domingo, 30 de marzo de 2014

UNEN: DEFENSORES DE UNA LUCHA LEGÍTIMA O UNA ESCUELA DE CUADROS


¡Hay dos estudiantes muertos, se ha confirmado la muerte de dos estudiantes! decía el reportero de televisión a la vez que la cámara hacía un acercamiento a un grupo de gente que iba cargando a un cuerpo que asomaba apenas sus brazos extendidos entre el tumulto. Luego la cámara se enfocaba de nuevo en el reportero de frente sudada para seguir su dedo índice que apuntaba hacia el otro lado de la calle, desde donde unos tipos uniformados con camisa azul celeste disparaban en dirección sur. Porfirio y Jerónimo habían caído ese día. Yo tenía 8 años y sus nombres no significaban nada para mí, pero no dejaba de parecerme emocionante estar viendo esa batalla campal en vivo desde el televisor de la sala, junto a unos cinco chavalos más, todos mucho mayores que yo, amigos de mis tíos que se reunían habitualmente a ver un partido de fútbol o un concierto o a jugar Nintendo durante horas. Para todos aquello era un espectáculo más, en esos tiempos eran comunes los ataques de grupos armados en el monte y en la ciudad las trifulcas entre policías y estudiantes o policías y transportistas o policías y campesinos o policías y obreros. El acuerdo de Sapoá se había firmado siete años atrás pero los rencores y los conflictos persistían. La sociedad nicaragüense sufría de serios traumas de postguerra, la gente vivía en constante ebullición, el antagonismo político era brutal, había mucho loco tirando balas por ahí, el clima era convulso. Eran los 90s, una década en la que los pleitos eran tan comunes como los apagones y la gente tenía que salir a morir para ser escuchada por las autoridades, aunque ya fuese muy tarde.

Por el momento aquello que estábamos viendo no era diferente a cualquier otro bonche televisado, hasta que escuché que uno de mis tíos comentó a sus amigos que mi mama andaba ahí. En ese momento la espalda me empezó a sudar, sudor frío de nervios. Empujé mis piernas cruzadas hacia adelante para acercarme más al televisor, con la esperanza de ver a mi mama por ahí, en alguna esquina de la pantalla o asomando su cabeza por algún lado, dejándose ver para que yo supiera de que estaba bien… pero no pasó. Llegó la noche y no sabía nada de ella, los noticieros hacían los recuentos de los heridos, de los vecinos afectados con las lacrimógenas y las piedras, de los adoquines arrancados y de los dos muertos. Los camisetas blancas con letras rojas del CENIDH intercedían entre las masas. La policía permanecía en el lugar, acordonando un perímetro que iba desde el costado sur de la Asamblea Nacional hasta el edificio Petronic.

La mayoría de los policías estaban fuera de forma y lucían muy agotados. En aquel momento la unidad antimotín no había adquirido los trajes estilo robocop ni todo el avituallamiento que ahora conocemos, salían a la calle movilizados en camiones IFA, con alguno que otro casco, pañoletas húmedas en vez de máscaras antigás, escudos asignados a razón de a uno por cada cinco oficiales, amansa-bolos, balines, bombas lacrimógenas y, eso sí, pistolas que no dudaron en usar cuando se sintieron indefensos y desesperados. Esa noche mi mama no llegó, recibimos una llamada como a las diez de la noche, estaba bien. Esa fue la primera vez que lloré temiendo por ella.

Con el tiempo me acostumbré a vivir el régimen de pánico y zozobra que ella me imponía, -pensaba yo-, por su irresponsabilidad. Cada vez que oía en la radio o veía en la televisión el desarrollo de las batallas por el 6% yo sabía que ella estaba ahí, entonces me paralizaba, dejaba de hacer lo que estaba haciendo y me enfocaba en consumir noticias como un adicto, esperando lo mismo, su cara en alguna parte de la pantalla, su nombre en la lista de presos, heridos o muertos. Ella tenía unos 24 años para ese tiempo, era estudiante de ecología pero no le interesaban demasiado sus estudios, y de una u otra manera se convirtió en dirigente estudiantil. Era algo que disfrutaba hacer, porque se sentía útil haciéndolo, teniendo responsabilidades y capacidad de gestión a su cargo, siendo reconocida y respetada por la comunidad estudiantil, ayudando, consiguiendo becas, exenciones, comida, ropa, guaro, morteros, lanzamorteros, para los chavalos del 6%, los de las universidades públicas, que venían desde todos los rincones del país para estudiar o pretender estudiar, chavalos que vivían hacinados en las casitas para estudiantes de la UNAN en la Miguel Bonilla o en algún cuartucho de los barrios marginales de Managua, que tal vez sólo hacían un tiempo de comida y tenían tres mudadas de ropa. Todo eso para ella, que nunca había perecido ni por comida ni por ropa ni había vivido en modo alguno las dificultades que atravesaban esos chavalos, fue como un baño de gracia. Era algo así como la albacea de los estudiantes, y pasó a ocupar un puesto de relevancia en la Unión Nacional de Estudiantes (UNEN). Estaba tan comprometida con la causa que hasta llevaba a grupos de chavalos a la casa, a que se asearan, comieran, reforzaran energías y tomaran guaro, mucho guaro, porque las manifestaciones y la lucha en general se desarrollaban en un ambiente carnavalesco.

Una vez la golpearon los policías, la detuvieron un par de veces. A mí no me dejaba de parecer descabellada su posición hacía lo que yo creía era un desafío innecesario al peligro pero creo que ella se sentía plena en aquel momento, es decir, -y para ello me permito ubicarla en el contexto- una cipota que no había experimentado casi nada, acostumbrada a su vida de clase media, a las reuniones con sus amigas teresianas, a las cenas y a los cócteles y a depender de sus padres, de repente se veía dirigiendo a miles de personas que peleaban por algo en común. Es de pensar que le gustaba lo que hacía.

Poco a poco fui conociendo a cada uno de los miembros de la dirigencia de UNEN, a veces llegaban a la casa, a veces ella me llevaba a sus reuniones, kilométricas, aburridísimas y casi siempre infructuosas. Era un ambiente muy extraño para un niño de 8 años y yo no tenía idea de qué hacía ahí. Se decían entre ellos “compañero” y escuchaban música testimonial, siempre andaban con aspecto de trasnochados o de borrachos y parecía que no se bañaban nunca. Al dirigente le decían Cara de guerra, era un indio con cara de bonachón y de aspecto agradable, que siempre recibía mensajes a su beeper. Me acuerdo como funcionaba eso de los beepers: uno llamaba a un número y le decía a la operadora exactamente el mensaje que quería que llegara al aparato y la empresa cargaba a la factura telefónica por cada llamada.

1996 fue un año convulso, hubo protestas todo el tiempo y si no se luchaba por el 6% se apoyaba la lucha de los transportistas, de los campesinos o de cualquier otro grupo que saliera a reclamar algo a las calles. Empecé a guiarme por signos para detectar el peligro: ruido de morteros, desvíos, camionetas de policías a toda velocidad, humo en el ambiente, todo lo que sirviera para darme un indicio de que mi mama estaba en algún lugar peleando contra la policía, aunque francamente creo que no llegó a tirar una sola piedra. Lo peor de todo es que me la imaginé muerta muchas veces, reproducía esas imágenes en distintos escenarios y por distintas causas, era algo inevitable. Una vez me llevó a conocer a Daniel Ortega, aquel tipo que salía en la tele todo el tiempo apretó mi mano y me dijo algo que no oí o no entendí. Para todos esos jóvenes él era el comandante y veían en el Frente al único partido que defendía sus intereses, que cabildeaba por ellos y, también, que financiaba sus protestas. Era común ver a miembros del partido dando discursos a los estudiantes. Mi mama viajó a Cuba, le dio la mano a Fidel, fue a Venezuela y a Panamá representando a UNEN. Después cambiaron la directiva y ella dejó UNEN.

En 1999 hubo otro muerto, un vecino de la Colonia Centroamérica. Parecía que los gobiernos de turno no estaban muy interesados en la educación ni tampoco en hacer bien su trabajo y siempre pugnaban por recortar el presupuesto del 6%. Por otro lado, con el tiempo nos fuimos dando cuenta que lo que el Frente hacía apoyando al estudiantado era una estrategia para fortificar sus bases, y eso lo pude constatar al percatarme que todos los ex compañeros de trabajo de mi mama empezaron a ocupar cargos públicos, todos menos ella, que prefirió autoexcluirse. Su acto no deja de ser romántico y aleccionador: se alejó convencida de que sin lucha no hay un interés legítimo y prefirió salirse a participar del reparto de puestos. La tregua era ahora un silencio conveniente, había ganado el Frente, nadie protestaba porque todos se habían convertido en funcionarios de gobierno y con el tiempo supimos que muchos de los que habían peleado por el reconocimiento de su derecho constitucional fungían ahora como dirigentes de las fuerzas de choque del gobierno sandinista y agentes represores de todo aquel que contrariara públicamente la gestión gubernamental. Creo que muchos de ellos al principio fueron como mi mama y se les fue apagando el espíritu o tal vez todo el tiempo supieron o les dijeron qué tenían que hacer exactamente para estar donde están ahora.

En cuanto a la organización, UNEN pasó a ser un arma en desuso, al ganar el Frente ya no había necesidad de utilizarla como bastión de lucha. Por otro lado, el manejo de los fondos del 6% siempre ha sido un problema y al no existir mecanismos serios de auditoría la gestión del presupuesto queda más o menos al arbitrio de la dirigencia. Incontables han sido los señalamientos de corrupción, yo mismo fui testigo de las irregularidades, los favoritismos y los derroches de la organización cuando estudié en la UNAN. La comunidad estudiantil no ve a UNEN como un órgano que tutela sus derechos sino como una sucursal del partido en el recinto, y en verdad que lo es.

Dicen que las mejores escuelas de prospectos políticos se forjan en la calle y eso tiene lógica si pensás hacer política (en el sentido estricto) de la misma manera en la que te comportás en la calle. Debo ser consistente con este enunciado, no veo problema alguno en que un líder estudiantil pase a ocupar un puesto gubernamental, si este fuese un fenómeno aislado y no una reproducción reiterada y alevosa, como es el caso. Pero en fin, este fenómeno no tiene nada de ajeno a la realidad de cualquier otra sociedad y hay quienes piensan que se debe normalizar el hecho de que los vocales del pueblo pasen a ser los censores del pueblo porque es más dable y práctico pensar en que tenemos a los gobernantes que nos merecemos a emular el pensamiento y la obra de hombres como Mariano Fiallos Gil, Xabier Gorostiaga o, incluso,  mi tío abuelo Miguel Bonilla, docente y dirigente estudiantil asesinado por la Guardia.