domingo, 30 de marzo de 2014

UNEN: DEFENSORES DE UNA LUCHA LEGÍTIMA O UNA ESCUELA DE CUADROS


¡Hay dos estudiantes muertos, se ha confirmado la muerte de dos estudiantes! decía el reportero de televisión a la vez que la cámara hacía un acercamiento a un grupo de gente que iba cargando a un cuerpo que asomaba apenas sus brazos extendidos entre el tumulto. Luego la cámara se enfocaba de nuevo en el reportero de frente sudada para seguir su dedo índice que apuntaba hacia el otro lado de la calle, desde donde unos tipos uniformados con camisa azul celeste disparaban en dirección sur. Porfirio y Jerónimo habían caído ese día. Yo tenía 8 años y sus nombres no significaban nada para mí, pero no dejaba de parecerme emocionante estar viendo esa batalla campal en vivo desde el televisor de la sala, junto a unos cinco chavalos más, todos mucho mayores que yo, amigos de mis tíos que se reunían habitualmente a ver un partido de fútbol o un concierto o a jugar Nintendo durante horas. Para todos aquello era un espectáculo más, en esos tiempos eran comunes los ataques de grupos armados en el monte y en la ciudad las trifulcas entre policías y estudiantes o policías y transportistas o policías y campesinos o policías y obreros. El acuerdo de Sapoá se había firmado siete años atrás pero los rencores y los conflictos persistían. La sociedad nicaragüense sufría de serios traumas de postguerra, la gente vivía en constante ebullición, el antagonismo político era brutal, había mucho loco tirando balas por ahí, el clima era convulso. Eran los 90s, una década en la que los pleitos eran tan comunes como los apagones y la gente tenía que salir a morir para ser escuchada por las autoridades, aunque ya fuese muy tarde.

Por el momento aquello que estábamos viendo no era diferente a cualquier otro bonche televisado, hasta que escuché que uno de mis tíos comentó a sus amigos que mi mama andaba ahí. En ese momento la espalda me empezó a sudar, sudor frío de nervios. Empujé mis piernas cruzadas hacia adelante para acercarme más al televisor, con la esperanza de ver a mi mama por ahí, en alguna esquina de la pantalla o asomando su cabeza por algún lado, dejándose ver para que yo supiera de que estaba bien… pero no pasó. Llegó la noche y no sabía nada de ella, los noticieros hacían los recuentos de los heridos, de los vecinos afectados con las lacrimógenas y las piedras, de los adoquines arrancados y de los dos muertos. Los camisetas blancas con letras rojas del CENIDH intercedían entre las masas. La policía permanecía en el lugar, acordonando un perímetro que iba desde el costado sur de la Asamblea Nacional hasta el edificio Petronic.

La mayoría de los policías estaban fuera de forma y lucían muy agotados. En aquel momento la unidad antimotín no había adquirido los trajes estilo robocop ni todo el avituallamiento que ahora conocemos, salían a la calle movilizados en camiones IFA, con alguno que otro casco, pañoletas húmedas en vez de máscaras antigás, escudos asignados a razón de a uno por cada cinco oficiales, amansa-bolos, balines, bombas lacrimógenas y, eso sí, pistolas que no dudaron en usar cuando se sintieron indefensos y desesperados. Esa noche mi mama no llegó, recibimos una llamada como a las diez de la noche, estaba bien. Esa fue la primera vez que lloré temiendo por ella.

Con el tiempo me acostumbré a vivir el régimen de pánico y zozobra que ella me imponía, -pensaba yo-, por su irresponsabilidad. Cada vez que oía en la radio o veía en la televisión el desarrollo de las batallas por el 6% yo sabía que ella estaba ahí, entonces me paralizaba, dejaba de hacer lo que estaba haciendo y me enfocaba en consumir noticias como un adicto, esperando lo mismo, su cara en alguna parte de la pantalla, su nombre en la lista de presos, heridos o muertos. Ella tenía unos 24 años para ese tiempo, era estudiante de ecología pero no le interesaban demasiado sus estudios, y de una u otra manera se convirtió en dirigente estudiantil. Era algo que disfrutaba hacer, porque se sentía útil haciéndolo, teniendo responsabilidades y capacidad de gestión a su cargo, siendo reconocida y respetada por la comunidad estudiantil, ayudando, consiguiendo becas, exenciones, comida, ropa, guaro, morteros, lanzamorteros, para los chavalos del 6%, los de las universidades públicas, que venían desde todos los rincones del país para estudiar o pretender estudiar, chavalos que vivían hacinados en las casitas para estudiantes de la UNAN en la Miguel Bonilla o en algún cuartucho de los barrios marginales de Managua, que tal vez sólo hacían un tiempo de comida y tenían tres mudadas de ropa. Todo eso para ella, que nunca había perecido ni por comida ni por ropa ni había vivido en modo alguno las dificultades que atravesaban esos chavalos, fue como un baño de gracia. Era algo así como la albacea de los estudiantes, y pasó a ocupar un puesto de relevancia en la Unión Nacional de Estudiantes (UNEN). Estaba tan comprometida con la causa que hasta llevaba a grupos de chavalos a la casa, a que se asearan, comieran, reforzaran energías y tomaran guaro, mucho guaro, porque las manifestaciones y la lucha en general se desarrollaban en un ambiente carnavalesco.

Una vez la golpearon los policías, la detuvieron un par de veces. A mí no me dejaba de parecer descabellada su posición hacía lo que yo creía era un desafío innecesario al peligro pero creo que ella se sentía plena en aquel momento, es decir, -y para ello me permito ubicarla en el contexto- una cipota que no había experimentado casi nada, acostumbrada a su vida de clase media, a las reuniones con sus amigas teresianas, a las cenas y a los cócteles y a depender de sus padres, de repente se veía dirigiendo a miles de personas que peleaban por algo en común. Es de pensar que le gustaba lo que hacía.

Poco a poco fui conociendo a cada uno de los miembros de la dirigencia de UNEN, a veces llegaban a la casa, a veces ella me llevaba a sus reuniones, kilométricas, aburridísimas y casi siempre infructuosas. Era un ambiente muy extraño para un niño de 8 años y yo no tenía idea de qué hacía ahí. Se decían entre ellos “compañero” y escuchaban música testimonial, siempre andaban con aspecto de trasnochados o de borrachos y parecía que no se bañaban nunca. Al dirigente le decían Cara de guerra, era un indio con cara de bonachón y de aspecto agradable, que siempre recibía mensajes a su beeper. Me acuerdo como funcionaba eso de los beepers: uno llamaba a un número y le decía a la operadora exactamente el mensaje que quería que llegara al aparato y la empresa cargaba a la factura telefónica por cada llamada.

1996 fue un año convulso, hubo protestas todo el tiempo y si no se luchaba por el 6% se apoyaba la lucha de los transportistas, de los campesinos o de cualquier otro grupo que saliera a reclamar algo a las calles. Empecé a guiarme por signos para detectar el peligro: ruido de morteros, desvíos, camionetas de policías a toda velocidad, humo en el ambiente, todo lo que sirviera para darme un indicio de que mi mama estaba en algún lugar peleando contra la policía, aunque francamente creo que no llegó a tirar una sola piedra. Lo peor de todo es que me la imaginé muerta muchas veces, reproducía esas imágenes en distintos escenarios y por distintas causas, era algo inevitable. Una vez me llevó a conocer a Daniel Ortega, aquel tipo que salía en la tele todo el tiempo apretó mi mano y me dijo algo que no oí o no entendí. Para todos esos jóvenes él era el comandante y veían en el Frente al único partido que defendía sus intereses, que cabildeaba por ellos y, también, que financiaba sus protestas. Era común ver a miembros del partido dando discursos a los estudiantes. Mi mama viajó a Cuba, le dio la mano a Fidel, fue a Venezuela y a Panamá representando a UNEN. Después cambiaron la directiva y ella dejó UNEN.

En 1999 hubo otro muerto, un vecino de la Colonia Centroamérica. Parecía que los gobiernos de turno no estaban muy interesados en la educación ni tampoco en hacer bien su trabajo y siempre pugnaban por recortar el presupuesto del 6%. Por otro lado, con el tiempo nos fuimos dando cuenta que lo que el Frente hacía apoyando al estudiantado era una estrategia para fortificar sus bases, y eso lo pude constatar al percatarme que todos los ex compañeros de trabajo de mi mama empezaron a ocupar cargos públicos, todos menos ella, que prefirió autoexcluirse. Su acto no deja de ser romántico y aleccionador: se alejó convencida de que sin lucha no hay un interés legítimo y prefirió salirse a participar del reparto de puestos. La tregua era ahora un silencio conveniente, había ganado el Frente, nadie protestaba porque todos se habían convertido en funcionarios de gobierno y con el tiempo supimos que muchos de los que habían peleado por el reconocimiento de su derecho constitucional fungían ahora como dirigentes de las fuerzas de choque del gobierno sandinista y agentes represores de todo aquel que contrariara públicamente la gestión gubernamental. Creo que muchos de ellos al principio fueron como mi mama y se les fue apagando el espíritu o tal vez todo el tiempo supieron o les dijeron qué tenían que hacer exactamente para estar donde están ahora.

En cuanto a la organización, UNEN pasó a ser un arma en desuso, al ganar el Frente ya no había necesidad de utilizarla como bastión de lucha. Por otro lado, el manejo de los fondos del 6% siempre ha sido un problema y al no existir mecanismos serios de auditoría la gestión del presupuesto queda más o menos al arbitrio de la dirigencia. Incontables han sido los señalamientos de corrupción, yo mismo fui testigo de las irregularidades, los favoritismos y los derroches de la organización cuando estudié en la UNAN. La comunidad estudiantil no ve a UNEN como un órgano que tutela sus derechos sino como una sucursal del partido en el recinto, y en verdad que lo es.

Dicen que las mejores escuelas de prospectos políticos se forjan en la calle y eso tiene lógica si pensás hacer política (en el sentido estricto) de la misma manera en la que te comportás en la calle. Debo ser consistente con este enunciado, no veo problema alguno en que un líder estudiantil pase a ocupar un puesto gubernamental, si este fuese un fenómeno aislado y no una reproducción reiterada y alevosa, como es el caso. Pero en fin, este fenómeno no tiene nada de ajeno a la realidad de cualquier otra sociedad y hay quienes piensan que se debe normalizar el hecho de que los vocales del pueblo pasen a ser los censores del pueblo porque es más dable y práctico pensar en que tenemos a los gobernantes que nos merecemos a emular el pensamiento y la obra de hombres como Mariano Fiallos Gil, Xabier Gorostiaga o, incluso,  mi tío abuelo Miguel Bonilla, docente y dirigente estudiantil asesinado por la Guardia.      
  


domingo, 30 de diciembre de 2012

ESE ERA TODO EL ASUNTO


Era una tarde bochornosa de finales de diciembre, habíamos decidido salir de la puta ciudad siguiendo cualquier rumbo, armados con dos botellas de vino que compramos en oferta en un supermercado, una bolsa de chips, una salsa picante y 200 pesos en marihuana. Llegamos al muelle de Masachapa a eso de las 3, había una moto parqueada y una pareja recostada sobre ésta mientras veían el mar. Se me vino una imagen a la mente, una imagen que me recordaba que en algún momento estuve ahí, caminando sobre aquel monstruo de piedra negra que se yergue 5 metros sobre el agua según mis cálculos, y ahí seguía el viejo monstruo pero muy hecho mierda a decir verdad, derrumbado a mitad del camino, con las vigas pudriéndose, con la carne colgando, en el esqueleto. Desolador quizá para quien vive ahí, a mí no me hizo mella del todo, es más, sentí cierto atractivo por el abismo que dejaba la construcción caída, lo que pude constatar después cuando estuve al borde del derrumbe. No sé, dicen que los abismos llaman a la gente a lanzarse, eso debe en cierta forma determinar la cifra de suicidios, es decir, los imbéciles no se matan porque quieren, no como algo premeditado, es más bien fortuito, están quebrados, terminan con sus novias, los echan de sus trabajos, ven el borde del abismo y se lanzan. Como sea. El punto es que estábamos en la playa, nos instalamos en un ranchito cubierto por almendros, había un grupo de lugareños perdidos en guaro, hablando con eses arrastradas y cagándose de risa por cualquier cosa, puse mi guitarra en una silla, me saqué la camisa, pedimos 3 cervezas mientras esperábamos a que el otro grupo llegara. Un viejo me llamó, pidió que llevara mi guitarra, me preguntó ¿es Yamaha? me crucé de brazos, yo pensé que esa era una marca de motos y a decir verdad no tenía ni puta idea de la marca de la guitarra, el viejo empezó a rasgarla que dio miedo con sus dedos de uñas mugrientas y larguísimas, un bolerito, lo cantaba muy ronco y muy alto, los lugareños efervescían al fondo, reían como hienas y yo estaba parado ahí, viendo como ese viejo me pateaba el culo en la guitarra ¿usté que se sabe? toque usté, lo quiero escuchar; le dije que se olvidara del asunto, pienso que generalmente toco para mí como un eufemismo de que toco mal, le dije que tocara lo que quisiera que yo iba por mi cerveza, estuvo bien por unos minutos pero después llegó a apostarse frente a la mesa, sujetó fuertemente la guitarra y tocó, cantando y enseñando sus dientes enchapados. Tocó por años -nos contó- con un grupo de ahí, montaban sus chivos en las bodas y en los quinceaños, tocaban para colarse a las fiestas y tener guaro gratis, uno de ellos murió en el mar hace años y ahí se acabó todo, el resto o están muy ocupados o muy jodidos o muy ebrios como para tocar. Jodió de nuevo con que tocara, le repetí que olvidara el asunto, y se fue. Fue una situación que llevó a otras situaciones, ellos (los lugareños) sintieron cierta falsa confianza con la tocada, como si tenían el permiso para llegar a joder a la mesa y plantarse a hablar mierdas, lo digo porque uno lo hizo, estaba totalmente bolo y apestaba a pescado descompuesto, mi amiga me hizo un guiño inquieto y su novio me quedó viendo con cara de protesta ¿Amigo usté toca algo? le pregunté, a mi mujer, contestó, pues puede ir yéndose mucho a la mierda, le dije. Por alguna extraña razón y contra lo que yo pensé el tipo no riñó, se levantó de la silla, se rascó la cabeza y se fue. Al momento llegaron el resto de nuestros amigos, el que conducía se venía quejando de que la policía los paró más de 3 veces y de lo cerotes y lagartos que son los oficiales, otro traía 2 tablas de surf, también venía Y, una desconocida que a simple vista estaba buena y al verla con mayor detenimiento se ponía mejor, me le presenté yo solo, me preguntó si era mía la guitarra y le toqué un par de coros, los de cajón, los que yo sé que las manos manejan aun con los nervios.

El asunto del vino fue todo un pedo, nadie pensó en un descorchador. Decidí llevar las botellas con el señor del bar, quien mandó a otro a buscar el descorchador en unas cajas enredadas en una trampa de nylon grueso, probó con un tornillo, con un cuchillo, con una tenaza, todos se habían agolpado en torno del viejo este y emitían sus ideas, bastante estúpidas de hecho, sobre como abrir la botella, hasta que un viejo que estaba callado dijo lo mejor: Pelón, te vas a meter a clavos, dale la mierda al chavalo y ahí que vean ellos como hacen, dale la mierda. Aplaudí sus palabras, cogí las botellas y regresé a la mesa. Decidimos hundir los corchos en las botellas, uno estaba astillado de tanta jodedera del viejo del bar pero las astillas de corcho no matan a nadie hasta donde sé. Después el mar. Tenía mucho tiempo de no tocar el mar, estaba calmo, parecía una laguna salada, me sentí feliz y pleno, lejos de cualquier mierda o estupidez volando en mi cabeza, podía morir ahí mismo con todo placer. Alguien más entró con la intención de quedarse a la par pero lo corrí con bolas de arena, nadé mucho, de un lado a otro, sin sentido, atravesé el muelle y la lama asquerosa y divisé a mis amigos haciendo el ridículo con sus tablas de surf.

Al cabo de un rato me sentí seco y decidí salir por una cerveza. Fui a la barra y al regresar me senté a la par de Y, tenían una grabadora con raggae, uno de mis amigos bailaba mientras el humo del churro se perdía entre el viento y las hojas de almendro, un par de botes regresaban aparentemente vacíos. Esta Y hablaba con alguien más mientras me rozaba la pierna, las pláticas iban entre el bacanal, el chisme, la vida en cualquier otro país y la marihuana que fumábamos, que no era lo mejor que se pueda conseguir pero que estaba bien. Entonces me di cuenta de que estaba terriblemente solo y a años luz de mis amigos que no son justamente amigos sino compañías convenientes y ocasionales. Pero en realidad todo aquello valía mucha verga, Y estaba buena y tenía semanas sin coger, hablamos un poco, se empinó una botella de cerveza en menos de 20 segundos y me di cuenta de su triste destreza. Siempre he pensado que una mujer que bebe es una mujer doblemente estúpida, me permito hablar de géneros porque ¡puta! a todo el mundo ahora se le da por hablar de géneros. Pero esto del guaro con las mujeres es una cosa que me parece terriblemente incompatible por el simple hecho de que a un amigo lo dejo en su casa y listo pero no se puede coger con una borracha, no puede uno encomendarle una tarea a una borracha ni despertarse bien con ella, es ridículo. Tuve una novia que bebía mucho, creo que también es cuestión de predeterminación genética, su papa era un viejo chaparro que consumía 5 veces más guaro de lo que su cuerpo permitía; entonces ella empezó y yo lo tuve que terminar antes que se implantara el caos. Mandar a la mierda a una novia borracha es la mejor decisión que uno puede tomar, y para equidad de géneros también lo más sano es mandar a la mierda a tu novio borracho. Pero Y parecía muy bien a pesar de todo, y su pierna estaba más inquieta para mi fortuna. Se pusieron a cantar, a contar chistes de negros y de gallegos, yo siempre fui fatal para los chistes no porque los cuente mal sino porque no tengo retentiva, casi todo se me esfuma. Nos terminamos las 2 botellas de vino y alguien salió con un vodka en la mano, todos a darle. El sol se ahogaba lentamente, mi amiga se cayó de la silla y le echó la culpa al novio, reímos, alguien agarró mi guitarra y empezó a tocar, saqué la armónica para seguirlo pero pronto oí que aquello no iba a funcionar. Los lugareños bailaban entre ellos o hacían lo que podían para mantenerse en pie, se abrazaban y vomitaban la espalda del otro, vimos un intercambio de puños y la hoja de una navaja surgir de un bolsillo pero pronto todo volvió al baile, los abrazos y los vómitos.

Entonces apareció esta imagen en la que Y estaba con las rodillas sumergidas en el mar y yo delante de ella, agarraba mi verga con su mano derecha y con la izquierda se tocaba un pezón, quería mamarme todo y llevarme en sus entrañas o al menos era lo que parecía. Terminamos el asunto a eso de las 6. Cuando la policía nos detuvo no pudo encontrar más que ramas secas y aliento a guaro y pescado en nuestras bocas. Mala suerte imbéciles.   
        
        

lunes, 3 de diciembre de 2012

PACTO DE SANGRE


  Gonzalo entró a la carrera de Medicina en el ´95. Su papa era médico internista y su abuelo geriatra (acaso el primero especializado en esa vertiente en el país). Había hecho pactos de sangre con su prima, su hermano menor y un par de amigos, había visto un par de toallas sanitarias enrojecidas en el basurero, también había visto a un hombre con la cabeza destapada de un balazo, sus sesos reposaban en el asfalto hirviente del mediodía, a la vista de todos los morbosos que acudieron a la escena. Aparte de eso sus contactos con la sangre habían sido bastante escasos, y eso fue lo primero que se le vino a la mente al decidir seguir los pasos de sus ascendientes. Pensó en la dominación de la sangre, en la hegemonía de la sangre sobre la naturaleza humana, ese pavor desbocado hacia lo que constituye vitalidad de nuestra propia naturaleza, ese resabio primitivo e ignorante, esa completa y absoluta enajenación emocional. Aquellos que van a la guerra temiendo a la sangre son los vencidos, los muertos, los que se cuentan entre el polvo, los incapaces de lograr la victoria. Ese pensamiento lo movió a sentir la sangre correr por sus venas, a sentirla de veras y por primera vez. Se detuvo por un momento, cerró los ojos y sintió la permanente irrigación interna, el discurrir, el goteo, la correntada, pudo saborear la sangre en su lengua y en el acto se prometió a sí mismo apaciguar cualquier conato hemofóbico que pudiera surgir en el futuro. Se consagró haciendo un nuevo pacto de sangre, esta vez consigo mismo como si esto fuese posible. Un júbilo rebosante saltaba en su corazón y en su estómago, esperaba con impaciencia a su papa, caminaba de un lado a otro como frenético, fumaba cigarrillo tras cigarrillo (algo poco habitual en él), repleto de ganas de comunicarle la decisión de estudiar medicina. Él llegó a las siete. Al saber de la noticia su tía no dudó en alistar un festejo, preparó varias piezas de chuleta de cerdo en el asador, adobadas con piña, cebolla y chiltomas rellenas de queso. La noche era fresca y apacible. Esta tía asumió la crianza de Gonzalo y de los otros dos hermanos hace diez años atrás, para ese tiempo su papa estaba estudiando su especialidad en México y tenía la ilusión de irse luego a Suiza y una vez asentado mandar a traer a sus hijos, pero una serie de eventos ajenos a su voluntad lo obligaron a volver a Nicaragua y en su frustración y soledad halló consuelo en su cuñada justificándose a sí mismo, entre otras cosas, por la similitud que tenía con su fallecida hermana. Es importante destacar que Pepe, el hermano mayor de Gonzalo, también estudiaba medicina en León, pero su vida era un completo caos de condones desperdigados, marihuana y alcohol, se le veía poco por la casa y cuando realmente llegaba era para apaciguar sus demonios, nutrirse y dormir, caía por dos o tres días y sólo se despertaba para pedir dinero e irse de nuevo. Aníbal, el de en medio, siempre fue alumno destacado, consiguió una beca para ir a estudiar ingeniería industrial en Brasil y desde hace dos años no se sabe de él más que por cartas, por lo que la única esperanza del continuismo estaba depositada en Gonzalo, quien bajo la percepción de su papa era un chavalo distraído y taciturno pero con un enorme potencial.

Esa noche (después de la noticia) fue la primera vez que don Leonel (Leonel era el segundo nombre de su papa y con el que se sentía más identificado) accedió a que Gonzalo tomara licor frente a él, que sólo se remojaba los labios con ron negro y lo observaba entre las sombras de un nancite. Gonzalo le habló del temor a la sangre.

-        -   ¿Cómo es que hacés papa? Cómo hacen todos los médicos para lidiar con eso?
-      -    Ok, ¿Qué hacés vos al cortarte? te enterrás un vidrio en el dedo, una herida un poco honda digamos ¿qué hacés?
-        -  Pues me lavo ahí nomás
-        -  ¿Porqué te lavas?
-        -  Lógico, porque si no me lavo corro el riesgo de que la herida se infecte
-     - Lógico, ajá, sos bien lógico vos ¿entonces crees que si te vas a lavar ahí nomás evitás el riesgo de una infección? ¿quiere decir que si esperaras un par de segundos a que corra la sangre correrías riesgo de infección, todo es cuestión de segundos? ¿correcto?
-        -    Si, correcto
-       -   Falso. Mirá, la mayoría de nuestras necesidades responden a creaciones de nuestro entorno y de nuestra construcción social, observá a tu alrededor, analizá y jerarquizá  tus necesidades, igual pasa con tus temores, nos han impuesto y nos han envuelto con temores a elementos tan naturales como la sangre o la oscuridad. Como no te has detenido a analizar el funcionamiento de la sangre entonces no la conocés, le temés por ignorancia, creés que sabés de ella, sos todo un hemato-teórico pero en realidad no sabés ni verga, y encima de eso le temés. Hiciste un pacto de sangre me dijiste. Vamos pues, te voy a explicar un poquito acerca de los pactos de sangre. Es una práctica milenaria, es decir que se viene haciendo desde hace miles de años como te imaginarás, el objetivo es crear un vínculo, muchas veces indisoluble y otros con alternativas de romperse, pero ese vínculo es una cuestión trascendental para los pactantes. El más común es el de los hermanos de sangre, que generalmente se hacía con fines de guerra (yo no sé si alguien lo hace en la actualidad pero deben haber su par de locos). El ritual consiste en que los pactantes se abren una herida honda con un mismo cuchillo, generalmente en el brazo, por ser un lugar visible; cuando la sangre mana los pactantes tienen que poner en contacto sus heridas y permanecen así hasta que la sangre deja de manar, una vez secas las heridas se vuelven hermanos de sangre y comparten sus fortalezas, debilidades, su dolor y hasta sus fluidos, por decirlo así. Está también el matrimonio de sangre, que consiste en echar la sangre de los pactantes en un recipiente, del que ambos deben beber, y besarse mientras sus labios están empapados de sangre; el fin de este pacto, claro está, es consumar el amor. Luego está la alianza sanguínea, que se sella mezclando la sangre de cada pactante en vino, para que todos en comunión beban de este compuesto. El objetivo de este pacto es la salvaguarda de un compañero o el auxilio en alguna circunstancia especifica. La sangría espiritual es más bien un acto de vampirismo justificado, de ahí que puede provocar cierta adicción, y es el más simple porque consiste en que un pactante se abre una herida de cuya sangre bebe el segundo pactante hasta sentirse saciado. El más simple y el más aberrado, si lo querés ver con moral. También está la adopción sangrienta, que es usada para adoptar a un hijo como su hijo de sangre. Se debe abrir una herida en la carne del padre, de la cual el hijo beberá hasta que se sienta saciado. La servidumbre sanguínea es otra forma de pacto cuya finalidad es atar la voluntad de una persona a la de otra, es una especie de esclavización espiritual, también materializable a la constricción física. En este pacto el sirviente debe derramar su sangre en un recipiente mientras bebe la sangre de su nuevo amo, luego el amo toma la sangre de su sirviente, vierte un poco de la propia y se la da de beber al sirviente.

Gonzalo lo escuchó atentamente. Esa noche no pudo dormir. A las dos de la mañana
decidió empezar a prepararse para la prueba de ingreso, dos meses después recibía la noticia de que estaba dentro. El primer día de clases fue el primer día en el que se montaba en un bus sin nadie que lo acompañara. Se vio dentro de un rectángulo de latón oxidado que apestaba a mierda, colonia jean naté y sobaco, no tuvo ningún miedo pero sí incomodidad. Se extravió en el campus durante media hora, preguntaba como llegar a su facultad y los estudiantes le daban direcciones erróneas para bromear y probar que tan pendejo era. Entró a un baño que apestaba a berrinche y estaba plagado de pintas testimoniales: “aquí venís a dejar tu orgullo”, “aquí cagó Mauricio”, “en este lugar me la mamó la Aurora” y cosas por el estilo. Cuando logró dar con el aula la clase de biología ya había empezado, la profesora era chaparra y delgada, usaba anteojos de lentes cuadrados, lo que le daba cierto aire de oficinista malhumorada, el pelo era negro intenso con un par de vetas blancas, lo llevaba amarrado con una cola, su aspecto era rígido y Gonzalo -de sólo verla- temió dejar la clase. Resolvió quedarse sentado en el pasillo y tomar nota de todo lo que oyera. Entró a las otras clases, concluyó que sus compañeras no estaban del todo mal y que el 90% de sus compañeros eran unos patanes que lo veían como marica y que el otro 10% eran maricas que lo veían con apetito. Decidió caminar un rato antes de irse para su casa, hacer un tour para empaparse de ese ambiente universitario al que anheló casi toda su secundaria, pero no podía tener una percepción íntegra en solitario, era menester socializar. Generalmente no era muy bueno para hacer amigos pero consideró que dadas las circunstancias no le quedaba de otra. Pensó que no sería muy difícil, estaba Ricardo, un vecino que llevaría entre el tercer o cuarto año de medicina, estaban Cristina, Charlotte, Eugenio y José Luis, que se bachilleraron con él e ingresarían a la UNAN a diferentes carreras, estaba Julio, un dirigente de UNEN que conoció en una fiesta y llevaba ocho años estudiando la misma carrera para conservar su puesto… en fin, tenía de donde agarrar. Compró un cigarrillo en un cafetín y lo encendió por mero alardeo de principiante nervioso, vio a dos muchachas simpáticas sentadas en una banca, las acechó recostado a un tronco por un par de minutos pero su plan se deshizo al ver que llegó un maje con cara de borracho, vio a una gorda leyendo Vanidades, pensó: las gordas son fieles y me podría presentar con sus amigas guapas (bajo su concepción las gordas son imán de las guapas, que las escogen por su fidelidad, baja autoestima e inclinación de perdonar sus maltratos y estupideces con tal de mantener la amistad), pero la gorda sintió algo incómodo en la mirada de Gonzalo y resolvió moverse. Caminó. Vio a una muchacha contemplando un mural, su rostro era agraciado, su pelo liso y corto caía en ondas sobre su cuello, rozando sus hombros con las puntas apenas, eso, por alguna razón volvía loco a Gonzalo, no podía ver a una mujer de pelo corto y liso porque empezaba a maquinar cosas en su cabeza, aun sin verle la cara. La muchacha llevaba una horrible camiseta verde fosforescente pero esos detalles podrían perdonarse. Estaba absorta en el mural, lo veía fijamente, como si intentara encontrar una respuesta o un rasgo especifico. Gonzalo pasó delante de ella viéndola de reojo, y como ella seguía viendo el mural tuvo el coraje de sentarse a su lado sin pedir permiso. Él vio hacia el mural también: abarcaba la mitad del pabellón, parecía ser una marcha o un mitin, los rasgos faciales de los manifestantes eran gruesos, redondos o afilados en extremo, los que estaban en primer plano sostenían una manta con una frase desbordada sobre la educación y la libertad o sobre la educación y la revolución o sobre la autonomía estudiantil, los de atrás sostenían pancartas o cartulinas o martillos u hoces; en la parte posterior se apreciaba un sol empalidecido por el desgaste de la pintura y debajo de este un libro abierto con el escudo nacional impreso en la página derecha. Gonzalo resopló, habló:
-          
         -  Siempre me ha cautivado el muralismo- la muchacha no dijo nada, ni siquiera lo volvió a ver, él se sintió fatal por supuesto, se le ocurrió que tal vez era sorda o ciega y sorda y que solo tenía los ojos puestos sobre un punto fijo a como hacen los ciegos. Lo repitió:
-              -  Siempre me ha cautivado el muralismo- y dicho esto quedó un grave silencio de muerte en la atmósfera que le erizó los pelos
-              -   Si, ya te oí- contestó ella segundos después – pues a mi me parece una completa mierda
-           - ¿Una mierda el muralismo? ¿Acaso no conocés las obras de Rivera o de Orozco, de Cantú, de Renau?
-          - No, pero si son como este no dudaría en decir que son una mierda también
-          - ¿Y porqué veías tanto a la pared entonces?
-          - Porque no tenía nada mejor que hacer, hasta que apareciste vos 

Esa respuesta era lo último que Gonzalo imaginaba, no supo qué decir, se sintió enaltecido e imbécil a la vez, como una bella estatua cubierta de caca de pájaro. Se fueron juntos en el bus, él vivía en Altamira y ella en la Máximo Jerez. Su nombre era Claudia, y durante el transcurso pensó que era más bella cuando la contemplaba detenidamente que viéndola a simple vista. Era su primer día en la universidad también, estaba en la carrera de derecho. Él aprovechó cada frenazo, cada bamboleo del bus para acercársele, olerla, rozarla. Intercambiaron números. Se vieron al día siguiente, Gonzalo la invitó a una gaseosa, tomaron juntos el bus, él se ofreció a acompañarla hasta su casa pero ella no quiso. Al tercer día, entre clase y clase se iba a buscarla infructuosamente por los pasillos cercanos al mural. Le preocupaba no verla porque tenía Anatomía I a la 1 y 15 de la tarde. Decidió no entrar y sentarse en la banca en la que se conocieron, ella apareció, ofreció invitarla a comer algo pero ella no quiso nada, dijo sentirse mal, con dolor de cabeza, iba a irse en taxi a su casa, él le dijo que lo tomaran juntos para que saliera más barato, ella aceptó y le dijo al taxista que lo dejara a él primero. Esa noche él la llamó, una mujer con voz chillante contestó y le pidió que esperara mientras la iba a buscar, había un ruido terrible de fondo, gritos, risas, llantos, voces de telenovela; ella tomó la llamada diez minutos después, con voz cansada o sofocada, le dijo que no podía hablar en ese momento y le colgó. Al día siguiente Gonzalo faltó a otra clase por verla, esta vez ella tenía mejor semblante, incluso mejor que el de los tres días anteriores; la invitó a almorzar, tomaron un taxi y fueron a un restaurante. Don Leonel estaba muy contento con Gonzalo y le daba dinero todos los días, por lo que no tenía dificultad para pagar taxis ni cuentas de restaurante. Esa tarde se besaron. Ella le regaló una flor de papel y lo llamó por la noche, el ruido seguía siendo terrible pero aun así hablaron durante media hora. Se hicieron novios a la semana siguiente, Gonzalo siguió faltando a la última clase y a las prácticas por acompañarla. Sentía una calidez extraña en sus entrañas cuando la veía y se impacientaba cuando sabía que estaba a punto de verla, empezó a afectarle aun cuando no la veía, quizá con mayor intensidad.

El entusiasmo de don Leonel lo llevaba a formular cuestionarios inmensos sobre las clases, por lo que Gonzalo trataba de poner el máximo de atención en las aulas para poder responder bien y conservar su estatus de hijo predilecto. A la segunda semana Claudia le pidió que la llevara a almorzar y al cine y que le agradaría mucho que eso se convirtiera en un hábito semanal porque eso es lo que hacen los novios, cosa que él interpretó como gran avance, pensó: ella se esta despojando del orgullo y siente la confianza para proponerme algo así. A la tercera semana ella le pidió prestados 300 pesos y como se había gastado todo en cuentas de restaurante, cine y taxi decidió (una decisión desesperada) sustraer dinero de la cartera de don Leonel, algo que jamás había hecho. Se maldijo. Se sintió basura por haber llegado a tal punto. Le entregó el dinero a ella al día siguiente. Tomaron el bus juntos, él insistió en que quería encaminarla hasta su casa pero ella no dio su brazo a torcer. Por razones desconocidas ella no llegó a la universidad durante tres días, él pasó cinco días sin verla, contando el fin de semana; la llamó pero su teléfono salía como temporalmente suspendido, dos veces fue a la parada de bus en la que ella normalmente baja con la esperanza de que apareciera pero nada. Simplemente desapareció sin ninguna explicación. El lunes llegó a buscarlo a la facultad de medicina, estaba sonriente, Gonzalo se salió en medio de la clase, trató de ocultar su rabia pero no pudo, explotó y le reclamó, ella minimizó el asunto y fácilmente pasó a otro plano. Esa semana fueron a un restaurante, al cine y a jugar bolos, ella le enseñó una blusa que había visto y le había fascinado, él se quedó con la idea en la cabeza y volvió a sustraer dinero de la cartera de su papa para comprarla. Ella lo comió a besos y dejó que él le tocara las tetas, ante esto él sintió necesario que la relación pasara a un siguiente plano, pensó que ahora tenía toda la propiedad para pedirle que se acostaran, porque en algún lugar oyó que cuando una novia quiere que le regalen ropa es porque quiere que su novio la desvista. Pero no encontró las palabras para lanzar la propuesta. Ella era temperamental, decía que habían días buenos y malos, a veces hablaba muy poco y se molestaba de la menor cosa y a veces era muy amorosa, eso él aprendió a comprenderlo, sentía que la amaba de verdad y que ella también a él. Salieron de vacaciones por semana santa, ella le pidió prestado dinero de nuevo y le dijo que iría con su familia a Boaco, a la finca de su abuelo, por tanto sería imposible verse durante la semana. Esta vez don Leonel se dio cuenta que le faltaba dinero pero no acusó a Gonzalo ni a nadie. Fue la peor semana santa que había tenido en su vida, nada lo contentaba, ni meterse al mar por la noche ni cazar cangrejos (que era algo que disfrutaba muchísimo) ni tomar cerveza con su papa, que podía ser tomado como un acto genuino de reconocimiento y respeto, ni siquiera quería gastarse bromas con Pepe, que era una tradición de hermanos. Una compañera de clase le advirtió que tuviera cuidado con Claudia, que era bandida y le afirmó que andaba con otro, Gonzalo desestimó el asunto, es más no le creyó una sola letra y dejó de hablarle por un buen rato. Pero se quedó con eso. Una tarde de viernes fueron a tomar cerveza con unos compañeros de clase de Claudia y él se percató que su novia tenía una muy buena relación con sus compañeros varones: ponía su mano sobre la de ellos cuando les hablaba, se dejaba tocar la cara, les tiraba besos y se sentó en las piernas de un maje que era fenomenalmente alto. Todo esto no le molestó a Gonzalo, él no era celoso, lo atribuyó al nivel de confianza, lo que si le molestó es que ella le apartara la mano cuando él intentó tomársela en varias ocasiones y el que le haya pedido que se fuera antes porque ella aprovecharía el raid de uno de sus compañeros. No te preocupés, te la cuidamos bien le dijo el maje que era fenomenalmente alto, esas palabras tranquilizaron a Gonzalo. Llegó a su casa y reflexionó sobre lo sucedido, recreó los momentos en que su mano tocaba la de ella y ésta la apartaba rápidamente, como la mano que reacciona al sentir el fuego muy de cerca; lloró, fue inevitable. Sintió rabia de sí mismo y se dijo que sólo se la cogería y la mandaría a la mierda de inmediato. Al día siguiente ella lo llamó, que quería verlo, lo citó en el parque de Altamira, él se hizo el duro y le dijo que la iba a pensar. La cita era a las 3 de la tarde, él estaba ahí desde media hora antes, llevó una pelota de basket para hacerse el desinteresado pero no lanzó ni un solo tiro a la cancha. Ella llegó y lo besó intensamente, tomó la mano de él y se la metió dentro de su blusa y mientras él palpaba sus tetas apretó su pantalón sintiendo su verga erecta. Le dijo que quería hacerlo con él. Llegó un grupo a jugar y tuvieron que parar. Esa noche Gonzalo se masturbó diez veces. El domingo la llamó para decirle que entre cinco y seis y media de la tarde estaría solo porque su papa y su tía irían a misa, ella le dijo que llegaría pero no llegó. El lunes hubo un alboroto en la universidad, Gonzalo no entendía lo que pasaba, sólo veía a la gente correr de un lado a otro y a Julio, el dirigente, peleando o dando órdenes a los de UNEN. Alguien dijo que era por el 6%, alguien dijo que iban a suspenderse las clases pero él sólo tenía cabeza para Claudia. A la tercera hora salió a buscarla, estaba excitado, desesperado por tenerla, caminaron hasta el campo de futbol, ella le pidió que se quitara la camisa y ambos se sentaron sobre ésta, lo besó con pasión, le dijo que abriera más la boca y que jugara con la lengua, que se quitara el miedo a la vida, le besó el cuello y se quitó el brassiere, el chupó sus tetas mientras ella gemía escandalosamente, se puso sobre ella y palpó una vagina por primera vez en su vida, ella le peló la verga y se la mamó, de repente se detuvo, dijo que había visto a alguien aunque no se veía a nadie en todo el campo, que no se sentía tranquila ahí, que mejor en otro momento, que ya se dará la ocasión. Tuvieron que caminar para tomar el bus porque la calle estaba cerrada por los estudiantes. Don Leonel le dijo que no quería verlo en las protestas, Gonzalo no sabía de qué le hablaba. Se encerró en su cuarto, a pensar en Claudia, en cómo será su casa, no muy distinta de las casas de la Máximo, un muro alto que llega hasta el techo, verjas empotradas al muro, porche de baldosa, un jardín miserable y mal cuidado. Pobre, rodeada de niños llorando y jodiendo todo el día, la bulla del vecindario, las viejas chismosas, los viejos morbosos asediándola cuando va a buscar el bus, las olas de polvo que se levantan sobre el adoquín y crean torbellinos meridianos. Sintió piedad y la quiso más por su inocente vergüenza, por la afrenta a que él, de clase media, conociera su hábitat natural en el barrio, que caminaran de la mano y que los mocosos descalzos y con sus caras empolvadas la saludaran y le hicieran bromas pesadas mientras juegan con una bola de calcetín.           

El asunto no se esclareció al día siguiente. Los estudiantes andaban agitados en los pasillos, discutían entre ellos, algunos corrían con propósitos imprecisos y hacia lugares imprecisos. Se impartieron las dos primeras horas de clase con normalidad, se empezaron a oír las detonaciones de morteros al inicio de la tercera hora, Gonzalo asoció el hecho con el día de algún santo o algo por estilo. Julio irrumpió en el aula mientras se desarrollaba la tercera hora, le dijo al profesor que las clases debían suspenderse, que tal decisión se tomaba con consentimiento del rector y que aquellos que quisieran unirse a la lucha que llegaran al parqueo principal de la universidad y los que no se podían ir a sus casas. Salió corriendo a la facultad de derecho, la buscó infructuosamente por los pasillos y por el pabellón del mural en el que se conocieron. Alguien gritó su nombre o eso le pareció, no volteó a ver, estaba seguro de que ella lo estaría esperando en los campos. Los pabellones internos estaban casi deshabitados, todos estaban congregados en el parqueo, en los campos no había un alma. Desilusionado y cabizbajo dio vuelta atrás, caminó hasta el parqueo, tiraban morteros y 2 o 3 majes hablaban por megáfono a la misma vez, “arriba los estudiantes”, “defendamos lo que es nuestro”, “6% ya” eran sus consignas comunes.

Gonzalo tenía una noción muy vaga de lo que constituía la lucha por el 6%, veía muy poco las noticias y estaba prejuiciado por la noción de su papa de que todos eran un atajo de vagos que les huyen a las clases y quieren vivir de lo que el estado les dé. Bajo su percepción los verdaderos luchadores universitarios defienden su derecho desde las aulas, la única causa válida es la defensa del intelecto, esa es la única forma en la que los universitarios pueden manifestarse, todos los demás, todos los que se van a las calles son turbas incultas, románticos estúpidos y empedernidos amantes del caos, son los artífices y ejecutores del estancamiento del país, son una escoria. Sus hijos jamás debían verse involucrados con tal escoria. Sin embargo y a contradicho don Leonel sí había salido a la calle en sus tiempos de estudiante, fue dirigente del CUUN de la UNAN León en el año ´74, fue acusado de incitador de varias reyertas y estuvo preso durante diez días hasta que las influencias de su papa pudieron interceder en su liberación. Luego operó clandestinamente con células sandinistas que se movían a lo largo de la ciudad, fue reconocido como excelente estratega pero cagón para el combate, tal vez por eso y por las frecuentes intervenciones de su papa fue que no cayó muerto o no descolló en la historia de la insurrección.

Gerardo le pasó una botella de plástico y una gaseosa embolsada, Gonzalo bebió y le devolvió a Gerardo
-          - Ron Plata pecho azul, calidad esa verga chavalo- Gerardo era probablemente el único hombre del aula con el que Gonzalo había cruzado palabra, los demás se mostraban muy apáticos, desinteresados o (temía él) tenían una apreciación errada sobre él. Gerardo se le acercó para pedirle cincuenta centavos para el bus, le dijo Chago y así lo dejó, era confianzudo, chirizo y chaparro, pero su jovialidad y confianza despertaba buena onda.
-          - Oe Chago, vámonos, nos vamos arriba del bus en la jodedera, ahí pedimos unos tubos y unos morteros
-                -  No hombre, ya me voy a mi casa
-                 - ¡Uyyy! ¿y cómo te pensás ir si no hay buses? no jodás Chago no seas vaciado
-               -  ¿Y adonde vamos?
-                 - No sé, a la UCA o a la asamblea, a volarle verga a esos diputados tamales
-                  - ¿Y después como nos venimos?
-                  - Pues en el mismo bus hombré, que preguntadera

A Gonzalo le pareció verla, salió corriendo y se perdió entre el gentío, se abrió paso a empujones y llegó hasta la calle, al norte se estaban quemando llantas, un grupo de encapuchados levantaban barricadas con los adoquines, lo que de espaldas parecía ser Claudia daba la vuelta en una esquina, rumbo a la Miguel Bonilla. Salió del gentío y aligeró el paso, dio la vuelta en la esquina y subió por una calle polvorienta, no había nadie, las casas estaban cerradas, seguramente se equivocó de persona, se detuvo, una figura destacaba en un predio montoso, alguien se la mamaba a alguien, el que estaba de pie era el maje descomunalmente alto de la vez pasada, la mamadora era ella, Claudia, aunque el nombre no significaba nada en aquel momento, daba igual su nombre que millones de nombres ahogados en la pila bautismal. Contempló la imagen, ella empujándose hacia adelante y hacia atrás y el maje descomunalmente alto acariciándole el pelo con su mano marfánica. Imparcial. La imagen era tan aberrante como ver a un indigente cagando en plena vía pública. De repente volvió en sí y descubrió sus rasgos faciales, su linda boca que había besado tantas veces, mamando una verga gigante y amorfa. Quiso cargarla a patadas hasta matarla, quiso morir con ella. Sintió que el sol lo volvía una llama, vomitó y se fue para atrás, cayó con la cara en el adoquín ardiente. De repente todo se volvió murmullo de nuevo, in crescendo, como si se avecinara una estampida, los morterazos agitaban el calor con su estruendo y la música entrecortada animaba a los estudiantes. Ya no había nadie en el predio. Un puto espejismo, eso es lo que ella fue, un espejismo envolvente y doloroso, así lo asimiló en el momento. Caminó hacia la universidad, la gente empezaba a movilizarse, los buses iban saliendo atestados de gente dentro y arriba, otros caminaban, logró distinguir a Gerardo en el techo de un bus, imaginó que Claudia iba con él, que él no la podía ver pero también se la iba mamando a Gerardo mientras éste lo saludaba hipócritamente. Pensó en cobrarle el dinero prestado y arrastrarla del pelo por todo el pasillo de la facultad de derecho, urdió planes macabros para desbaratarla. Se vino una carga intensa de flashbacks. -Ahora- pensó, - todo es más razonable, su misterio, su bipolaridad, sus negativas de acompañarla a su casa, sus encariñamientos con sus amigos, su rechazo. La muy puta. Se internó en el gentío de nuevo, se quedó con la mente en blanco, sólo caminaba como un moribundo que no tiene fuerzas ni para pensar. Una mano tomó su brazo –que bueno que veniste- dijo una voz de mujer que no supo distinguir al principio –nos hace falta un hombre que nos cuide. Era Julieta, la compañera que le advirtió sobre Claudia; ahora se le presentaba como una posible salvación y, como si fuera poco, iba acompañada de dos amigas tomadas del brazo y sonrientes. Se limpió el polvo del pantalón, se quitó los piedrines que se habían incrustado en su barbilla ¡vaya! qué puta la Claudia pero al final que bueno que haya sido así, pensó. Julieta empezó a hablarle de cosas que él no logró entender, no le ponía atención, la concentración de gente era abrumadora, se caminaba a paso rápido para llegar pronto. Al llegar a la UCA se toparon con otro grupo menos numeroso, muchos de ellos encapuchados con pasamontañas o camisetas. La policía estaba en Metrocentro, eran unos treinta azules formados en dos hileras a lo largo de la calle. Los dos grupos se plegaron, los buses avanzaban hacia el norte y detrás miles de caminantes, se gritaban consignas y se tiraba morteros a cada segundo, Gonzalo quiso probar pero no conocía a nadie con un tubo disponible. Sentía su tiempo perdido con Claudia, se había enfrascado en ella y por su culpa no había conocido a nadie más. No entendía porque caminaban, él solo iba ahí, sonriéndole a Julieta y asintiendo aunque no ponía atención a nada de lo que ella decía.

El paso a la Asamblea estaba cercado por vallas y policías, el objetivo era entrar al edificio y exigir la entrega total del 6%, que había estado en negociaciones desde la semana anterior y hasta el momento no se le veían las luces, los diputados eran muy escuetos y evasivos en sus respuestas y había un amplio consenso gubernamental que trabajaba por reducir esa partida presupuestaria. Gonzalo lanzó bolsas de agua a la policía, vio como otros lo hacían y le pareció entretenido; la gente empezó a amontonarse delante de las vallas, él se percató que no todos eran estudiantes sino que había gente mayor y también vagos que probablemente andaban ahí por su adicción al desturque. Julieta lo tomó de la mano y avanzó, empujando hacia adelante, creando una barrera humana que rompiera la valla. Se escuchó el crujido del metal sobre el asfalto, el grupo avanzó varios metros. Gonzalo, que jamás había visto a nadie disparar nada, vio que algunas de los policías llevaba armas de mango largo con un brazo de metal que terminaba en una punta excesivamente abierta, y la disparaban con cierta inclinación hacia arriba. Ahí cayeron las primeras lacrimógenas, el humo esparcía a la gente, Julieta se le perdió junto con las otras dos. No conocía a nadie más. Vinieron las primeras piedras y los morterazos en sentido horizontal, le pasaron dos bolsas de agua para que se echara en los ojos, ¡no te rasqués, déjate, pescas mierdas, dale, tiralo ya! escuchaba. La adrenalina recorría todo su cuerpo, se sacó el pañuelo que siempre cargaba en la bolsa trasera del pantalón y se lo amarró a la cara para taparse la nariz y la boca (más por temor a que don Leonel lo viera por televisión que por otra cosa), recogió piedras que había al lado de la carretera, las metió en la mochila y se echó correr hacia adelante. Los policías estaban a unos veinte metros de distancia, unos se protegían con escudos transparentes mientras otros lanzaban lacrimógenas y balas de goma. Gonzalo llegó lo más cerca que pudo y lanzó las piedras, se maravilló de ver como un chavalo delante de él pateaba una lacrimógena con toda la tranquilidad y rebeldía del mundo; los chavalos gritaban en coro para alentarse, los lanza morteros eran cargados por uno que estaba detrás de quien lo disparaba, se ubicaron detrás de troncos o jardineras para cubrirse, sus mochilas iban cargadas de morteros, las mechas se encendían con cigarrillos que fumaban entre los dos.

A Gonzalo todo aquello le transmitió una gran libertad, una gran plenitud; ahí estaba en primera fila como los veteranos, como los que les hiede la vida, intacto de polvo, de humo y de miedo, blindado, solitario, piedra tras piedra, aunque ninguna impactara en los uniformados, eso era lo de menos. Uno empieza a pelear jugandito, entre risas y verborreas, la pasión se viene con los primeros heridos, con las primeras bajas, el odio nace implícito. El bulto blanco se retorcía en el asfalto, los que lo iban a ayudar tuvieron que retroceder por la lluvia de lacrimógenas, lo estaban asfixiando, el calor lo estaba derritiendo y en el asfalto quedaba un rastro de cera que se abultaba en la cuneta. Lo cargaron entre dos, la entrada intempestiva y ruidosa de la ambulancia atenuó la batalla, alguien había levantado las vallas de nuevo, al final de la calle se divisaba una hilera interminable de camionetonas saliendo a toda velocidad por una calle de acceso lateral, los chavalos se arrecharon al ver huir a los cobardes, una nueva camada se sumó a la infantería artesanal, cuyas energías habían mermado. La batalla se recrudeció. Se oía al fondo la voz de Victor Jara o de Silvio Rodríguez, una guitarra melancólica ondeando su rasgueo por sobre las testas encendidas de los chavalos, y parecía que a los policías les llegaba como cosa distinta, como un zumbido incómodo de abeja. Tal vez en otro lugar pongan rock o música clásica o rap, aquí nos vamos con Jara, eso sí es nivel. Gerardo corrió hacia él y le pidió que encendiera el cigarrillo que cargaba detrás del oído, sacó una caja de fósforos con tres míseros cerillos, el tubo lanzamorteros lo llevaba en la mano izquierda, estaba frío porque Gerardo tenía poca práctica y le daba miedo lanzar, le habían asignado cinco morteros que cargaba en la mochila. Todos permanecían ahí. Se puso en posición de lanzamiento mientras Gonzalo veía la caja de fósforos con extrañeza, o más bien desentendido del favor que le pedía su compañero, es más, estaba convencido que debía ser él el tirador, él que estaba fajándose con sólo piedras en primera fila y que los gases no le hacían cosquillas. Le arrebató el tubo a Gerardo, gritó seguime y corrió para refugiarse en un tronco de eucalipto, ahí Gerardo encendió el cigarro, prendió la mecha y él lanzó su primer mortero. Un fotógrafo le sacó una foto, eso lo llevó a exigirle a Gerardo que cargara otro mortero en el tubo, inclinó levemente el tubo hacia arriba, calculando una parábola que llegara lo más cerca posible de los policías. Se imaginó la cárcel y la vergüenza de ser liberado por su padre en la madrugada, se imaginó a su tía esperándolos en el sofá de la sala, con una inmensa taza de café en las manos, se imaginó a Claudia y a Julieta, juntas, hablando de lo bueno que es él en la cama, todo eso imaginó, abstraído convenientemente por alguna razón porque al volver en sí otro chavalo había caído, este se veía peor porque no se movía. Hicieron un escudo humano y lo sacaron a como pudieron, los policías ganaban terreno, ellos estaban cansados, muchos sin miedo de seguir pero agotados, otros a punto de retirarse por el miedo a ser apresados o a que una bala les sacara un ojo. Llegó una comitiva de los derechos humanos, se fueron a hablar con la policía, Julio habló por el megáfono, su voz se oía distorsionada, como si el aparato estuviera medio dañado, que era muy probable, las piedras y las bombas cesaron, Julio entonó de nuevo, habló mal del gobierno y llamó represores a los policías, los chavalos se congregaron a su alrededor, su oratoria era mala pero su aspecto de borrego bonachón llamaba la atención de la gente, era más viejo que todos, era el patriarca y por eso se había ganado cierto respeto, gobernaba el presupuesto de UNEN con cierta corrupción pero a rasgos generales su gestión era buena, atendía las necesidades de los estudiantes, sobre todo de los que vivían en los departamentos.

A las 4 de la tarde llegó el subcomisionado mayor para la capital, intercambió un par de palabras con Julio y la dirigencia de UNEN, les ofrecieron que dejarían entrar a los buses que los transportarían hasta los recintos si despejaban la zona, sin reos ni amenazas, Julio se la pensó, sabía que los chavalos no aceptarían fácilmente la retirada, necesitaba tiempo para que se gastaran más sus energías. Gonzalo tiró el último mortero de Gerardo, dejando a este último encalichado y despotricando. Nadie estaba satisfecho con la retirada pero aun así aceptaron, tiraron los últimos morteros al aire, lanzaron puteadas a los policías y entraron a los buses.

Gonzalo llegó a las seis a su casa, entró a escondidas, puso su ropa en una pana con detergente y se metió al baño. Hubiera querido seguir, hubiera querido explotarle una pierna a un policía de un morterazo y caer preso y ser torturado y quedar como un mártir para la sociedad, porque el estado de mártir es muy distinto en estos contextos, en los ´70 tenías que caer pasconeado a balazos para llegar a ser mártir, ahora sólo se necesita la atención de los medios y el drama familiar. Pero quien se merecía el título no era él sino Claudia, que aparecía en las imágenes de un noticiero, desangrándose dentro de una ambulancia, se decía que habían sido dos impactos de goma en la espalda, como si varios uniformados hubieran jugado tiro al blanco con ella, la llevaron al Lenín Fonseca de emergencia, no se podía afirmar que su situación fuera estable pero estaba viva y consciente. La cámara hizo un close up de su blusa recogida y llena de sangre y de la herida abierta. Gonzalo sintió amargura y nauseas, recordó la imagen de ella mamándosela a aquel maje fenomenalmente alto en aquel baldío que en este instante habrá cogido fuego, recreó la imagen de los antimotines corriendo, de ella huyendo en estampida y quedándose sola, completamente sola por el instante que evocó a su muerte, los robocops dándole a quemarropa, de cuartita, el asfalto en sus mejías como el adoquín en las suyas, los perros oliendo su casi cadáver, la cruz roja al auxilio. Arrojó lo poco que había cenado. Aun le debía dinero y aun era una puta a la que había que desacreditar. Eso no lo cambia nadie.                 

jueves, 1 de noviembre de 2012

LANZA DE PEDERNAL


El indio testarudo cargaba una tea apagada en sus manos ásperas, yo iba tras de él, no como su perseguidor ni verdugo. La luna iluminaba doblemente las gotas del sudor copioso que caía por su espalda ancha y hacía mágicamente brillante la negrura de su cabello luengo que corría por toda su espina dorsal. Atrás dejamos la selva espesa y el tufo a animal podrido, ahora empieza a aparecer la hierba, enclavada en esta planicie que parece inacabable, pero que el indio asegura que no lo es y que él conoce el camino en el que se bordea la laguna y se baja por unas cuevas hasta llegar al lugar, porque (según sus sonidos que mi traductor transmite en un castellano enrevesado) todo tiene un fin menos aquello a lo que sus dioses paganos deparan. Él mismo ha relatado tres veces la misma historia del cacique que traspasó la muerte portando sólo una lanza de pedernal y regresó a la aldea y fue alabado como a una deidad en un areyto que duró lo que dura la luna desde nacer hasta menguar. Esta orgía estaba dotada de ritos inimaginables para nosotros los descubridores que somos seres civilizados y, por sobre todas las cosas, temerosos de Dios. Cuando el indio vuelve sobre el tópico es como si recitara poesía a los creadores del universo, es como si confeccionara la Teogonía de Hesíodo en su versión vernácula. Pero no era tal cosa, para mi lamento. Los pormenores del relato del indio, con todo y la imprecisión con la que era transmitida por mi traductor, estaban plagados de actos impíos y hasta diabólicos para nuestro entendimiento: luego que el cacique indio traspasara la barrera de la muerte se dice que un brillo resplandeciente (como un velo compuesto de polvo estelar) le cubría en todo su ser; al ver que los indios se agolpaban ante él con semblante de estupefacción o espanto se dispuso a despojarse de su lanza de pedernal para demostrar que aún seguía siendo humano, por temor a que sus dioses paganos se enfurecieran con él y sus vástagos. Luego, el relato del indio giraba en torno a la lanza de pedernal del cacique, misma que fue heredada de su padre y con la que carneaba las mejores bestias que alimentaban a toda la tribu y con la que había ganado muchísimas xochiyáoyotls o guerras floridas y desollado miles de cuerpos que se sacrificaban para saciar, aunque sea mínimamente, la cuota de sangre que exigen sus dioses paganos. Entre otras cosas aseguró que una vez el cacique, enfurecido o enrabietado, enterró la lanza con las dos manos con tal fuerza que partió la tierra por espacio de varias leguas y la punta creó un agujero de tal profundidad que se podían ver las lenguas de fuego del infierno (de nuestro infierno por supuesto, ya que desconozco si ellos conciben un infierno como tal). Dicho esto habría que comparar tal artefacto con el tridente de Neptuno o el cayado de Moisés, cosa que sólo puedo pensar para mis adentros porque tales símiles podrían granjearme el calificativo de herético ante mis congéneres. El indio prosiguió con los hechos: los indios demostraron regocijo por la venida de vuelta de su cacique y se juntaron todos en círculo y le alabaron a sus dioses paganos por largo rato, acto seguido alguien (o quizá todos a la vez) se embadurnaron las pieles con tintes rojos, negros, verdes, azules, blancos y se ataviaron de plumajes, acomodándolos en sus cabezas, en sus cuellos, a la altura de sus muñecas y tobillos. Las mujeres iban asidas de las manos o de los brazos, reían vulgarmente, sacaban sus lenguas resecas, los hombres giraban en torno a ellas, dejando un espacio deliberado de cinco pasos para que pasaran otros dando de beber a todos los danzantes, de tal manera que nadie cesara de bailar ni de tragar ese su vino pagano. Los hombres imponían el ritmo, meneaban las cabezas y progresivamente el resto del cuerpo, a lo que las mujeres replicaban. Un coro grave hacían los hombres con su voz y a cada espacio las mujeres estiraban sus lenguas resecas. Luego de dos o más horas de bailar los indios se detuvieron ante el cacique, quien caminó hasta situarse frente al templo que coronaba la plaza principal y emitió un grito ensordecedor, un grito que hizo retemblar la tierra y sacudir a las aves de sus nidos, por ende. De inmediato los hombres rompieron fila y salieron agrupados mientras las mujeres proseguían su baile. El cacique vio venir con placer el fruto de la última caza: sus hombres llevaban ante él a quince indios (hombres y mujeres) escuálidos, provenientes de una tribu vecina. Los rehenes iban amarrados con una especie de cabuya y ésta iba entretejida a su vez a un palo inmenso. Tomaron al más alto de todos, lo montaron sobre un montón de piedra, el cacique lo observó fríamente a los ojos y ordenó con una seña que lo abrieran de un costado, y así lo hicieron sus hombres, para sacarle luego el corazón como la primera sangre sacrificada al Sol. Luego descabezaron a ese hombre y a otros cinco más que estaban ya dispuestos en ese montón de piedra para justamente eso, y ofrecieron sus sangres y todas las sangres a sus ídolos y dioses paganos, y se untaron de ella, y se untaron también y por sobre todo sus interceptores o sacerdotes, mejor dicho aquellos verdugos infernales; y así echaron a rodar los cuerpos decapitados desde la cúspide de aquel montón hasta abajo, que eran recogidos y comidos como preciado manjar. Al momento que acabaron aquel maldito sacrificio las mujeres, ya saciadas sus hambres de carne, lanzaron un grito portentoso y echaron a huir al monte, cada una por su parte o en compañía de otras. Esto lo hacían sin consentimiento de sus maridos, quienes las perseguían y las hacían regresar con dádivas o con la fuerza del palo y las ataban hasta que se les pasara la beodez. Aquella que lograba escapar tenía que perderse por mucho tiempo, ser rasgada y carcomida por las bestias y aprender a dominar sus pedimentos terrenales, tenía además que cerciorarse de ser irreconocible. Una vez lista retornaría a la tribu para tomar su trono a la par del cacique. Hecho todo esto los sacerdotes cogieron muchos manojos de maíz atados y los situaron en contorno al montón de piedra sacrificial. Acto seguido el cacique salió de su aposento situado en el templo, ahora ataviado con nuevas y más vistosas plumas, y ordenó a sus súbditos que con sus navajas de pedernal sacrificaran y sajaran lenguas y orejas y todo el cuerpo de los restantes ofrecidos en sacrificio, hasta hinchar de sangre aquel maíz, para después repartirlo en buena cantidad a todos, que otra vez lo comerán como cosa muy bendita.

Todo esto yo lo supe y lo supuse de la voz del indio al que sometimos para enseñarle nuestra riquísima lengua (aunque sea precariamente), y que después, se rebeló junto a los otros indios contra nosotros, ante Dios y ante la cruz. Se rumora que el cacique ha vuelto a traspasar la muerte y ha vuelto con su pedernal, el asunto es que ya no hay más indios de las tribus vecinas, y los infames nos acusan de ser culpables de tal hecho. Dicho esto, que el destino de mi alma esté a voluntad de Dios.  

jueves, 30 de agosto de 2012

LA TRAICION DE JUAN


No cabía un solo zapato más en aquel lugar, sin embargo tuve el coraje de meter el pie en aquella fosa oscura y llena de cuerpos inclinados que chocaban como piedras por los frenazos intempestivos del chofer de la 110. Recibí el codazo de una vieja greñuda y maloliente, la halitosis de un hombre chintano, el quejido estridente de una mujer excesivamente maquillada, los pisotones del resto de los pasajeros pero al fin pude llegar hasta la salida y después de intentar con todas mis fuerzas de abrir la compuerta herrumbrosa salté hacia la libertad que ofrece el asfalto al mediodía. Tenía la cabeza puesta en el trabajo, llevaba un caso de posesión de drogas y tres casos de divorcio, de los divorcios dos de ellos eran a las buenas, es decir que podía llegar a un concilio fácilmente entre ambas partes pero el otro era un poco complicado, o talvez no tanto pero requería de mucha paciencia. Yo lo veía como a una carga, muchas veces pensé en renunciar a él y otras veces se me daba por no contestarle a mi cliente, porque intuía que la llamada sería para ponerme las quejas, que el hombre no había pagado la pensión alimenticia, que no llegaba a ver a los niños, que alguien le dijo que lo vio con otra mujer en un bar, besándose, con el cuerpo de él inclinado hacia el de ella, casi acostándola en el sofá, y después cada quien salía en su carro. Cosas por el estilo, los primeros síntomas de un ser despechado, una maraña de quejas y peticiones jurídicamente imposibles que venían a mí, a un desdichado veinteañero con apenas la mínima noción sobre lo que es litigar.

Salir del bus fue un acto de liberación pero estaba atrasado para una audiencia y el juzgado estaba a unos tres kilómetros de ahí, hurgué en lo más profundo de mis bolsas hasta casi romper las costuras del pantalón pero lo único que encontré eran los C$ 2.50 de mi pasaje. Decidí no perder más el tiempo y subirme al primer bus que siguiera en línea recta, esperé unos cinco minutos hasta que llegó el siguiente, se detuvo ante mi mano alzada, en los escalones había un charco de vómito o de chicha, habían pelotas viscosas que parecían gusanos blancos brillando sobre el metal. El busero se quedó viendo las monedas que le di, echó un vistazo al retrovisor y se secó el cuello con una toalla ennegrecida que llevaba al hombro, arrancó en segunda sin el menor de los preámbulos; sinceramente no sé como lo hacen, eso y llevar la vida de maquinistas que llevan, llenos de exaltación, de inmundicia, de peso, de chiflidos y gritos al final del pasillo, de llantos, de evangelizaciones y discursos estériles y de actos desbocados, sobre todo de actos desbocados. Creo, a diferencia de lo que piensa la gente, que son seres con cierto grado de honor y sensibilidad. Un busero me dijo la otra vez (mientras un usuario del fondo del pasillo lo puteaba) que prefería la palabra conductor o maquinista a busero.   

En la parada de la Colonia del Periodista entró un hombre alto con el pelo estilo afro, se dirigió al maquinista y sin pagarle le extendió la mano, el otro se la estrechó, sonrió con su sonrisa brillante y amplia, arrancó mientras lo miraba y a su vez miraba una pila de sarro y todas las cosas que un maquinista podría imaginar, cosas que Marinetti habrá visto en sus sueños. El hombre afro empezó a aplaudir y a reírse, movía los pies hacia adelante y hacia atrás, yo en algún momento pensé que se iba a tirar a bailar pero lanzó una vista panorámica pidiendo la atención de todos, las disculpas por interrumpir el viaje y entonces supe que se iba a poner a escupirnos sus tragedias como hacen todos los demás. Llegan, vomitan sus tragedias a grito partido, es más te las venden, te cobran por oír sus tragedias ratificadas con sellos del centro de salud o con recetas, radiografías o alguna malformación repugnante en su cuerpo.

Yo iba oyendo Las Tumbas de la Gloria a todo volumen y no lograba escuchar lo que el hombre decía, solo veía sus gesticulaciones exageradas y el movimiento desesperado de sus manos, como una caricatura en medio de un ataque de ansias. Lo único que pude distinguir fue la palabra sida, la repitió muchas veces, entonándola gravemente con un tono deliberado. Pueda que su hijo sufra de sida, pueda que hable de los sidosos que pululan por ahí y te dan la mano y comparten de un mismo vaso, pueda que la noche anterior tuvo una pesadilla con un sidoso siguiéndolo o que él mismo lo sea, cosa que no sé si es posible porque se ve limpio, relajado, sin opresión ni sufrimiento en su cara, aunque en realidad creo que es muy difícil detectar quien padece de algo o no. Le extendió la mano a alguien, la persona se la dio con desaliento, me extendió la mano, sin verme, yo lo vi directamente a los ojos y se la di sin titubear, siguió hablando, el bus llevaba poca velocidad, el hombre se puso a la par mía, escuché que le dio a las gracias a alguien, me dio las gracias a mí, me vio a los ojos, los suyos eran unos ojos negros y desorbitados, el izquierdo tenía una mancha marrón, como un grano de frijol incrustado. Le bajé a la música, preguntó mi edad, veinticinco le dije, me preguntó cuanto le ponía yo a él, me crucé de brazos, treinta, le dije por decirle un número cualquiera, siguió preguntando su edad al público que ahora ponía atención a cada una de sus palabras: treinta y cinco, treinta y dos, cuarenta. Se puso a reír, se tambaleó y creí de nuevo que empezaría a bailar, dijo que era portador del VIH, que me doblaba la edad y que si se afeitaba la barba podría levantar más chavalas que yo, al chile. Me hice el que no lo oí. Pensé en que mi mano jamás iría a ser la misma. Lanzó un discurso sobre la discriminación y el prejuicio ignorante, en eso el hombre tiene razón, de vez en cuando es bueno decirlo a la cara, hacerle saber a la gente su ignorancia. Cambió la dinámica, se acercó a un par de muchachas para hablarles de la belleza, habló de la fidelidad, de la comida de la casa y la comida de la vecina, la que no se debe de jugar, se oyeron risas y más proverbios machistas.
Me bajé del bus, la muchacha de las fotocopias me saludó de lejos, entré y le pedí el baño, quería deshacerme de mi mano, no quería verla ni que el resto de mi cuerpo tuviera contacto con ella, abrí el maletín y saqué un jabón que cargo entre el rollo de papeles sellados, me lavé ambas manos con empeño, primero una luego la otra y luego las dos juntas. Vi a un cúmulo de gente por la ventana, pensé en la audiencia y en la cara de Fernando al verme de nuevo. En la acera, bajo la sombra mediocre de un nim estaba un viejo sentado en una silla plástica, escribía a máquina con destreza ¿cómo es que esa cosa le sigue siendo útil? le pregunté y me contestó que en realidad era cosa del recuerdo o de la nostalgia o del abandono que para él son lo mismo y me dijo algo que sonaba a verso pero que no distinguí con exactitud porque seguí caminando hacia el pasillo atestado de libros, de gente y de humazal. Vi mi reloj, faltaban quince para la una, la audiencia estaba programada para la una, tenía a mi favor quince minutos y el acostumbrado retraso burocrático, decidí relajarme y desentenderme del caso por esos quince minutos, vi a mi oponente sentada en una banca, fumando un cigarro y viendo el pliegue de su falda o hacia al suelo terroso con los ojos achinados. Compré un fresco de granadilla, la mujer me dio un billete roto, intenté devolvérselo pero no lo quiso aceptar, decidí guardar la controversia para después. Me imaginé al sidoso con la cara hecha huesos, con sus ojos desorbitados y moribundos, sentado tras el asiento del maquinista, los imaginé a los dos empinándose una botella de Cañita en el Israel Lewites, compartiendo el gane a eso de las siete de la noche, cuando el sidoso y el maquinista dejan sus hábitos diurnos y se vuelven un par de míseros dipsómanos que no saben jamás como despiertan para vivir un día más. Ellos creen tener mucho en común: el recuerdo de los zapatos de charol que calzaban todos los niños a su edad, los vecinos de los barrios orientales, el terremoto, el abandono paterno, las guerras, las aspiraciones frustradas, el fanatismo y el simultaneo odio subrepticio hacia el caudillo pero básicamente lo único que los une es el guaro. El fresco embolsado se agotó entre mis dedos y el chingaste me supo a detergente, vi pasar a una bandada de pájaros negros que punteaban el aire, una niña recogió un jocote que se le había caído y se lo llevó de nuevo a la boca, esas imágenes me hicieron sentir pereza y confort, sólo Dios sabe que no quería asistir a ese juicio pero ya todo era irreversible.

Fernando entró a la sala con la cabeza gacha, llevaba una camiseta blanca de cuello v, un pantalón kaki y unos tenis negros que lucían nuevos, irguió su cabeza y al primero a quien dirigió la mirada fue a mí, instantáneamente, un instante que corroboré apenas por mi reloj pero que en realidad fue de una opresión eterna. Luego vio al juez, largamente y con ojos de quien clama misericordia, claramente buscó hacer contacto visual pero aquel era un autómata, una máquina para dictar sentencia. En este juicio yo también soy culpable, esto es un poco complicado, es como si a través de mi defendido me estoy defendiendo yo también. Aída, que está detrás de mí, no para de llorar, una voz femenina le dice “tomá, calmate, sonate, todo va a salir bien”. La fiscal narra los hechos: 15 de junio, colonia Miguel Bonilla, era de tarde. Su discurso es fluido y abunda en detalles como vestimenta, el clima lluvioso de la tarde, el nerviosismo de Fernando, los objetos de la casa, detalles que parezcan al juez más verosímiles o más bien de una historia sobrecargada.

Hace dos años llevé un caso por tráfico interno, mis defendidos eran dos hermanos, los agarraron in fraganti manipulando y pesando libra y media de marihuana en el porche de su casa en el Jonathan Gonzalez. Sus caras eran horribles y creo que no podía esconder mi miedo cuando estaba cerca de ellos, jamás llegamos a tranzar palabra y menos mal que así fue. En realidad yo no llevaba ese caso, sólo daba la cara, quien se encargaba de las relaciones limpias y sucias era mi mentor, él me preparó para los discursos y me sentó junto al juez en una mesa de tragos luego de que habíamos ganado el caso. Para esos tiempos Fernando ya fumaba marihuana y él fue quien me instó a fumar por primera vez. Al principio no me gustó porque me daba mucho sueño y hambre pero luego descubrí el placer de la risa estúpida y espontanea y es desde ahí que fumo ocasionalmente.

Él se quedó inmerso en eso y se metió en otras cosas más fuertes, su costumbre era experimentar con drogas nuevas, se sentía como una especie de gurú de la droga entre sus amigos o el impone-modas de la droga, procurando siempre arrastrar a gente a sus experimentos. Yo traté de mantenerme al margen, y aunque si admito que probé un par de cosas jamás me consideré un adepto. Para los tiempos en que lo quebraron mis relaciones con la gente se habían deteriorado, empecé por odiar a mis seres queridos y pronto a todo el mundo, vociferaba groserías y en las noches me dedicaba a buscar videos de formas de vida de la gente en otras partes o en otras épocas hasta que el sueño y la frustración me vencían. Fernando me dijo que me mudara a su casa por una semana, me dijo que no quería amanecer con la noticia de que había matado a mi mama, a mi me pareció algo razonable, además de que el clima en su casa es muy agradable. Fernando al despertarse lo primero que hace es fumar marihuana, luego hace abdominales, luego se baña y desayuna, su empleador le permite trabajar desde su casa y salir cuando es necesario; una mujer le llega a hacer el aseo y el almuerzo todos los días de once a tres, apenas ella se va él enciende un porro y luego sigue así a razón de uno por hora o dos si está enfrascado haciendo algo. Al principio participé activamente de su hábito, llegaba al mediodía y nos encerrábamos a fumar o nos íbamos a caminar por el bosquecito del Mokorón y ya a eso de las seis nos poníamos a preparar la cena. Eso fue hace dos meses pero por alguna extraña razón siento que fue hace años.

Esa tarde yo andaba peor con el mundo, ya no lo toleraba ni a él, quería que se fuera, yo sé que es su casa pero sentía unas ganas inmensas por suplicarle que me dejara sólo por un rato. Además el olor a marihuana me estaba provocando nauseas. Decidí llamar a la policía. Cuando llegaron yo ya había sacado las cosas y había vuelto a la casa de mi mama. Desde esa noche no duermo, literalmente, uno puede acostumbrar su cuerpo a la vigilia, yo no sabía eso hasta ahora, pero la mía no era una vigilia ansiosa sino penitente y dolorosa, una vigilia de culpa. Esta es la tercera vez que lo veo, no sé a ciencia cierta si él lo sabe, la lógica me dicta que lo intuye, nada más. La primera vez que lo vi preso fue después que Aída me llamó, yo me hice el sorprendido, tartamudeé, le dije que iba de inmediato para la delegación y colgué la llamada. Hasta ese momento me percaté de la gravedad de los hechos, había visto la bolsa, eran al menos unos veinte gramos, estaban a la vista, además que habían caletas en todos los ceniceros de la casa. En el camino a la delegación recibí la llamada del papa de Fernando, su voz grave se oía quebrada, le mentí, dije que lo íbamos a sacar, me pregunté porque no habrán llamado a alguien más, un abogado más competente, con experiencia. Fernando estaba en una esquina de la celda, pegado a la reja, sus ojos se clavaron en mí, me ericé, bajó la mirada, empezó a susurrar: - yo pensé que cuando me dijiste ahí vengo eran cosa de quince minutos, pensé que eras vos, abrí la puerta con un churro en la boca y me tiraron al suelo, me montaron en una moto, dimos unas vueltas absurdas por lugares que nada tenían que ver con la ruta a la delegación, después me trajeron ¿hallaron la bolsa, qué más hallaron? ¿estoy hasta la verga verdad? Ayúdame, puta Juan ayúdame, yo no quiero estar en esta mierda, vos sabes que solo es para mi consumo. Volví a mentir, le dije que teníamos a nuestro favor el que allanaron la casa sin orden alguna, aunque en realidad eso no ayudara de nada. Pensé en llamar a mi mentor, él podría resolver aquello de un chasquido, el papa de Fernando tendría el dinero suficiente para sacarlo por medios alternos, todo estaba resuelto en mi cabeza pero estaba el hecho del estado transitorio de misantropía en el que me encontraba. Si lo sacaba de inmediato haría un acto de humano y no estaba dispuesto a hacer algo así en ese momento. Decidí quedarme de brazos cruzados y esperar. De inmediato se vino la angustia, la culpa, la depresión y con esperanza pensé que eso me humanizaría lo suficiente para marcar el número de mi mentor pero tampoco lo hice. Aída me llevó a verlo la segunda vez, le llevó una caja repleta de comida chatarra, cosas que a Fernando le han de gustar, además de un par de mudadas de ropa, los policías sólo dejaron pasar la ropa. Lo llevaron esposado a un cuarto en el que nos instalaron, había una mesa larga y alta, tres sillas de metal y un archivero en un rincón. Aída lloró al verlo y se llevó la mano a la boca para evitar escándalos, su barba café estaba tupida, tenía una herida pequeña en la frente y el pantalón era muy grande, hicimos broma de eso, nos dijo que se lo había robado a otro preso. Dijo que estaba bien, había tres más en la celda, uno había mandado a su mujer al hospital, a otro lo agarraron con ñoña y otro (de quien dijo que era el más civilizado) había cometido estupro. A veces dejaban a otros reos ahí pero al día siguiente los transferían a otras celdas. Nos habló de como se ve el reflejo de la luna en el alambre de púa, de la medición de las horas a través de la posición del sol que entra apenas por los barrotes, de las anécdotas de los otros reos, preguntó por su papa, agradeció las mudadas, lloró, lloramos con él pero aun así no marqué el número de mi mentor.

Me ocupé de otras cosas. Supe que el mundo me odiaba a mí también, pero de una forma aun más visceral y manifiesta, le corté el habla a mi mama y a mi hermana y usaba la casa como una pensión. Un domingo me pasó algo curioso, no pude abrir la puerta, por más que lo intenté, grité, pateé, empujé, quebré cosas, no pude. La claustrofobia es un trastorno agotador y al cabo de una hora ya no tenía fuerzas para luchar, así que me recosté a la puerta golpeando apenas con los nudillos o dejando caer el peso de mi espalda sobre esta, oí la voz de mi mama: Juan, estás castigado, vas a pasar todo el día en tu cuarto para que reflexionés. Me imaginé miles de formas para matarla, con saña, disfrutando imaginariamente de su agonía, no planteé un destino fatal para mi hermana porque no aparecía en la escena, sin embargo sabía que había al menos colaborado llamando al cerrajero para que llegara a instalar un cerrojo por fuera o metiéndole las ideas a mi mama. Ese día no comí, me dediqué a devorar los libros que había robado de la biblioteca de mi tía después de que ella murió y que desde ese momento yacían encajonados en un rincón del cuarto. Perdí la noción del tiempo, del hambre, de la fatiga, me despejé de cualquier necesidad corporal, no sé cuanto pude haber leído pero sentí que había cruzado planetas enteros y caí en un sueño denso en el que todas las cosas leídas convergieron para crear un nuevo universo. Desperté, el reflejo de la luz de la sala entraba en diagonal, descubrí con poco interés que la puerta ya estaba abierta, eran las seis de la tarde del día siguiente, cerré la puerta y vomité una pasta abundante. Caí en el sueño de nuevo, seguramente vencido por el agotamiento de las arcadas. Desperté a la una de la mañana, la sensación de vigilia había cesado, llamé de inmediato a mi mentor, bip-bip-bip unas cien veces, nunca contestó. Necesitaba un baño y comida. La refri estaba llena, como si mi mama me premiara por haber soportado el castigo con dignidad. A la mañana mi hermana irrumpió en mi cuarto, se lanzó a mi cama, despertándome de un tiro y prendió la tele, - ¿qué querés, qué querés? jalá…- shhh, callate y ve las noticias, me dijo. Lo habían encontrado dentro de un tramo de ropa en el Oriental, llevaba puestos un hilo dental y un brassiere rojos, había un hoyo en su frente y heridas leves a lo largo de su cuello, su mano derecha abrazaba a un gallo que estaba desplumado y con el pescuezo doblado, encontraron a otro gallo que estaba vivo e inmóvil en un rincón del tramo y debajo su cartera con cinco mil córdobas, tres tarjetas de crédito, bouchers y credenciales. Con razón no contestó el teléfono. Lo que me aterrorizó no fue la extravagante muerte de mi mentor sino que ahora me encontraba con que había perdido la oportunidad de sacar a Fernando de la cárcel. Yo no conocía a ninguno de los contactos de mi mentor, no podía avocarme a nadie, estaba perdido, no yo sino Fernando pero en ese momento sentí que era lo mismo, compartimos el mismo delito como el sidoso y el maquinista comparten su dipsomanía. Inútilmente le planteé al papa de Fernando que sobornáramos al fiscal o al secretario o al juez o a los tres juntos porque aquel señor era muy recto como para hacer eso, además de que la idea era sumamente descabellada. Busqué la asistencia de otros abogados y en todos encontraba el mismo veredicto: hundido.

Una noche antes de la audiencia Aída me llamó, me dijo que saliera, estaba estacionada frente a la casa, entré al carro, sus ojos color miel detuvieron a los míos y sentí el aroma de su perfume y un leve olor a licor. Me preguntó desde cuando conozco a Fernando, hace seis años, respondí sin tener idea de adonde iba con eso ni el motivo de su intempestiva llegada, después siguió hablando, me contó que salió del trabajo, una amiga la invitó a cenar, después fueron a otro lugar, se tomó unos tragos y resolvió llegar a buscarme para proponerme que nos acostáramos, me vio a los ojos y me afirmó que sabía que yo siempre la he deseado, ratifiqué su afirmación, yo no te deseo, me dijo secamente, sin embargo sé que los hombres antes de ir a la batalla cogen con sus mujeres como si fuera la última vez para fortalecerse, y ya que vos no tenés mujer te propongo que lo hagas con lo más cercano que tenés a una, que es la mujer de tu mejor amigo, así te doy las fuerzas suficientes para que mañana saqués a mi Fernando. Un disparo súbito de sangre inundó mis venas y mi miembro se tensó. La metí al cuarto, se quitó la blusa y llenó el espacio con su aroma exquisito, me acosté sobre ella y sin mayor preámbulo se la metí, tratando de disfrutar cada instante, cada pedazo de su cuerpo, aunque ella estaba tan rígida como una momia; cerró los ojos para no verme o probablemente para imaginarse cualquier otra cosa menos aquello que estaba haciendo. Cuando terminé me apartó de inmediato, empezó a vestirse, me dijo que esperaba un resultado favorable al día siguiente y salió a montarse a su carro.

Mi defensa fue impecable, en materia judicial perder o ganar es una cuestión bastante relativa, si uno no gana la complica aprovechando todos los elementos posibles para hacerlo. A Fernando le dieron dos años. Me acerqué a él, lo tomé de los hombros y le aseguré que lo ganaríamos en apelación. Todo lo demás fue olvidado, me curé de aquella sensación de persecución, ahora creo que mi malestar es más genérico: proviene de una predisposición de aversión hacia la humanidad.