente lo ve puteando a la nada, pero él alude a sus demonios. El poeta guarda un relicario en cuyo interior anidan todas las lágrimas que ha echado desde que escribió su primer verso.


(*) En la fotografía, la obra Pensamientos, de Denis Núñez

miércoles, 19 de agosto de 2020

Preciso ser mártir para todas mis capas

 Hay una fuga perenne en mi cuerpo/ un crepitar compás de a tiempos precisos/ radicados en mis chasquidos/ que son los últimos rastros de comunicación con mis huesos

Hay listas con apellidos en mis brazos/están ahí, tatuados como lápidas/ alguien los puso mientras dormía/ los propietarios de esos apellidos se comunican conmigo/ a través de la tinta que cambia de forma

Hay una carpeta con fotos de rostros en mi pc/ son miles de ellos/ alguien los recopiló para mí/ en mis sueños los cuelgo sobre ramas y los contemplo/ ellos en lo alto viendo hacia la nada/ yo, enjugados los ojos de lágrimas/ yo, entornando los ojos para describirme a mí mismo sus rasgos/ retrato mental licuadora

El patio está tapizado de hojas volteadas/ anidan gotas que permanecen en su forma íntegra/ atrapadas en la intemporalidad atrapando prismas/ quiebres refractarios multicolores en las comisuras de sus labios de agua/ prisión, fecundo néctar pausado en el rectángulo de ese lienzo clorofila    

 Las voces vienen del fondo del pozo/ los zancudos se reproducen y con ellos las voces/ y las picaduras de los zancudos canalizan esas voces en mis venas/ que explotan/ sí, las venas explotan en mi boca como un babel atmosférico ascendente/ que cubre todo, no de sangre sino de vocablos perdidos en la profundidad de la selva

Y estoy demarcando una frontera en mi cama/ porque la fuga no cesa/ no para de manar fiebre contagiosa de extravío que cala/ mis entrañas, que son pétalos rotos/ veneno instantáneo para las pieles que mudo/ y me extiendo, aquí mismo/ frente a la piedra altar en la que me sacrifico.

preciso ser mártir para todas mis cortezas     

(*) en la imagen, obra Días de silencio, por Oliver Otero

viernes, 14 de agosto de 2020

Mefi, el gris

Tu pelaje carbón-ceniza

hace juego con tu lengua rosa

Me despierto y estás a mi lado

es de noche, y contemplo

cómo cerras tus ojitos

mientras froto tu frente con un dedo

Tus garritas se ensartan en la almohada

danza de compases

uno-dos-reversa, y así

De pronto, un sueño profundo nos invade

y nos reencontramos en un universo onírico

vos fluoresciendo y yo saltando entre nubes

vos persiguiendo grillos de azúcar

ambos flotando sobre una alfombra persa

Al despertar, me pedís comida con los ojos

frotás tu frente en mi mano

¡tengo hambre, humano!

Nos levantamos a desayunar

tu panzota ya no da a más

la reposás sobre el piso

y conectás con el tremor perpetuo de la tierra

Me acompañás a hacer jardín

y le susurrás coplas a los capullos

para que abran sus pétalos

Mefigatito

pelotita de amor incondicional

ánima pura ronroneando

Te cobijo y nos dormimos de nuevo.


martes, 4 de agosto de 2020

Xochitónal

Aquí yace la máscara

su brillo se ufana de ser perpetuo

pero se descascara

con las pocas lluvias de la canícula.

Lágrima serpiente

mudando

                        la piel

                                    que se viste de humo

Rama solitaria

de la que penden las últimas gotas de hiel

las notas borradas

y los susurros

atrapados en las curvas de las hojas.

 

La capa está húmeda y despojada de toda metáfora.

la lengua torrente

mana

alhajas preciosas de clorofila profunda

y ser ave y rayo

y humanidad vacía, postrada sobre el césped

 también se vale.

Como también se vale ser estambre

polinizador de ojos

y cantos de colibríes.

 

Los colores veneran la exuberancia

y viceversa

            la podredumbre se regenera

                        en ese cofre-alma palpitante.    

Las hormigas entierran cajones vacíos

para reposo de todas las voces internas.

 

Aquí revientan los tallos que son venas

aquí el ciprés copuló con la palma

aquí los espejos rotos se hacen polvo.  

 

Antes de penetrar el subsuelo

mariposa de jade

revolotea

hasta que

el nuevo rostro emerja

de entre los pétalos mustios

de entre este infierno florido.




(*) Documentación en 5 días de máscara con flora en descomposición, por Stephania Arce

jueves, 18 de junio de 2020

El anhelo de las diosas es encontrar la muerte


We are stars now
In the dope show
Marylin Manson


Sólo los ojos
pares de ojos  
unidos unos a otros, sin pestañear
El bellísimo temor de no romperme los huesos
la extática imagen de la sangre cubriendo el tabloncillo
Gerardo Arana en primera fila escribiendo Meth Z
Iluminado apenas por un candil
que también proyecta a mi abuela sonriente
orgullosa de mí, cubierta con su chal andino.
Brujitas y siemprevivas brotando tras la lluvia
el olor a tibio recién hecho
unas manos artríticas sosteniendo la taza.
Los primeros rayos de luz de la mañana anterior
mientras a tientas buscaba mi calzón
mientras D se daba la última ñateada
y sus gatos peleaban sobre la mesa.
Todos mis vestidos agujereados por quemaduras de cigarros
todas mis voces siendo apagadas
por D, por la lluvia, por el colapso del sistema.
Los recuerdos son pequeñas dosis de muerte
mi padre llevándome a mi primer ensayo
un río espumoso
rótulos de Eskimo
payasos despintados en un semáforo
la distorsión de una guitarra eléctrica saliendo del cuarto de al fondo
Me administro la muerte a microdosis
me asomo al borde  
estoy presa en una pecera de aguas oscuras 
soy un escenario acuoso
mi corazón es repartido tras bastidores
me gustaría mostrarles cómo
pero debo estar aquí y entretener
a los conductores que llevan guantes de látex
a las estatuas doradas y a los trabajadores del INSS
que no pagaron y vinieron a desgano.
¿Cuántos buitres pueden circundar un cadáver?
mi esqueleto es clasificado en bolsas transparentes
por forenses que mandan versos a las enterradoras
para luego juntarse a danzar boleros febriles
y a leer poesía diabólica en los cementerios.
Llevo navajas atadas a mis pies
pero estoy tan lejos que no puedo cortar a nadie
y tan hastiada de todos, que ya nadie puede hacerme nada
Mi refugio está hecho de oscuridad
soy el show hecho carne
soy quien maneja las tramoyas
y quien rompe el cerco para emerger entre ustedes
y observarme a través de sus ojos.


                                                    (*) Foto por Stephania Arce

jueves, 21 de mayo de 2020

Acoi Penefi


Nunca he dicho que dejaré de renegar de esta ciudad mini-falda que jamás debió ser
ni que no escupiría sobre sus arterias maltrechas, junturas de adoquines amalgamados con sangre y arena
ominosos meandros de polvo que reposa sobre la capa de basura que es nido de miserables cuentacuentos y saltimbanquis

Nunca he negado que en algún momento vomitaré sobre los grumos de grama maní plantados en los bulevares de Carretera a Masaya
mientras una pareja de monaguillos me observará pero no a mí sino a su propio reflejo de ángeles haciéndose sexo oral en un altar luminoso
mientras los niños en la acera opuesta se aprestarán a amontonar sus exiguas humanidades frente a un vaso de pega/ caliz que en algún otro momento ha nutrido al más reciente de los bebés de una familia de clase media de Los Robles, quien irá a natación y estudiará sociología, mercadeo o diseño en la UCA, quien viajará en Aventón y comprará sus calzoncillos en Pull & Bear y se quejará de la mesada que el codo de su papá le dará.  

Mientras tanto caen las primeras lluvias de mayo, y La Deibid reposa entubado en una camilla del Manolo Morales. A la par suya, dos enfermeras intentan sellar el abdomen de Maiquel, su exterminador fallido, a quien no le cesa de manar petróleo tibio de la herida.

Batalla de flores y chuzos entre los callejones del Dimitrov. Tope de pedreros danzantes, lisiados de guerra y eunucos. Hordas de calaveras subiendo desde los alrededores de la Hormiga de Oro. Tropas de zombis chirizos sacando rimas en escaliche, llevando del brazo a una edecán que porta un estandarte y a un escribano que anota las erratas para luego publicarlas en el semanario del oprobio.  

Del otro lado de la city, los chavalos se la han pasado en farra bebiendo aguardiente adulterado en los campos de fútbol de la UNAN. De ahí ha surgido un nuevo líder, uno que en la ceguera provocada por el metanol no sabrá distinguir entre partidarios y contrincantes e impartirá pan y circo por igual a los citadinos.

El santo ha salido a bailar antes de tiempo y ha regresado desfigurado. Sus restos de yeso están cubiertos de contil y lleva un dedo metido en el culo. El dueño del dedo es el mismo sacrílego que le baila y el mismo devoto que baja de rodillas desde las Sierritas hasta sumergirse en la baba cenagosa de Tiscapa, en cuyo anfiteatro ruinoso las ninfas del conservatorio tocan el arpa so pena de muerte. Alguien les ha prometido la eternidad o el cielo. Por su parte, el santo se ha metido en un manjol a descansar y a juntar sus pedazos, intenta infructuosamente encenderse una colilla húmeda mientras recita de memoria a Manolo Cuadra.

Una brisa ácida apacigua los ánimos de los visitantes al malecón. En el ambiente hay zancudos, sonido de cumbia, olor a fritura y a podredumbre. En la plaza hay una exposición de fotos en blanco y negro: 1) varios cadáveres bocabajo en la Cuesta de Plomo; 2) un señor de pelo engominado y lentes de pasta dura saluda a la nada mientras va montado sobre un convertible; 3) desfile de palillonas frente a una tribuna llena de tipos trajeados, a uno de los extremos hay una pareja de meseros haciendo equilibrio con sus bandejas colmadas de vasos; 4) una estatua ecuestre. El caballo está solo y relincha con sus patas delanteras en el aire; 4) un chinegro pepenando algo en una montaña de basura; 5) una gigantona solitaria en alguna esquina; 6) la misma gigantona junto a un enano cabezón al que unos niños le guiñan las ropas; 7) vista aérea del Hotel Intercontinental, el Campo de Marte y Tiscapa; 8) un carretonero de Ben-Hur cruzando la línea meta.

Las parejas acuden a la plataforma para montarse al disco-boat que es como una versión tropical-psicodélica de aguas estancadas del Titanic. Todas las noches se hunde y sale justo en frente de la Isla del Amor.   

En la plaza del kilómetro 0 hay un asta portentosa y tan vacía como la patria anhelada. Está el frontispicio de un palacio neoclásico saqueado por los paladines de la libertad, y están también los esqueletos negros de una catedral cuyos pasadizos subterráneos conducen a la guarida de Quetzalcóatl. Al noroeste, la estatua de un Darío observando al horizonte y, detrás suyo, un ángel (quizá una de las ninfas andróginas de Tiscapa, que ascendió a los cielos después de la canonización apócrifa y express que le hizo el arzobispo para que fuera acompañar al bardo). Hay guardas de seguridad cada 10 metros; y putas imaginarias cogiendo con conscriptos imaginarios; y mariachis imaginarios; y lavanderas imaginarias empeñadas en buscar las piedras lisas y enormes de la ribera para lavar ropa ajena; y patinadores y cleteros imaginarios sacando trucos en los bordes de los muros; y jugadores de ajedrez imaginarios; y damnificados imaginarios de la imaginaria crecida del lago; y una marcha imaginaria del 6% que termina a balazos; y un desfile hípico imaginario que termina a balazos; y un concierto imaginario de música testimonial que termina a balazos; y un 19 de julio imaginario que termina a balazos. Y los balazos –fuera de todo lirismo- son reales.

Un taxero se orilla en algún punto de la Norte. La chatarra echa humo, su frente sudor helado. Al costado hay un predio baldío cercado con alambre de púas. De pronto unos pasos, destellos, hojas filosas jugando equis cero en su piel. Epílogo: una pasajera encinta sufre contracciones.  

Una chica sale de clases. Son las 6:30 pm. Decide esperar a que sean las 7 sentada en una banca frente a la facultad. A esa hora los buses ya no van tan llenos, se dice. Quisiera una moto, se dice. A las 7 camina a la parada, el trayecto no excede los 200 metros, pero es oscuro y solitario a esa hora. Recibe toda clase de figuras verbales de los tipos a los que no ve sus rostros, -quizá por miedo, quizá por asco o por ambas-, uno de ellos la hala del brazo, ella se suelta y sigue el camino con determinación. El bus llega y va a tope, se la piensa, pero ya quiere llegar a su casa. Se apretuja entre el montón de gente. Es observada, es aludida, empujada y manoseada. Las piernas le tiemblan al bajar. Otras 3 cuadras de distancia. Escucha un tzz tzz a su lado y apenas vislumbra a las sombras que se acercan. Corre. Un golpe en su cabeza la detiene. Lo último que logra ver es un tipo con piel de reptil agazapado frente a ella.              

El microbús de la móvil de Canal X se desplaza raudo por la Portezuelo. Hay una riña entre vendedores ambulantes. Al llegar al punto, el reportero salta por la puerta del pasajero y al ver que no hay noticia, decide fabricarla azuzando a los vendedores al punto de declararse el segundo round. El camarógrafo no dice nada, sólo manipula con destreza la cámara mientras masca el chicle de la victoria.

En lo personal, tengo claro que mientras viva en Managua nunca podré decir que no a una tertulia esquinera junto a los vecinos, ni a la sensación placentera de hablar de cualquier paja o simplemente de hacerme el sordo y escoger el mejor sitio para apoyarme sobre el busto rojinegro de quienquieraquesea mártir en serie de esta ciudad telúrica y decadente; o perder la vista en algún punto brillante esperando que en ese preciso momento un terremoto o un lago de lava nos trague.

Esta ciudad se va a paralizar, a anegarse en mierda o a extinguirse. Sólo nos queda buscar un soundtrack apropiado para la ocasión.


                                * imagen tomada de internet por Alvaro Cantillano

jueves, 14 de mayo de 2020

Reloj de pared


Todo, las estatuas, las maceteras, los gatos, las plantas, los tallos que salen de esas plantas, sus hojas y sus flores y los pétalos que componen dichas flores… todo es puro gris ante mis ojos. Fumo el medio churro que M ha dejado en el cenicero hace ya seis meses, lo sorbo con placentero dolor, intentando aletargarlo…

Es el único objeto que conservo de ella –pienso-
estoy ensortijando este vacío entre mis dedos –pienso-
soy el vacío que he construido para mí y que ahora me consume –pienso-
té de arena, cal y azufre en la estufa, para alivianar mis entrañas –existo, apenas existo-

Salgo a la sala a encender el altar. La expresión bucal de una máscara de jade es de espanto, o al menos eso denota, como si su expresión emulara el espanto de un indio huyendo en algún punto inhóspito de la selva lacandona, no huyendo de nadie en específico sino de sus propios demonios. Enciendo varias velas. Me lleno las yemas de los dedos de espelma que me unto en la cara. Soy una máscara de mí mismo, una máscara quebrada, como ese indio que huye despavorido de sus propios miedos, de su propia existencia al borde del peldaño más alto de la pirámide tropical. Estamos unidos de forma equidistante e irremediable en el espacio-tiempo, él y yo somos esa máscara que otro –otro que ya no soy yo- compró alguna vez como souvenir en las afueras de Teotihuacán.

La hora es indescifrable. No es ni de día ni de noche, el tiempo también es gris, el clima está en estado de sitio, como si sobre el tejado se postrara una barrera nubosa que no se materializa más que en esa masa grisácea que lo cubre todo allá afuera. Hay 3 relojes de pared a lo largo de la casa. Ninguno de ellos funciona. Los segunderos se mueven hacia atrás y hacia adelante, como si temblaran vencidos ante el tiempo que alguna vez pretendieron leer o alcanzar. Los gatos saltan de un lado a otro. Tienen hambre. No están de humor y se pelean en el piso, dejan bolas de pelo. No tengo comida para ellos ni para mí. Sólo latas de cerveza y botellas de conserva. En la despensa hay una mezcla de viejos polvos, de hojas vencidas, de papas de las que han brotado raíces. No tengo hambre. Los gatitos pueden comerse entre ellos. El color de este sitio está bajo llave.

Reproduzco una armónica melancólica y subterránea en mi celular. El espejo proyecta una figura antropomorfa pero incierta, algo así como un espectro. Me meto a la ducha para sacarme la tierra de encima. Mis recuerdos se doblan como brazos que sostienen mangos poderosos y a punto de caer. Mis dientes saben a hierro. Escupo cemento y trozos de carne. Mi desnudez temblorosa se proyecta, mis manos no son manos sino ramas que cargan frutos pesados de carne. Los gatitos se acercan a olerlos, pero no les apetece. Se deciden por lamerse entre ellos y echarse sobre la cerámica húmeda.

Piedra hecha de grietas
poros espinas moldeadas por el cincel oxidado
Las grietas responden a la raíz del tiempo
que se ha detenido ante la tumba
cubriéndolo todo
la selva, los cantos, las espaldas de los obreros y de los manifestantes, las calvicies de los burócratas, la acritud de los políticos
la xenofobia, el machismo arraigado
y las cláusulas leoninas de los préstamos bancarios
las sotanas de los sacerdotes pedófilos y de las sores, vecinas y encubridoras
las burbujas en la bañera, las manos entrelazándose al punto del orgasmo
las sequías y las tolvaneras. Los surcos hechos llagas por décadas de monocultivo
mi llanto, el tuyo y el nuestro, corriendo a toda velocidad por una cañería de pevecé
instalada por un albañil al que le temblaban las manos.  

Salgo a la terraza, así, desnudo y mojado. Me encaramo sobre la hamaca. Salto hasta engancharme al techo con mis ramas, me sacudo, gruño, juego equilibrio con mis dedos. El quinteto de gatos me ve con extrañeza. Me poso ante ellos, quiero quebrar el piso con mis pisadas, enterrarme y resurgir en otra cosa más plácida y menos nociva para este mundo. Junto mis manos y doy un salto mortal. El último de los alientos. Soy una bestia, una gárgola a punto de petrificarse por siglos, para ya no hacer daño. 

     
       Imagen: El chaman de la selva, por Enar Cruz

miércoles, 22 de abril de 2020

de muertos y un loco – de un loco y los muertos


Fonemas, prosemas, poemas, esquemas, enemas
nos hacemos los locos de nuestras propias entrañas
Marañas enredando pensamientos y al polvo
como telarañas trepadoras gigantes
portando la ponzoña de la araña que devino en néctar
e infecta la pared de flores naranjas
las que vi en El Crucero
                                        entre el frío y la bruma
acababan de enterrar a alguien
en una de las esquinas opuestas a mi calle.
Yo hacía el pan de noche
hacía el pan y el café para las plañideras
que ahí estaban sentadas en las sillas de plástico
todas rencas, todas desdentadas, todas en pena pagada.
El humo de la hornilla me calentaba
llevaba un grueso suéter que aún olía a ella
portaba sus calzones, los que habíamos intercambiado
la última de las veces que estuvimos juntos
realmente juntos, ¿me entendés?
El viento dispara afónico hacia el vacío
aquí no hay luces. Ya lo dije. Aquí todo se pierde entre las brumas
triste imperio del desconsuelo mientras la silla de la matriarca
hace chirrín-chirrín
          y ella se opone a irse a dormir
porque sabe que el ánima de su crío saldrá pronto de ese cofre-ataúd
¡qué tercer día ni que ocho cuartos!
saldrá pronto
y ahí habrán pesquisas y cuestionarios
y el tufo invasivo de los peritos
y las sirenas haciendo uiu-uiu, reflejándose en el espejo de bordes neoclásicos.
Clásico es el tapi de los vecinos
medido al ojo y servido en sendas tazas de café.
Los niños, los pequeños nenes ateridos de frío
váyanse a acostar ya, pero no hacen caso cómo son de fisgones.
Ahí en la sala se elevan las penas y los llantos en sostenido
nadie cruza miradas, hay diálogo en los llantos y con eso basta
entonces alguien se anima a rasgar la guitarra
que de tan tostada se agrieta
pero qué fiel y agraciada que suena
qué rico resuena y rebota en las paredes
despierta alientos de fuego
          luego, la enésima tanda de café
los niños ya se escaparon del fuero común
y ahora juegan a los fantasmitas en el patio
sin percatarse que los espectros van organizándose en fila india
jalando parejo, huestes sin trono ni mando
sólo porque sí
dispuestos al sudor de las carnes, los hedores, el miedo pueril
y todas esas cosas que de tan humanas se añoran.
¡Viva la vida!
Y ahora, interrupción, alguien ha vomitado sobre la púrpura alfombra   
es que ese café vino adulterado desde la cocina
tuvo que ser el don que lo preparó
se sirvió un poquito según sus cuentas
pero al roco le tiembla la mano.
Hermano, no chirrees
no forcés los goznes de la paciencia
que ésta casa está llena de muertos y un loco
de un muerto y los locos
todos saliendo, otra vez en fila india
cargando un féretro de caoba al despuntar el alba.




viernes, 10 de abril de 2020

SS - COVID - 20


Fotos brillantes, en sepia, acuosas, desenfocadas, fotos sublimes reveladas en polaroid. Cortadas asimétricamente. Hechas tuquitos. Freídas en una sartén a la intemperie y cuyas cenizas se esparcen entre el viento negro que se cuela en los extrarradios de la ciudad.

Cualquiera. El cocinero es un ciudadano cualquiera que viste una chaqueta de corduroy, unos shorts luyidos y unos tenis desiguales. Lleva puesta una mascarilla marca 3M y en su frente se distingue un estíquer con un unicornio rosa. Las fotos se las ha sacado del bolsillo y ha fraguado la operación, ahí, ante la presencia de nada más que las bolsas rotas que danzan por el aire hasta encontrar una malla oxidada a la cual aferrarse. Llora y moquea mientras les echa un último vistazo. De su pecho desnudo pende una piedra que alguien le dijo que es el resto de un asteroide y él se aferra tanto a esa idea como la piedra al enjambre de alambre de alpaca a la que está sujeta.

Anoche una banda de crueles lo conminaron a salir de su casa. Anoche el cocinero se decía a sí mismo que ya no podía más con el desconsuelo que llevaba enquistado. Entraron por la puertecita de metal que da al zaguán. Rompieron la cerradura. Eran 3, uno de ellos fachenteó su pistola. Bastaba más. Minutos atrás el cocinero repetía su acto de llorar mientras veía las fotos, o la pantalla quebrada de su celular, o el agua bullendo en una olla que no contenía más que agua bullendo, o a través de las persianas – un matorral y tras de éste, un descampado pintado de ámbar por las luminarias - ergo, un paisaje desolador a todas luces.

El misterio de lo que buscaban esos tipos ya quedó atrás. Definitivamente no a él. Pusieron todo patas arriba y en el acto él tuvo la presteza de meterse las fotos en el bolsillo de la chaqueta de corduroy que le había regalado su chica 2 años atrás. El tercero de los bárbaros le apuntó con la pistola para despedirse. El que iba delante de éste se volteó bajo el marco de la puerta y se quedó ahí parado mientras encendía un cigarro. Hubo un diálogo ininteligible entre éste y el primero, que estaba ya en el zaguán. El que fumaba le dijo, casi en tono de petición, que se arrodillara. El cocinero obedeció casi que por aburrimiento. Luego el pistolero lo lanzó bocabajo con brusquedad.

Viernes santo. Procesión de santo sepulcro en el barrio. Los bárbaros salieron por donde entraron. Uno se detuvo a unos metros a mear al pie de un mustio sardinillo empotrado a una jardinera. Modo nada peculiar de marcar terreno. La procesión no iba tan nutrida como de costumbre. Máxime unas 40 personas. El sacerdote despuntando el acto, 6 monaguillos cargando el féretro ataviado con flores de buganvilia; dentro, el cristo moreno envuelto en pañales, gotas tímidas de sangre recorriendo la corona de espinas hasta caer en el almohadón blanco de terciopelo, manchándolo irreparablemente. Y un puñado de feligreses a una prudente distancia de coronavirus. Todos portando mascarillas. Algunos usando guantes.

El cocinero intentó escribir en su cuaderno, pero le temblaba mucho la mano. Intentó cenar, pero el olor a comida le generó nauseas. Intentó leer cartas viejas. Intentó escribirle a su chica, pero en la pantalla aparecía que se había conectado la mañana anterior. Inútil. Nada. Se echó a llorar. El único acto que por tan patético y repulsivo que pareciese, se le daba natural. Se quedó dormido en el piso de la sala. Soñó con un paisaje árido y yermo, y con una flor verde en medio de la nada.

A la mañana siguiente se despertó cuando al estrechar su brazo, sintió que a la par suya en vez de piel había despojos. Sábado de Gloria. Se preguntó por qué no lo habían matado ahí mismo, en el acto. Al final y sí puede que lo anduvieran buscando a él, sólo no era su noche para morir. Resolvió que había cosas más esenciales que caer abatido a manos de 3 brutos. Buscó la chaqueta para desenfundar las fotos y contemplarlas por enésima vez, como si cada vez fuese la última. Resolvió en que debía irse de ahí cuanto antes. Dejó abierta la llave de la estufa.

Deambular errático. Avenidas que se convierten en calles, luego en andenes que vuelven a ensancharse para dar forma a caminos polvosos y malolientes & reprís que salta a un laberinto de cauces hasta dar a parar al lago donde todas las cosas tristes del mundo toman forma.

La ocupación del cocinero no es realmente ser cocinero. Es más bien un azar de apodos. Lo llamaremos Franco, - porque quizá en algún momento se llamó así, quizá ese nombre aparece escrito a máquina en un acta amarillenta chancomida por la polilla en el registro civil de algún municipio tragado por el mapa - junto a algún apellido rimbombante y decimonónico. Lleva en su frente un estíquer con un unicornio rosa. Su presente: dominado por la incertidumbre. Su pasado: una amalgama de recuerdos descascarados por la erosión, sólo el de ella permaneciendo férreo, incólume.

El contexto lo ha hecho perder el apetito. De todas formas la calle no ofrece más que sobras mosqueadas. Ahora está largo de casa. No tiene amigos a quienes acudir. Su familia debe estarse sacando la resaca de la procesión de anoche. Ella… Él tiene vedado el paso.

Nota mental:  

He conocido el silencio de las estrellas y del mar
y el silencio de la ciudad cuando pausa
y el silencio de un hombre y una mujer
y el silencio del enfermo
cuando sus ojos vagan por el cuarto.
Y pregunto: ¿para qué profundos usos
sirve el lenguaje?
Una bestia del campo se queja un poco
cuando la muerte se lleva a su cachorrillo.
Y nosotros nos quedamos sin voz en presencia de
                                             [las realidades.
Nosotros no podemos hablar.

Eso no lo escribió él sino Edgar Lee Masters, traducido por Salvador Novo y citado a su vez por Julián Herbert en su obra La casa del dolor ajeno. El gran Herbert, a quien estrechó la mano tras un conversatorio en la embajada de México en Managua de la misma forma en que él le estrechó una pala de coca en el baño de alguna mansión de Guadalajara en la que celebraban el after de la Feria del Libro. Vaya a saber por qué recuerda esos versos de memoria. 

Fotos con manchas en los bordes. Fotos con sombras tras las sombras. Fotos de monocromáticos relieves. Fotos reveladas entre besos y caricias que ya no son. Noticias: 1.5 millones de personas contagiadas por el virus. +94,000 muertes. 190 países con casos activos. Donald Trump ha ordenado a la 3M –la mayor fabricante de mascarillas del mundo- que abastezca y re-abastezca la demanda interna, dejando al resto del mundo desabastecido de mascarillas. 

Cualquiera. Es un sábado cualquiera. Hace 37°C bajo un sol abrasivo. Nicaragua es un paraíso distópico que mitiga el virus con abrazos. El cocinero (no podemos llamarlo por otro nombre hasta no poder corroborarlo) ahora es un indocumentado cualquiera. Ain´t no sunshine[1] resuena en su cabeza. Réquiem para un grande que ha partido. Se recuesta a un poste para resoplar y decide iniciar el acto de las fotos para ya acallar las voces en su cabeza
tbc…     
   



Imagen: Obra Ecce Homo, de Philipp Anaskin. Más sobre el artista en https://galeriaranchosantana.com/artist-bio/philipp-anaskin/